Valencia no necesita buscar un nombre para explicar su personalidad histórica. Lo tiene desde hace casi 8 siglos: Regne de Valencia. Una denominación que identifica una realidad política, jurídica e institucional documentada, con fueros y órganos de gobierno propios dentro de la Corona de Aragón.
El Reino de Valencia nació en el siglo XIII con Jaime I. Sus instituciones forales permanecieron hasta que Felipe V las abolió en 1707 mediante el Decreto de Nueva Planta. El nombre del reino continuó utilizándose después como referencia territorial. Por tanto, reivindicarlo no supone inventar una identidad ni adaptar el pasado a una preferencia política: supone reconocer la organización histórica de nuestra tierra.
Reino de Valencia fue una realidad institucional. Esa es la diferencia fundamental frente a otras expresiones utilizadas para referirse al territorio. La aparición de «País Valenciano» en unos pocos escritos antiguos acredita que algunos autores emplearon esas palabras, pero no convierte la expresión en el nombre de nuestras instituciones históricas. Una mención literaria no cambia la denominación de un reino.
El propio Estatuto de Autonomía lo reconoce. Su artículo primero establece que el pueblo valenciano estuvo históricamente organizado como Reino de Valencia.
La vinculación de «País Valenciano» con el proyecto de los «Països Catalans» tampoco puede ignorarse. Formó parte del pensamiento político de Joan Fuster y de las corrientes que asumieron su propuesta desde los años sesenta. Explica una parte relevante de su carga política contemporánea.
El uso de «País Valenciano» en la preautonomía de 1978 pertenece a ese contexto moderno. No fue el nombre de la entidad foral fundada por Jaime I. Ninguna decisión del siglo XX puede alterar retrospectivamente esa realidad histórica.
Durante la construcción de la autonomía, las discrepancias sobre el nombre y los símbolos exigieron un acuerdo. La denominación Comunidad Valenciana, hoy Comunitat Valenciana, permitió superar el enfrentamiento y aprobar el Estatuto de 1982. El consenso entre UCD y PSOE resolvió los principales desacuerdos sobre la denominación, la bandera y la lengua, haciendo posible un marco institucional común.
Ese acuerdo reconoció también la Senyera coronada como bandera autonómica: cuatro barras rojas sobre fondo amarillo, coronadas sobre una franja azul junto al asta. La Real Senyera representa hoy oficialmente al conjunto de la Comunitat Valenciana y constituye uno de nuestros símbolos más reconocibles.
Respetar aquel consenso no exige renunciar al nombre histórico. Comunitat Valenciana es nuestra denominación oficial actual; Regne de Valencia identifica nuestra raíz institucional. Ambas referencias pueden convivir sin que la segunda quede relegada o se trate como una simple preferencia ideológica.
Por eso, cuando se habla de historia, Regne de Valencia tiene un fundamento directo, País Valenciano simplemente se nombró sin ningún tipo de validez.
La convivencia se fortalece con acuerdos, pero también con una memoria rigurosa. El nombre autonómico permitió construir un presente compartido. El nombre del reino nos recuerda de dónde venimos.
El nombre de país, sin embargo, puede llevarnos a una pérdida de identidad, costumbres y raíces. Reivindicar el Regne de Valencia es defender nuestra historia, nuestras tradiciones y nuestra voz propia
Alejandro Cortés
Académico en Academia Internacional de Ciencias, Tecnología Educación y Humanidades
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