La plaza del Ayuntamiento de Valencia tardó poco en quedarse pequeña. Primero llegaron las banderas de España y las de Ceuta. Después, las pancartas. Y, cuando la concentración empezó a ganar volumen, llegaron los gritos. No era únicamente una muestra de solidaridad con una ciudad situada a más de 400 kilómetros. Para buena parte de los asistentes, Ceuta se había convertido en el último motivo para decir en voz alta algo que llevaba tiempo acumulándose: basta ya.
Miles de valencianos ocuparon ayer la plaza y las calles próximas convocados por la Federación de Municipios y Provincias para trasladar su apoyo a los ceutíes en plena crisis fronteriza. Las cifras fueron distintas según la fuente: 25.000 asistentes según la Delegación del Gobierno y 50.000 según la Policía Local de Valencia. Pero más allá de la discusión sobre el número, había una evidencia difícil de ocultar: la concentración desbordó el espacio previsto y tuvo un marcado componente de protesta política.
«Ceuta no se vende, Ceuta se defiende». «España unida jamás será vencida». «Ceuta no está sola». Los lemas se sucedieron durante buena parte de la tarde. Y entre ellos apareció otro mensaje mucho más dirigido: «Sánchez, dimisión». También se escucharon consignas mucho más duras contra el presidente del Gobierno. La escena tenía poco de fría protesta institucional. Había familias, personas mayores, jóvenes y grupos que acudieron con sus propias banderas. Muchos no ocultaban que habían ido por Ceuta, pero también para expresar su profundo malestar con la manera en que el Gobierno está gestionando la crisis.
Hartazgo ciudadano y pérdida de confianza
El enfado no se limitaba a una medida concreta. Lo que se escuchaba entre la gente era una palabra repetida de distintas maneras: hartazgo.
Hartazgo con las explicaciones cambiantes. Hartazgo con lo que muchos consideran una distancia cada vez mayor entre los anuncios del Gobierno y lo que sucede sobre el terreno. Hartazgo, también, con la sensación de que cada nueva crisis llega acompañada de una versión oficial que, para una parte creciente de la ciudadanía, resulta difícil de creer.
La palabra «mentiras» apareció una y otra vez en las conversaciones. No como una consigna única de la organización, sino como la forma en que muchos asistentes describían su relación con el Ejecutivo de Pedro Sánchez. Para ellos, el problema ya no es solamente lo que el Gobierno hace o deja de hacer en Ceuta. Es la pérdida de confianza.Y esa pérdida de confianza fue probablemente el elemento político más visible de la tarde.
La crisis de Ceuta ha colocado al Ejecutivo en una posición especialmente incómoda. La entrada masiva de personas por la frontera a finales de julio, las denuncias sobre la actuación de agentes marroquíes y las discrepancias sobre qué sabía cada organismo y cuándo lo sabía han alimentado una batalla política en la que cada nueva explicación genera nuevas preguntas. El Ministerio del Interior, por su parte, ha negado que el informe policial atribuya a Marruecos la planificación de la entrada masiva.En Valencia, esa discusión dejó de ser patrimonio de los partidos. Se convirtió en conversación de calle.
La protesta adquiere dimensión política
«¿A quién hay que creer?», preguntaba una mujer mientras sostenía una pequeña bandera española. A su lado, un hombre resumía su posición sin entrar en demasiadas explicaciones: «Ya no nos creemos nada».
Era, en cierto modo, el ambiente de la concentración. No había una sola razón para estar allí. Algunos hablaban de seguridad. Otros, de inmigración. Otros insistían en que Ceuta es España y que cualquier problema que afecte a la ciudad debe importar al conjunto del país. Y muchos acababan hablando de lo mismo: de la desconfianza hacia el Gobierno.
La protesta también tuvo una lectura política evidente. El acto contó con la presencia del president de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca; la alcaldesa de València, María José Catalá, y el presidente de la Diputación de Valencia, Vicent Mompó. El PSPV-PSOE se desmarcó de la convocatoria, aunque municipios valencianos gobernados por socialistas, como Gandia, Sagunto o L’Eliana, organizaron sus propios actos de apoyo a Ceuta.
La dirección socialista había cuestionado la convocatoria de la FEMP por considerarla partidista. El argumento no convenció a quienes llenaron ayer la plaza del Ayuntamiento. Para ellos, la defensa de Ceuta no pertenece a ningún partido.Y precisamente ahí estuvo una de las claves de la tarde.
El Gobierno podía discutir quién convocaba. Los partidos podían discutir quién estaba detrás de la movilización. Pero las personas que estaban en la plaza tenían otra preocupación: que Ceuta vuelva a la normalidad y que el Estado responda.La protesta valenciana llegó además en un día en el que cientos de municipios españoles salieron a la calle en solidaridad con la ciudad autónoma. La convocatoria se extendió por todo el país y convirtió el Día de Ceuta en una jornada de movilización nacional.
En Valencia, sin embargo, hubo algo más que solidaridad.
Hubo un ajuste de cuentas político.
No necesariamente con un partido concreto, ni siquiera únicamente con el presidente. Fue el reflejo de una ciudadanía que empieza a expresar de forma cada vez menos contenida que su paciencia tiene un límite. Para muchos de los concentrados, Sánchez y sus ministros han cruzado ese límite a fuerza de explicaciones que consideran insuficientes, contradicciones y promesas que, a su juicio, no se corresponden con los hechos.
La tarde terminó como había empezado: con banderas, consignas y una plaza llena.
Ceuta estuvo en el centro de todo.
Pero el mensaje que salió de la plaza del Ayuntamiento de Valencia fue más amplio: una parte de la sociedad valenciana está cansada de que le expliquen una realidad que, según siente, no coincide con la que ve delante de sus ojos.
Y ayer decidió decirlo en la calle.





















