Brevis introductio” a la literatura americana.

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PorFernando Navarro Tarín

noviembre 8, 2026

Ciertas cosas cambian de nombre en función de la distancia o de las necesidades, aunque siempre suele irrumpir algún intruso que pretende imponer su voluntad en su propio beneficio.

Lo que hoy llamamos, con pomposa abstracción, “Humanidades” antes se llamaba, humildemente, “Lengua y Literatura”.  

Pero entonces no se iba a la escuela a jugar, se iba a estudiar y a obedecer. No nos apetecía aprendernos de memoria los montes, los afluentes de los ríos o las capitales de España, pero los aprendíamos. Era tal el empeño de los profesores en inculcarnos un poco de cultura, que aún hoy recordamos con orgullo sus juiciosas enseñanzas. Intentaron abrirnos las puertas del mundo a través de la lectura, un hecho que puede provocar cierta controversia si nos atenemos a la opinión de Vargas Llosa: la lectura es algo muy personal: “Al que le gusta leer, leerá, y al que no le gusta, no leerá, por mucho que se le imponga”.

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Aceptando las lógicas excepciones, la lectura no deja de ser el oráculo al que acuden quienes tratan de crear algo. Un concepto un tanto presuntuoso que alimenta a ese enemigo maligno y silencioso que acecha a los autores consagrados: la vanidad. Mendoza la define como una forma de llegar a necio a través de un rodeo.

Los escritores acostumbran a visitar las páginas que escribieron otros, como quien visita a un buen amigo, convencidos de que pasarán un rato agradable, además de enriquecerse con unas enseñanzas que, más tarde o más temprano, acabarán plasmando en sus escritos.

A principios de 2006, Sam Tanenhaus, director del The New York Times Book Review, envió una carta a más de dos centenares de escritores, críticos, editores y expertos en literatura americana, solicitándoles su opinión sobre la mejor novela de ficción americana de los últimos 25 años. Entre ellos había dos hispanoamericanos: Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa, y el dominicano-estadounidense Junot Díaz.

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Un detalle que llamó la atención fue la presencia de seis novelas de Philip Roth entre las elegidas: Pastoral americana, La contravida, Operación Shylock, El teatro de Sabbath, La mancha humana y La conjura contra América.

A. O. Scott manifestó al enterarse: «Si hubiéramos buscado al mejor escritor de los últimos 25 años, sin duda habría sido Roth”.​

Incluso al propio A. O. Scott le resultaría complicado realizar una selección de los autores más influyentes de la época ante el riesgo de dejarse en el olvido determinados nombres de los que más tarde podría arrepentirse.

Pero, como yo no soy A. O. Scott y mi opinión no tiene su peso ni su responsabilidad, sí me atrevo a asumir ese riesgo.

No me alejaría demasiado de la realidad si en una primera lista plasmara nombres de sobra conocidos como Saul Bellow, J. Updike, Faulkner, Bernard Malamud, Burroughs, T. Capote, Hemingway, Scott Fitzgerald, Richard Ford, John Updike, Bernard Malamud, J.D. Salinger, Philip Roth, Paul Auster, Scott Turow, Steinbeck, Franzen etc. No deja de ser una obviedad teniendo en cuenta que muy pocos se han quedado fuera.

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Un esfuerzo verdaderamente arriesgado sería reducirla a la escandalosa cifra del tercer dígito. Inevitablemente, en esa selección se interpondrían factores subjetivos ajenos a la literatura que podrían desvirtuar la objetividad debida. Elementos y situaciones demasiado personales, como el estilo, la trayectoria literaria, los gustos personales o los premios conseguidos, intercederían sin duda en la elección.

Todos los mencionados han sido galardonados con los premios más deseados por los escritores: Nobel, Faulkner, National Book Awards, Nabokov, Kafka, Pulitzer, Princesa de Asturias, etc… (El Cervantes solo se concede a los de habla hispana). Más de uno ha recibido el mismo premio en más de una ocasión y Richard Ford logró el insólito hito de conseguir el Pulitzer y el Faulkner con la misma novela: “El día de la independencia”.

Si pretendiera introducirme en la literatura americana, obviando a los clásicos y aceptando como “clásicos” a una generación de escritores que apenas ha dejado de respirar, me encontraría ante un serio problema. Teniendo en cuenta la proporcionalidad existente entre el número de autores y las posibilidades de cometer un error, mi porcentaje de equivocación sería extremadamente alto. Aun así, me aventuraría con tres nombres: Philip Roth, Richard Ford y Paul Auster.

Al margen de su relevancia literaria, de su extensa obra publicada y de su proximidad en el tiempo, forman parte de un reducido grupo de escritores que han sido galardonados con dos premios importantes: el Faulkner de Literatura y el Princesa de Asturias de las Letras.

Dos de ellos se formaron en la Universidad de Columbia: Ford y Auster. Roth, en Rutgers y Chicago.

Dos eran de Newark, New Jersey: Roth y Auster. Ford, de Jackson, Misisipi.

Los tres han utilizado el inglés como lengua vernácula y los tres pertenecen a familias que emigraron del viejo continente. Auster era hijo de polacos, la madre de Ford era irlandesa y los padres de Roth, ucrano-polacos, procedientes de Galitzia.

Los tres forman parte de esa punta de lanza que ha liderado y sigue liderando la vanguardia literaria contemporánea. Con ellos surge una nueva forma de literatura que mezcla géneros y estilos utilizando todos los recursos a su alcance con el objetivo de explorar la psicología de los lectores.

Dejaron atrás la contracultura del movimiento hippie de Lucien Carr y Allen Ginsberg y la generación Beat de Kerouac y Burroughs, enfrentada visceralmente a los valores tradicionales y ferviente partidaria del uso de las drogas y de la libertad sexual .

Esta generación perdida creó personajes consistentes y preparados para abordar situaciones controvertidas, como la amistad y los vínculos sociales y familiares en los Estados Unidos, e incluso cuestionar instituciones como el matrimonio, el Estado y los gobiernos. Impregnaron de ideología a sus personajes para que fuesen ellos, en lugar de sus autores, los responsables de exponer ante la opinión pública asuntos candentes sobre política, religión, moral, economía o sexo. Los utilizaron burdamente para que, a través de sus experiencias, descubriéramos a la nueva generación y nos contaran de primera mano sus creencias y sentimientos más íntimos y personales, como el enamoramiento, la amistad, la pérdida, el dolor provocado por las guerras, la autodestrucción por las drogas o la búsqueda existencial de una identidad que sustituyera a la que habían perdido. En casi todos ellos subyacen asuntos de profundo calado en los ciudadanos norteamericanos: el rock, las drogas, la libertad sexual, el poderoso impacto de la guerra del Vietnam en la sociedad americana, la discriminación racial y el enfrentamiento generacional entre los miembros de la comunidad judía estadounidense.

Su lectura es una invitación a introducirse en el corazón de América, a conocer su filosofía y la idiosincrasia de un país cuya magnitud excede en demasiados aspectos lo imaginable.

Mi opinión variaría sensiblemente si, en lugar de autores, tuviese que elegir sus obras. En ese aspecto, el asunto se complicaría considerablemente. Esa petulancia, tan prescindible en lectores y escritores, es el origen de una necia y absurda lucha fratricida entre lo que se opina y lo que se piensa. Un escritor ni debe mentir ni debe ser petulante, ni con los lectores ni consigo mismo. Para los críticos literarios, decir lo que piensan otros es una obligación no exenta de riesgo por el modo en que puedan afectar a las obras y a los autores.

No es mi caso, y, como en cuestiones de gusto y opinables nadie está en poder de la razón absoluta, entre las novelas que personalmente más me han impactado nombraría “El lobo estepario”, de Hermann Hesse; “El mundo de ayer”, de Stefan Szweig; y “El último encuentro”, de Sándor Márai, seguidas muy de cerca por “Conversación en la catedral”, de Mario Vargas Llosa; “Suite francesa”, de Irène Némirovsky; “La mancha humana”, de Philip Roth; “Canadá”, de Richard Ford; y “La familia de Pascual Duarte”, de Camilo José Cela.

Más que un atrevimiento, por mi parte, reconozco haber cometido una tremenda injusticia con la legión de autores que inmerecidamente he dejado al margen: Faulkner, Ibargüengoitia, Piglia, Coetzee, Houellebecq, Towles, Ford… Verdaderas estrellas que brillan con luz propia, con calidad y prestigio suficiente para ocupar un puesto de privilegio que, con pleno derecho, les correspondería en ese hipotético listado.

Esta íntima y osada confesión no es más que una opinión meramente personal y absolutamente respetuosa con los centenares de listas que, con idéntico derecho y merecimiento, podrían formarse.

Dixit.

 

Bushido

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