Hacia el año 100, el poeta Juvenal resumió en tres palabras la decadencia de Roma: panem et circenses. Pan y circo. El pueblo que un día había derribado reyes y discutido leyes en el foro se conformaba ya con dos cosas: la ración de trigo y el espectáculo de la arena. Mientras hubiera grano en el saco y sangre en el Coliseo, poco importaba quién gobernara ni cómo lo hiciera.
Y el emperador lo sabía: cada vez que el poder olía a chamusquina —una derrota, una intriga, un escándalo—, la receta era infalible. Se anunciaban juegos. Carreras en el Circo Máximo, gladiadores, fieras. La plebe miraba a la arena y dejaba de mirar al palacio.
Dos mil años después, la fórmula sigue intacta. Solo ha cambiado el decorado. El Coliseo es ahora un estadio, los gladiadores visten de corto y el emperador ya no reparte trigo: reparte relato. Y esta semana el circo está en su apogeo. España ha llegado a semifinales del Mundial, el martes se juega el pase a la final frente a Francia y el país entero —con toda la razón del mundo— vibra, sueña y cuenta las horas. Es hermoso.
Es también, qué casualidad, el mejor telón que podía caer sobre el escenario. Porque detrás de ese telón la función es bastante menos épica. Mientras España celebraba el 2-1 a Bélgica, seguían ahí, en el sótano de la actualidad, el informe dela UCO sobre las comisiones de Santos Cerdán, la sombra de los sobres de Ferraz y la presunta financiación irregular del PSOE, el caso de José Luis Ábalos y Koldo, el procesamiento de Begoña Gómez. Expedientes que, en cualquier otra semana, abrirían todos los telediarios.
Pero esta semana el minuto de oro es para un gol en el descuento, y el palco se llena de autoridades que sonríen envueltas en la bandera, como si la selección jugara para ellas. Conviene, eso sí, no hacerse trampas al solitario. Ningún gobierno programa un Mundial para taparse; los calendarios de la FIFA no se firman en Moncloa.
El circo del siglo XXI no se declara por decreto, como hacían los emperadores: simplemente llega, puntual, y al poder le basta con arrimarse, ponerse la camiseta y salir en la foto. La distracción, además, es en parte cosa nuestra. Juvenal no culpaba solo al César: culpaba también al pueblo que había vendido su voto y su vigilancia por un asiento en las gradas.
Preferimos, seamos sinceros, la prórroga a la comparecencia y el análisis del once titular al del sumario. Y ahí reside la genialidad perversa del invento. El pan y el circo no obligan a mentir: basta con dejar que el ruido haga el trabajo. Que la euforia ocupe todo el aire disponible. Que, cuando alguien pregunte por Cerdán, la respuesta más cómoda sea «¿pero has visto el partidazo?».
La corrupción no se niega; se aplaza hasta que nadie mire. Y estos días, felizmente para algunos, nadie mira. El domingo 19 se apagarán los focos. Habrá final, campeón y portada gloriosa, y ojalá sea la nuestra. Pero el lunes 20, cuando la arena se vacíe y la resaca dé paso a la realidad, los expedientes seguirán exactamente donde estaban. Intactos. Esperando. Porque los partidos terminan y las causas no.
Panem et circenses, dos milenios después, sigue funcionando a la perfección. Es, en el fondo, la única final que el poder no pierde jamás: la que se juega mientras todos miramos hacia otro lado.
















