No seré yo quien alimente teorías de la conspiración. Pero hay cosas que, vistas en perspectiva, hacen que uno se rasque la nuca y empiece a contar con los dedos. Y cuando los dedos no dan, saca la calculadora.
El pasado 19 de junio, el BOE publicaba una resolución del Ministerio de Inclusión planificando plazas y euros para el sistema de acogida. 670.458.917 euros con un aumento de plazas previsto para enero. Es decir, semanas antes de que Marruecos decidiera que la valla de Ceuta ya no estaba de moda. ¿Previsión o guión? Vamos a ver.
Porque lo que viene después no es una crisis de fronteras. Es una crisis de régimen. Y eso cambia todo. Pedro Sánchez no escribió Manual de Resistencia por casualidad. Resistencia a la oposición, a los jueces, a la realidad. Pero resistir no es solo aguantar. Es agotar al adversario hasta que el tablero se rompa por sí solo. Y si el tablero es la Constitución de 1978, mejor que mejor. Ese es el premio gordo. Ceuta no es el objetivo. Ceuta es la excusa. Piénselo. Si Marruecos invade Ceuta y Melilla —no con tanques, que esto no es 1940, sino con oleadas humanas que el Estado se niega a contener— la presión para reformar la Carta Magna será ineludible. Y ahí es donde empieza lo serio.
No hablaremos solo de fronteras. Habrá quien diga que el modelo territorial ya no sirve, que el régimen del 78 está agotado, que hay que encajar a Cataluña y a Euskadi en un nuevo federalismo que contente a los socios. Y de paso, ¿por qué no?, se reabre el debate sobre la forma del Estado.
La república no entra por la puerta grande, pero si la puerta está rota entra por donde puede. Ese es el melón que Sánchez necesita abrir. No puede hacerlo con una crisis económica, que la oposición le echaría en cara. No puede hacerlo con un referéndum ilegal, que el Tribunal Constitucional le pararía los pies. Pero una crisis de soberanía territorial, una invasión silenciosa que deja en ridículo al Ejército y a la Guardia Civil, eso sí que obliga a sentarse y repensar el país entero.
Y en esa mesa de reconstrucción, los que llevan la voz cantante son los socios. Los de siempre. Mientras tanto, en la calle, la inacción del Gobierno genera revuelta. Los vecinos de Ceuta ven cómo sus calles se colapsan y la respuesta oficial es un comunicado de condena a la «ultraderecha».
Es el truco favorito: provocar el incendio y luego culpar a los bomberos. Si la calle arde, la culpa es de Vox. Si la valla cae, es porque el fascismo la empujó. Y si alguien pide explicaciones, es un conspiranoico. Pero la verdad es que una revuelta controlada les viene de perlas. Les da argumentos para hablar de «nuevos consensos», de «superar el bloqueo», de que el sistema ya no aguanta más.
Y vuelvo al BOE. 670 millones de euros no se planifican de un día para otro. Esos números suponen reuniones, informes, previsiones. Suponen que alguien en la Moncloa o en el Ministerio de Marlaska sabía que la presión migratoria iba a dispararse. ¿O acaso pensamos que Marruecos mueve fichas sin avisar?
El reino alauita siempre juega con cartas marcadas, y Sánchez lleva años sentado en la misma mesa. Lo que no encaja es que te prepares para una crisis y luego, cuando llega, te quedes de brazos cruzados viendo pasar la marea. A menos que la crisis sea exactamente lo que necesitas. Así que aquí estamos. A la izquierda, el Gobierno que no actúa, pero sí planifica. A la derecha, la oposición que grita, pero no tiene las llaves del CNI para saber qué se dijo en las reuniones reservadas. Y en medio, Ceuta, que ya no es una ciudad española con problemas de frontera. Es el detonador perfecto para que alguien —no diré quién— pueda argumentar que la Constitución de 1978 no responde ya a los desafíos del siglo XXI. Que hay que cambiar el régimen. Que hay que refundar el país.
No seré yo quien afirme que todo está orquestado. Pero tampoco seré yo quien ignore que, en política, las crisis que no se resuelven suelen ser crisis que alguien necesita que continúen. Y cuando el manual de resistencia se convierte en manual de demolición, las casualidades dejan de serlo.
¿O es que a usted le parece normal que se publiquen 670 millones en el BOE para una crisis que «nadie podía prever», y que luego, cuando la crisis llega, el presidente se limite a poner cara de circunstancias mientras sus socios ya redactan los artículos del nuevo modelo de Estado?
Yo solo pregunto.




















