Hay una imagen que desconcierta estos días a cualquiera que mire al cielo valenciano: pleno verano, más de 30 grados… y, sin embargo, el sol apenas consigue abrirse paso entre un techo de nubes. La sensación es extraña. Se espera un cielo azul intenso, pero en su lugar predominan los tonos grises y una atmósfera pesada.
La explicación está en la combinación de varios factores meteorológicos. El Mediterráneo se encuentra muy cálido tras semanas de altas temperaturas.Ese mar caliente aporta una enorme cantidad de humedad al aire. Al mismo tiempo, llegan vientos húmedos de componente este y, en ocasiones, una ligera inestabilidad en altura. El resultado es un manto de nubes bajas y medias que cubre el litoral durante buena parte del día.
Paradójicamente, que no haga sol no significa que refresque. Al contrario: las nubes actúan como una manta. Reducen la radiación solar directa, pero también dificultan que el calor acumulado escape durante la noche. La humedad elevada hace que el sudor se evapore peor y, por tanto, aumenta la sensación de bochorno. Es el clásico calor pegajoso del litoral
mediterráneo.
Así, Valencia vive una de esas jornadas en las que el termómetro marca valores propios del verano más intenso, mientras el paisaje recuerda casi a un día de otoño. El cielo gris engaña a la vista, pero el cuerpo no tarda en recordar que sigue siendo julio: basta salir unos minutos a la calle para notar que el calor continúa ahí, silencioso, húmedo y persistente.
—
















