Estamos en el año 1755. Valencia celebra el 300 aniversario de la canonización de san Vicente Ferrer y, como era habitual en estas fiestas, se había preparado un amplio programa de celebraciones. Entre todas ellas, la más esperada por los valencianos era siempre la corrida de toros.
Sin embargo, ese año no se pudo celebrar, ya que el rey que gobernaba entonces, Fernando VI, por alguna razón no concedió el permiso. Al quedar prohibido el principal espectáculo de las fiestas, hubo que buscar una alternativa capaz de sorprender al público.
Manuel Fernández de Marmanillo, alguacil mayor del tribunal de la Inquisición, propuso al cabildo una idea: crear un lago artificial para simular una batalla naval entre moros y cristianos en el mismísimo cauce del río Turia. A pesar de lo insólito de esta idea, el cabildo no mostró una seria oposición y la mayoría de sus miembros la aceptó.
Así pues, en Valencia en 1755 se celebra una naumaquia, al estilo de las celebradas en la Antigua Roma. Si bien es cierto que estas dejaron de celebrarse tras su apogeo en dicha época, fueron frecuentes sus recreaciones en las cortes europeas durante el Barroco, como ocurrió, por ejemplo, en las fiestas acuáticas celebradas en el estanque grande del Parque del Buen Retiro de Madrid durante el reinado de Felipe IV.
El tramo elegido para llevar a cabo el evento fue el comprendido entre el puente de la Trinitat y el puente del Real, frente al actual Museo de Bellas Artes. La ejecución del lago fue laboriosa; para que los barcos pudieran navegar, había que subir el nivel del agua. Para conseguirlo —no sin antes asesorarse sobre los posibles peligros de inundación o los daños que pudieran sufrir las estructuras— se construyeron unos diques en el puente del Real que fueron frenando el agua que llegaba a través del caudal natural del Turia. Al toparse con los diques, esta quedó estancada.

La naumaquia tuvo lugar entre los días 12 y 13 de julio. La preparación del escenario fue increíble, con exagerados decorados y una iluminación espectacular (se instalaron más de 15 mil luces). A los extremos se instalaron gradas con una capacidad para 30.000 personas.Había de dos tipos, unas galerías cubiertas decoradas con damasco carmesí en el lado de la ciudad y en el puente de la Trinitat, destinadas a la Ciudad y la nobleza; y unas gradas más sencillas en el lado de San Pío V y del puente del Real, reservadas para el pueblo llano. De fondo, el Palacio del Real, el monasterio del Temple y San Pio V, y las murallas con sus torres completaban el espectacular escenario.
Las actividades de las que disfrutaron los espectadores constaron de tres partes. En primer lugar se celebró una corrida de gansos, junto con carreras de fuerza de remos y juegos de pesca. Después tuvo lugar la recreación de la batalla naval entre musulmanes y cristianos. Por último, la jornada concluyó con conciertos interpretados desde barcas iluminadas y con la explosión de un volcán artificial construido como parte de la decoración, que simulaba la lava mediante pirotécnia.
La organización de este evento tuvo un coste extraordinariamente elevado, tanto que el Hospital General, que había pedido quedarse con los beneficios del espectáculo, no obtuvo
nada. Aun así, quienes tuvieron la suerte de presenciarlo debieron asistir a uno de los espectáculos más extraordinarios que ha visto nunca el cauce del Turia. Como recuerdo de aquella sorprendente celebración todavía se conserva un grabado realizado por Carlos Francia.
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