- El pintor nacido en Xàtiva que conquistó Nápoles con la luz, la oscuridad y una extraordinaria verdad humana
Hay artistas cuya biografía acaba quedando sepultada bajo su propia leyenda. José de Ribera es uno de ellos. Durante siglos circularon historias sobre su nacimiento, sus primeros años, su aprendizaje e incluso sobre los episodios más dramáticos de su vida familiar. Algunas fueron repetidas tantas veces que terminaron adquiriendo apariencia de certeza. Sin embargo, detrás de esas narraciones existe un personaje histórico todavía más interesante: un valenciano nacido en Xàtiva que abandonó muy joven su tierra llegó a Italia y acabó convirtiéndose en una de las grandes figuras de la pintura europea del siglo XVII.
José de Ribera fue conocido en Italia como Lo Spagnoletto, «El Españoleto», sobrenombre relacionado con su origen español y, probablemente, también con su constitución física. Su carrera se desarrolló casi enteramente en Italia, especialmente en Nápoles, pero nunca ocultó su procedencia. En numerosas obras dejó constancia orgullosa de ella mediante firmas que lo identificaban como español y valenciano.
Su pintura es difícil de olvidar. Ancianos de piel castigada, santos exhaustos, filósofos vestidos como mendigos, mártires enfrentados al sufrimiento, cuerpos envejecidos y rostros atravesados por el tiempo. Ribera convirtió aquello que otros pintores podían considerar desagradable o vulgar en materia digna del gran arte.
Pero reducirlo al pintor de martirios y oscuridades sería cometer una injusticia. Ribera fue también un extraordinario pintor de la luz, del color, de la emoción y de la dignidad humana.
Un nacimiento valenciano rodeado durante mucho tiempo de dudas
José de Ribera nació en Xàtiva en 1591. La documentación parroquial permitió fijar una cuestión que durante mucho tiempo había provocado errores y especulaciones en las biografías antiguas. Fue bautizado el 17 de febrero de 1591 en la iglesia de Santa Tecla de Xàtiva. Era hijo de Simón Ribera y Margarita Cucó. El documento bautismal constituye una de las pruebas fundamentales para establecer con seguridad su origen setabense.
La confusión sobre sus primeros años resulta comprensible. La documentación conservada es escasa y Ribera abandonó relativamente pronto el Reino de Valencia. Cuando alcanzó la fama lo hizo a cientos de kilómetros de su ciudad natal, dentro del extraordinario ambiente artístico italiano. Durante generaciones, los huecos documentales fueron rellenándose con tradiciones y conjeturas. Y ahí comenzó la leyenda.
El misterio de su formación
Uno de los grandes interrogantes de la biografía de Ribera continúa siendo su aprendizaje inicial. Durante mucho tiempo se afirmó que había sido discípulo de Francisco Ribalta, el gran maestro del naturalismo valenciano. La hipótesis resultaba atractiva: Ribalta trabajaba en Valencia y su pintura presentaba determinadas afinidades con el lenguaje que posteriormente desarrollaría Ribera.
Pero una posibilidad razonable no equivale a un hecho demostrado. No existe documentación concluyente que permita afirmar que Ribera fuese formalmente discípulo de Ribalta. Por ello, la historiografía moderna es considerablemente más prudente. Lo seguro es que el joven José salió pronto de tierras valencianas y marchó a Italia. Allí encontró algo que transformaría definitivamente su manera de pintar.
Encontró a Caravaggio. No necesariamente al hombre Caravaggio murió en 1610, sino la revolución artística que había dejado tras de sí.
Italia: el descubrimiento de una nueva pintura
A comienzos del siglo XVII, Italia continuaba siendo el gran laboratorio artístico europeo. Roma atraía pintores, escultores, arquitectos, mecenas y aventureros procedentes de numerosos territorios.
Ribera debió de llegar muy joven. Su presencia está documentada en Italia en la segunda década del siglo XVII y sabemos que pasó por lugares como Parma y Roma antes de instalarse definitivamente en Nápoles.
Aquellos años fueron decisivos. La pintura de Caravaggio había roto numerosos convencionalismos. Los personajes sagrados podían tener las manos ásperas de un trabajador. Los santos podían mostrar arrugas, suciedad y cansancio. La luz ya no tenía simplemente la misión de iluminar la escena: podía atravesar violentamente la oscuridad y dirigir la mirada del espectador hacia aquello que verdaderamente importaba. Ribera comprendió las posibilidades de aquel lenguaje. Pero no se limitó a copiarlo.
Lo hizo suyo.
La verdad estaba en los rostros
Ribera poseía una extraordinaria capacidad para observar. No necesitaba embellecer a sus modelos. Al contrario, parecía fascinado por todo aquello que revelaba la existencia humana: una frente surcada de arrugas, una barba descuidada, unos músculos envejecidos, una mano deformada por el trabajo o una mirada cansada.
Sus filósofos parecen hombres encontrados en una calle de Nápoles. Sus apóstoles tienen cuerpos reales. Sus santos sufren. Sus mártires sienten dolor. Esa búsqueda de la verdad física convirtió su pintura en algo tremendamente poderoso. El espectador no contempla simplemente una escena religiosa o mitológica: tiene la sensación de encontrarse delante de personas auténticas. En Ribera, la pobreza podía adquirir nobleza y un rostro envejecido podía alcanzar una monumentalidad extraordinaria.
Nápoles, la ciudad que lo convirtió en maestro
La gran etapa de su vida comenzó en Nápoles, donde se estableció hacia 1616. Conviene recordar que la ciudad formaba entonces parte de la Monarquía Hispánica y era gobernada por virreyes en nombre de la Corona española. Nápoles era una de las mayores ciudades de Europa: populosa, bulliciosa, profundamente religiosa y culturalmente extraordinaria.
Allí Ribera encontró el escenario perfecto para desarrollar su carrera. Ese mismo año contrajo matrimonio con Caterina Azzolino, hija del pintor siciliano Giovanni Bernardino Azzolino. El matrimonio contribuyó a integrarlo en el ambiente artístico napolitano.
Poco a poco comenzaron a llegar los encargos. Iglesias, conventos, coleccionistas y miembros de las élites españolas e italianas quisieron poseer sus obras. Los propios virreyes españoles se convirtieron en importantes clientes y favorecieron que numerosas pinturas suyas terminaran viajando hacia España. El muchacho salido de Xàtiva se había convertido en uno de los pintores más solicitados de Nápoles.
«Jusepe de Ribera, español, valenciano»
Existe un detalle especialmente significativo para comprender su identidad. Ribera firmó numerosas obras reivindicando su procedencia. Aparecen fórmulas latinas como «Jusepe de Ribera Hispanus Valentinus», es decir, José de Ribera, español y valenciano. No se trataba de un detalle insignificante.
Vivía en Italia, trabajaba para una clientela internacional y había construido allí prácticamente toda su carrera. Sin embargo, seguía haciendo visible su procedencia. Su patria artística podía ser Nápoles. Pero su origen estaba en Xàtiva.
Mucho más que el pintor de las sombras
La imagen popular de Ribera ha quedado asociada al tenebrismo: fondos oscuros, luces intensas, cuerpos castigados y escenas de martirio. Y ciertamente esa dimensión existe.
Obras como El martirio de san Felipe muestran hasta dónde podía llegar su capacidad para representar la tensión física y psicológica. Pero incluso aquí Ribera evita muchas veces caer en una violencia gratuita. Le interesa el instante humano: el miedo, la resignación, la crueldad de quienes participan y la curiosidad de quienes observan.
Sin embargo, su pintura evolucionó. Con los años su paleta se hizo más luminosa. Aparecieron azules, plateados, tonos cálidos y composiciones más abiertas. La influencia del color veneciano y otros lenguajes pictóricos italianos enriqueció su obra. Por eso hablar únicamente del «Ribera oscuro» significa conocer solo una parte del artista. También existe un Ribera luminoso, delicado y profundamente sensible.
Santos, filósofos y gente corriente
Uno de los aspectos más originales de su producción fue la representación de filósofos de la Antigüedad. Pero sus filósofos no aparecen como personajes idealizados vestidos con túnicas impecables. Ribera los representa frecuentemente como hombres pobres. Ropas desgastadas. Barbas abundantes. Manos curtidas. Rostros envejecidos.
¿Por qué? Porque detrás de aquellas figuras existía una idea poderosa: la sabiduría no necesita riqueza para poseer dignidad. La inteligencia podía esconderse detrás de una capa rota. Era una manera extraordinariamente humana de representar el conocimiento.
El muchacho que sonríe pese a todo
Entre las obras que mejor permiten comprender al verdadero Ribera se encuentra El patizambo, pintado en 1642. El protagonista es un joven humilde afectado por una deformidad física. Otro artista podría haberlo convertido en caricatura o haber provocado compasión fácil. Ribera hace justamente lo contrario.
El muchacho mira directamente al espectador. Y sonríe. No aparece escondido ni avergonzado. Ocupa prácticamente todo el cuadro, monumental, recortado contra un cielo luminoso. La pobreza sigue presente. También su discapacidad.
Pero sobre ambas cosas se impone su humanidad. Es una de esas pinturas capaces de desmontar por sí solas la imagen de Ribera como un artista obsesionado exclusivamente con la violencia.
El sufrimiento convertido en pintura
Eso no significa que Ribera huyera del dolor. Todo lo contrario. El sufrimiento fue uno de sus grandes temas. San Bartolomé, san Sebastián, san Andrés, san Felipe y otros mártires aparecen repetidamente en su producción.
Pero Ribera entendía algo esencial: para que el espectador sintiera el martirio, primero tenía que creer en la persona que estaba sufriendo. Por eso estudiaba cuidadosamente la anatomía, la tensión de los músculos, las manos, las expresiones y la reacción psicológica ante el dolor. Sus mártires no son símbolos abstractos.
Son seres humanos. Y precisamente por eso impresionan.
Pintor y también extraordinario grabador
Hay otra faceta de Ribera menos conocida por el gran público: fue un magnífico dibujante y grabador. Dominó el aguafuerte con extraordinaria habilidad y realizó estampas que circularon ampliamente.
Esto tuvo una importancia enorme. En una época sin fotografía, sin revistas ilustradas y sin reproducciones modernas, el grabado permitía que las composiciones y las ideas de un artista viajaran de una ciudad a otra. Gracias a estas estampas, la influencia de Ribera pudo extenderse mucho más allá de Nápoles.
La fama atravesó el Mediterráneo
Mientras Ribera trabajaba en Italia, sus pinturas comenzaron a llegar a España. Los virreyes y aristócratas que regresaban de Nápoles llevaban consigo obras del maestro. Algunas terminaron formando parte de importantes colecciones reales, nobiliarias y religiosas.
De esta manera, aunque Ribera desarrolló prácticamente toda su madurez artística fuera de España, su influencia en la pintura española fue considerable. Su nombre acabó situado junto a los grandes maestros del Barroco. Y todo ello sin regresar a establecerse en su tierra natal.
La leyenda negra de Ribera
La fama también generó historias. Durante siglos se difundió la imagen de un Ribera violento, sombrío y casi obsesionado con representar torturas. Algunas biografías antiguas contribuyeron a construir esa visión.
También surgieron relatos sobre rivalidades entre artistas napolitanos y supuestas conspiraciones para impedir que pintores extranjeros triunfaran en la ciudad. La investigación moderna obliga a tratar muchas de esas narraciones con prudencia.
Algo parecido ocurre con determinados episodios familiares repetidos en biografías antiguas, incluida la supuesta relación de una hija del pintor con don Juan José de Austria. El relato alcanzó gran popularidad, pero la documentación disponible no permite aceptar sin reservas todos los detalles que posteriormente se añadieron.
Aquí resulta imprescindible separar al hombre documentado del personaje legendario. Ribera ya fue suficientemente extraordinario sin necesidad de adornar su vida.
Los últimos años
La década de 1640 no fue fácil. Su salud comenzó a deteriorarse y atravesó dificultades personales y económicas. Además, Nápoles vivió años particularmente convulsos, incluida la gran revuelta de Masaniello de 1647.
A pesar de todo, Ribera continuó trabajando. El artista que había llegado a Italia siendo prácticamente un muchacho era ya un maestro reconocido.
Había creado una escuela. Había formado seguidores. Había dejado una huella profunda en la pintura napolitana. Y había conseguido algo todavía más difícil: desarrollar un lenguaje propio reconocible inmediatamente.
1652: muere «El Españoleto»
José de Ribera murió en Nápoles en septiembre de 1652, después de más de cuatro décadas de presencia artística en Italia.
Tenía alrededor de 61 años. Su muerte cerraba una trayectoria excepcional: desde una Xàtiva todavía inmersa en el mundo de finales del Renacimiento hasta una de las mayores capitales artísticas del Barroco mediterráneo.
La ciudad italiana que lo había convertido en maestro fue también la ciudad donde terminó sus días. Pero su nombre regresaría una y otra vez a Valencia.
Xàtiva nunca olvidó a Ribera
Con el paso del tiempo, su ciudad natal reivindicó a uno de sus hijos más universales. Su memoria permanece vinculada a Xàtiva y al patrimonio artístico valenciano. En Valencia también quedó perpetuado en el espacio público, y su figura pasó a formar parte del relato de los grandes artistas valencianos.
No podía ser de otra manera. Porque aunque Italia desarrolló su genio, Ribera nunca dejó de presentarse ante el mundo como hombre de procedencia valenciana.
Un valenciano entre los grandes maestros europeos
José de Ribera pertenece a esa extraordinaria generación de artistas cuya obra supera cualquier frontera.
Valenciano por nacimiento. Español en la denominación con la que él mismo se presentó muchas veces. Italiano en buena parte de su formación y trayectoria artística. Napolitano por adopción profesional. Y europeo por la dimensión de su legado.
Su grandeza no reside solamente en haber dominado el claroscuro. Tampoco en la crudeza de algunos martirios ni en el virtuosismo con que representaba la piel envejecida. Hay algo más profundo.
Ribera supo mirar a quienes normalmente quedaban fuera de la pintura solemne y concederles dignidad artística.
Ancianos. Mendigos. Filósofos pobres. Santos agotados. Personas marcadas por la enfermedad o la discapacidad. Todos podían convertirse bajo sus pinceles en protagonistas de una gran obra.
Quizá ahí se encuentre la verdadera modernidad de aquel muchacho nacido en Xàtiva en 1591. José de Ribera salió muy joven de su tierra y recorrió el Mediterráneo buscando un lugar en el mundo del arte. Lo encontró en Nápoles. Allí aprendió a dominar la oscuridad hasta conseguir algo aparentemente contradictorio: hacer que, desde ella, surgiera una luz imposible de olvidar.
Pedro Fuentes Caballero
Académico de la Real Academia de Cultura Valenciana correspondiente por Dénia
Presidente de la Asociación Cultural Roc Chabàs de Dénia
Agregado colaborador de la Sección de Cronistas Oficiales del Reino de la Real Acadèmia de Cultura Valenciana






















