Ecos de Valencia entra en las instalaciones del rejoneador de Benidorm para conocer cómo selecciona, cría y prepara los caballos de su cuadra. Una visita que descubre el enorme trabajo que existe antes de que uno de esos animales llegue a pisar una gran plaza.
¿Qué tiene que tener un caballo para que Andy Cartagena se monte sobre él y piense que está ante un animal diferente?
La respuesta no está únicamente en su morfología, su fuerza o sus movimientos.
Hay algo más difícil de medir.
«Te tiene que transmitir unas cosas que a lo mejor otros no te transmiten. Cuando te montas, tiene algo que te llega o que te hace sentir una cosa diferente».
Ecos de Valencia ha tenido la oportunidad de entrar en las instalaciones del rejoneador valenciano y conocer desde dentro una de las partes menos visibles de su trayectoria: la creación y preparación de su propia cuadra.
Porque detrás de cada caballo que el público acaba reconociendo en las plazas existen años de selección, doma, entrenamiento y decisiones.
Andy Cartagena busca «caballos toreros»
Cartagena tiene muy claro qué pretende obtener.
«Me gusta que tengan calidad y, sobre todo, que sean caballos toreros. Es lo que siempre he buscado: una línea de caballos toreros».
Una definición sencilla para un proceso que tiene muy poco de sencillo.
Actualmente buena parte de los ejemplares que trabaja proceden de su propia casa.
El rejoneador selecciona animales que han demostrado cualidades que considera interesantes y utiliza algunos de sus propios caballos como reproductores.
«Me gusta padrear con los caballos míos que creo que pueden dar bueno».
Esto le permite encontrar en las nuevas generaciones sensaciones que ya conoce de sus progenitores.
«Tengo bastantes crías y muchas veces te montas y tienen las mismas sensaciones que los padres».
Pero criar no consiste simplemente en repetir.
Cartagena busca complementar características mediante los cruces: introducir mayor agilidad o determinadas cualidades que considera necesarias para conseguir un caballo más completo.
Y algunas crías llegan incluso a mostrar determinadas virtudes antes que sus progenitores.
¿Se puede saber desde potro si será una figura?
No siempre.
Ahí entra una de las partes más fascinantes del trabajo con el caballo.
«Desde potro vas notando cosas. Conforme entrenas con ellos día a día, ellos te van sacando a la luz lo que llevan dentro».
Algunos muestran rápidamente sus condiciones.
Otros necesitan tiempo.
«Unos tardan un poquito más y otros son más precoces».
Y precisamente la paciencia puede terminar proporcionando un caballo extraordinario.
Andy Cartagena tiene un ejemplo que todavía recuerda especialmente: Guitarra.

Guitarra: esperar cuando sabes que existe algo especial
Guitarra fue uno de esos caballos que obligaron al rejoneador a confiar.
Cartagena sabía que existía calidad, pero el animal no terminaba de alcanzar el punto que esperaba.
«Era un caballo muy bueno, pero al principio era uno de los caballos más inteligentes que tenía. Tenía un coco para bueno y un coco para asimilar las cosas para mal».
El proceso fue lento.
«Costó mucho ponerse. Tenía mucha fe, pero le costó bastante y no se ponía, no se ponía… hasta que un día rompió hacia bueno».
A partir de ahí todo cambió.
Guitarra terminó convirtiéndose, según explica el propio Cartagena, en uno de los caballos clave de su carrera.
«Me dio mucho éxito. Costó mucho, pero cuando se puso rindió al máximo nivel».
Décadas después todavía recuerda cómo se movía y las cualidades que tenía.
Es probablemente una de las mejores demostraciones de que seleccionar un caballo no consiste únicamente en descubrir inmediatamente al ejemplar perfecto. Algunas veces consiste en saber esperar.
Pintas, Bandera e Ídolo: una yeguada también marcada por el color
Hay además un elemento que visualmente diferencia mucho a la yeguada de Andy Cartagena.
El color.
«A mí me gusta mucho el color».
Uno de los nombres propios es Pintas, un caballo de capa apaloosa que ha formado parte de la identidad de su cuadra y que actualmente también está padreando.
Pero no es el único.
Cartagena nos habló también de Bandera, que se encuentra en México y que igualmente ha sido utilizado como reproductor.
El resultado es una yeguada en la que encontramos capas muy diferentes.
«Tengo caballos de color albino, negros, alazanes…».
Y durante nuestra visita pudimos conocer también una nueva generación.
Uno de los hijos de Pintas es Ídolo, un apaloosa castaño que, según nos explicó Cartagena, estaba previsto que debutara durante esta temporada.
«Me gusta que los caballos tengan color. Me gustan mucho los colores de los caballos».
Pero detrás de esa espectacularidad visual siempre aparece la misma exigencia: el caballo debe servir para torear.

Atletas equinos
Una vez seleccionado el animal comienza otro proceso fundamental: prepararlo físicamente.
Un caballo de rejoneo no necesita únicamente doma.
Necesita fondo.
Fuerza.
Y preparación.
«Los veteranos ya saben torear. Lo que hay que hacer es tenerlos trabajados para que estén fuertes».
El tiempo que permanecen en el ruedo puede no parecer excesivamente largo, pero la intensidad cambia por completo cuando aparece el toro.
«Es muy intenso y sobre todo con el toro se triplica más».
Por eso el entrenamiento forma parte de la rutina diaria de la cuadra.
De 8:30 de la mañana a 10:30 de la noche
La visita de Ecos de Valencia permitió comprobar hasta qué punto ese trabajo ocupa la jornada de Cartagena y de su equipo.
Durante los meses de calor, el horario puede dividirse en dos grandes bloques.
«Empecé a las ocho y media, por ahí, hasta las dos. Y ahora empezamos, porque hace mucho calor, a las cinco y media y acabamos sobre las diez y media».
Su hermano participa también diariamente en la preparación.
Y mientras trabajan los caballos consolidados, detrás existe otra generación esperando.
«Hay muchos caballos y detrás de los caballos que torean también hay potros que hay que poner para cuando ellos cojan el relevo».
Los caballos y los potros se trabajan habitualmente a diario.
Es una cadena que prácticamente nunca se detiene.
Mientras un caballo triunfa en una plaza, otro está aprendiendo.
Y mientras ese segundo aprende, puede haber un potro creciendo que dentro de varios años termine ocupando su lugar.
El caballo también lee al jinete
La relación entre jinete y caballo llega además a un nivel que difícilmente puede apreciarse desde el tendido.
Cartagena asegura que sus caballos perciben perfectamente su estado.
«Los caballos sienten la presión».
Una inquietud del jinete puede transmitirse mediante algo tan sencillo como las manos o las piernas.
«Lo notan todo. Para bien y para mal».
Esa sensibilidad obliga a conocer individualmente a cada animal.
«Cada caballo tiene su forma, cada caballo es distinto, cada caballo tiene un temperamento diferente».
No existe, por tanto, una receta única.
Lo que el público ve durante unos minutos necesita años
Quizá esta sea la principal conclusión después de visitar la casa de Andy Cartagena.
El espectador contempla un caballo durante unos minutos.
Ve una pirueta, una carrera, un quiebro o una banderilla.
Pero ese instante puede haber necesitado años.
Primero hubo que imaginar un cruce.
Después nació un potro.
Hubo que verlo crecer, comenzar su doma, descubrir su carácter, desarrollar su musculatura, comprobar cómo reaccionaba y determinar finalmente si tenía aquello que Cartagena busca desde hace décadas.
Ese intangible que él resume de una manera mucho más sencilla:
que sea un caballo torero.
Y mientras las grandes plazas conocen al Andy Cartagena de las puertas grandes, los trofeos y casi treinta años de alternativa, en casa continúa existiendo otro Cartagena mucho menos visible.
El que observa.
El que selecciona.
El que cría.
El que monta.
Y el que cada mañana vuelve a empezar con sus caballos.
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