La mayoría de los escritores han experimentado situaciones personales —o de conocidos cercanos— que, con el paso del tiempo, acabaron transcribiendo en sus novelas. Le ocurrió a Faulkner, a Fernando Pessoa, a Shakespeare, a Cervantes, a Vargas Llosa; a todos…
Cualquiera que se siente ante un ordenador descubre con estupor que la mayor parte de lo que surge en su mente se pierde en ese breve espacio que transcurre hasta que ve plasmados sus pensamientos en el papel.
Flaubert afirmó que escribir es como tocar el piano con una bola de plomo en cada falange. Para Orwell era comparable a una crisis prolongada de una enfermedad dolorosa, que no se llevaría a cabo de no ser por ese demonio que cada escritor lleva dentro y que domina y dirige su voluntad.
El premio nobel Jon Fosse dijo que si fuese una persona feliz no escribiría. La insatisfacción hace que se pase la vida escribiendo, intentando encontrar la felicidad. Probablemente coincida en eso con Pessoa, quien afirmaba que los escritores buscan la perfección en la escritura para resarcirse de su imperfección personal.
Otro de los grandes temores de los escritores es padecer un “bloqueo”, que no es más que una pérdida de confianza y el fracaso de su desmesurado ego.
F. Scott Fitzgerald difería parcialmente, al considerar que un escritor nunca se bloquea en la primera novela; si eso ocurre, no es un bloqueo, simplemente no es un escritor. Sin duda lo dijo por experiencia propia tras el éxito de “El gran Gatsby”. Hemingway, por su parte, lo atribuyó a un exceso de adulaciones.
Para Fitzgerald existen dos o tres experiencias que distinguen al escritor del resto de las personas y, si domina bien el oficio, puede trascribirlas en sus novelas. Él supo manejar bien el éxito hasta que llegó un momento en el que percibió que se le habían agotado esas “experiencias” que le empujaban a seguir escribiendo. Estaba seco.
A Paul Auster le ocurrió a los treinta años. Le sobrevino de repente una parálisis creativa y estuvo a punto de dejar la literatura. Cansado de su inanición literaria, un día entró en un teatro donde un grupo de bailarines danzaba sobre el escenario sin acompañamiento musical. Cada uno bailaba a su propio ritmo, sin interesarse por lo que hacían los demás. Aquella escena rompió su bloqueo literario. “Sal a caminar”, se dijo. Regresa a la máquina de escribir y sigue caminando… Escribir es dar un paso tras otro. En “Diario de Invierno” confiesa que en ese texto inicial comenzó su etapa más prolífica como escritor.
Poco después murió su padre y, cuando se encontraba ante el féretro, le vino a la memoria el cuento de Kafka “Un artista del hambre”, las ideas de imperfección y el bloqueo perenne de la mente de los escritores.
Asimov afirmaba que no sufría bloqueos porque escribía varias obras a la vez, pasando de una a otra hasta que encontraba ese mágico hilo conductor.
Lo mismo le ocurría a León Tolstói. En uno de esos bloqueos comenzó a escribir una obra pequeña e intrascendente que le sirviese de entretenimiento y ocupase el tiempo mientras se recuperaba de la sequía intelectual. Aquella intrascendente obrita acabó convirtiéndose en “Guerra y paz”, una de las novelas cumbres de la literatura universal con sus más de 1300 páginas.
Cuando en 1856 Tolstoi empezó a redactar “Guerra y Paz”, no pensaba en una novela sobre las guerras napoleónicas, sino en la vida de un viejo decembrista —como se llamaba a los nobles que participaron en el intento de golpe de Estado y derrocamiento del zarismo el 14 de diciembre de 1825, y que acabaron exiliados durante treinta años en Siberia—.
Al describir a las familias Rostov y Bolkonski, Tolstói reflejaba a sus propios antepasados, pertenecientes a la aristocracia rusa. En Nikolái Rostov describió a su padre, Nikolai Tolstói, héroe de la Guerra civil de 1812 y teniente coronel del regimiento Pavlogradski. María Bolkónskaya es su madre, María Nikoláevna. De la misma manera describió las circunstancias de su boda y el paralelismo entre Lysye Gori y la hacienda familiar de Tolstói, Yásnaia Poliana.
Los apellidos de la novela son una trascripción de otros reales. Le resultaba más cómodo asignar un nombre ficticio a personajes históricos que sí existieron. Así pues, los Bolkonski, Drubetskoí y Kuraguin suplantaron a verdaderos apellidos aristocráticos rusos: Volkonski, Trubetskoí y Kurakin.
Le llevó cinco años escribir “Guerra y paz” (1863-1869). Un año antes de empezar la obra, Tolstói, con 34 años, se casó con Sofía Andréievna, de 18, quien además de esposa fue su secretaria. Durante el trascurso de la creación de la obra, Sofía reescribió el texto de principio a fin al menos ocho veces, y algunos episodios hasta 26 veces. En ese período dio a luz a cuatro hijos (de los trece que tuvieron).
Por razones de censura y por insistencia de su esposa, el escritor eliminó escenas bastante explícitas sobre la noche de bodas del protagonista, Pierre Bezújov, debido a la enorme similitud con la suya.
Anna Karénina surgió durante otro de sus bloqueos, a raíz de presenciar una escena en la que una amante ultrajada se arrojó a las vías del tren quitándose la vida.
En general, las profesiones o pasiones de los autores condicionan su manera de escribir. Le ocurrió a Chèjov con la medicina y a Nabokov con su afición al ajedrez.
J.D. Salinger, tras el éxito de “El guardián entre el centeno”, se refugió en un búnker para poder escribir. Necesitaba aislarse y ocultarse de la gente, incluso de su mujer y de sus hijos. Fue una manía que se convirtió en obsesión y que fue empeorando con el paso de los años. Solo podían verle a través de una ventana, y bajo la estricta orden de que no le interrumpiesen.
Dostoievski escribió “El jugador” en menos de un mes. Acuciado por las deudas de juego, se vio obligado a escribir algo rápido que pudiera vender pronto para saldar el préstamo. Resultó ser una novela autobiográfica en la que se limitó a transcribir su experiencia personal.
Como sucede en la mayoría de los casos, los plazos de los escritores parecen hechos para no cumplirse. Alice Walker, en 1978, se fijó un plazo de cinco años para entregar su tercera novela. En cambio, John Boyne escribió “El niño con el pijama de rayas” en dos días y medio, y Arthur Conan Doyle redactó “Estudio en escarlata” en tres semanas con tan solo 27 años. Dostoievski tardó 26 días en “El jugador”; Kerouac, tres semanas en “En el camino”, redactado sobre un rollo de papel continuo de 37 metros. Anthony Burgess compuso “la naranja mecánica” en tres semanas —una novela que escribió sin el menor interés, y que le costó el mismo tiempo que a Dikens “Un cuento de Navidad”—.
Robert Louis Stevenson escribió “El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde en menos de una semana, sin comer ni dormir en todo ese tiempo, impulsado por un coctel abusivo de drogas. La novela en un reflejo de los efectos alucinógenos de los estupefacientes que ingirió.
Tolstoi mentía y era envidioso: envidiaba a Dostoievski. Sin embargo, antes de morir quiso leer “Los hermanos Karamázov”, una novela que dejó a medias treinta años atrás. No deja de ser una paradoja que la muerte de Dostoievski le provocara a Tolstói la crisis literaria más larga de su vida.
Nietzsche padecía una miopía tan extremadamente grave que le obligó a renunciar a su plaza de profesor en la Universidad de Basilea, ya que concentrarse durante mucho tiempo le desencadenaba crisis migrañosas paralizantes.
A finales del XIX, los escritores y pintores franceses comenzaron a reunirse en el Barrio Latino (Latin Quarter), en la orilla izquierda del Sena (la rive gauche). Allí nació un nuevo concepto de vida: “La Bohemia”. El lugar fue elegido, entre otros factores, porque los alquileres eran más baratos y estaban alejados de la burguesía. El concepto procedía de los nómadas gitanos provenientes del Reino de Bohemia (en la actual Chequia), después de que el Rey Segismundo les concediera un salvoconducto para salir del país. El término se popularizó a raíz de “las escenas de la vida bohemia” de Henry Murger, inmortalizadas por Puccini en la ópera “La Bohème”
Al otro lado del Atlántico, en el distrito neoyorquino de Greenwich, surgió un conjunto de edificaciones de ladrillo rojo con alquileres baratos en mitad de Manhattan, al que comenzó a llamarse “el Village”.
Allí vivía Edna Sant Vincent Millay, la primera mujer en ganar el Premio Pulitzer de poesía. Compartía la casa con sus tres hermanas y apenas tenían para comer. Norma, la mediana, llegó a decir que no estaba segura de sí morirían de hambre o de frío.
Thomas Hardy dijo a propósito de Edna que lo más importante de Nueva York eran los rascacielos y la poesía de Edna Sant Vicent. Ella se hizo famosa tanto por la calidad de su poesía como por su particular manera de recitarlas.
Durante las décadas de 1950 y 1960, Lowney y Harry Handy llevaron a cabo un experimento que consistió en crear una colonia de escritores en el pueblecito de Marshall (Illinois), al que llamaron “Colonia Handy”. La singularidad consistía en ofrecer manutención a los residentes a cambio del 10% de las ganancias de las obras que publicasen allí. De ese modo, James Jones ganó el National Book Award con “De aquí a la eternidad”.
John Bowers llegó a la colonia pensando que, junto a otros escritores, adquiriría el impulso literario que necesitaba. El primer día, durante el desayuno, se dirigió a un compañero y le preguntó amablemente de qué se trataba su novela. «Aquí no se habla de textos», le contestó irritado, «aquí no se habla de nada. Son normas de Lowney». Lowney Handy era la directora y cuando Bowers le pidió que analizara su estilo, ella le respondió con un “no” contundente y antes de marcharse añadió: «Copie, copie. Si copia se hará mejor escritor y en menos tiempo. Copie a Fitzgerald, a Hemingway, a Dos Passos, a Bellow; copie, copie, copie…».
Copiar implica leer. La obsesión por la lectura solo es superada por la de la escritura, que llega a ser tan obstinadamente enfermiza que acaba destruyéndote, como destruyó a Tolstói, a Nietzsche, a Kafka, a Salinger, a Fitzgerald, a Fosse…
No obstante, el peor enemigo de los escritores es aquel que les interrumpe cuando están escribiendo.
Semanas después de publicar” «Contemplación», Franz Kafka se pasó por una de las librerías más céntricas y populares de Praga para interesarse por las ventas de sus libros. Le dijeron que se habían vendido once ejemplares. No preguntó por el destino de los diez primeros ejemplares (que los había comprado él mismo); sólo le interesaba saber qué persona había adquirido el undécimo.
En literatura, como en la vida, no cuentan los años pasados, sino los que quedan por cumplir. Poco importan los éxitos anteriores de un escritor, si de pronto se encuentra “seco”.
Cuando se llega a ese punto, todo el mundo piensa que estás “acabado”. Tan acabado como F. Scott Fitzgerald cuando, al final de la Segunda Guerra Mundial, el barman del Ritz de París le preguntó quién era ese monsieur Fitzgerald por el que todo el mundo se interesaba.
No resulta fácil equilibrar esa ecuación entre los escritores y sus novelas. Si cuesta entender algunas obras, mucho más a sus autores, ya que parece existir una relación directamente proporcional entre la dificultad de comprensión de los textos y la compleja personalidad de sus autores.
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Dedicado al pequeño Valentín.






















