En gran parte de lo publicado subyacen detalles autobiográficos, actos de la juventud, de la infancia, a veces propios y a veces de conocidos muy próximos. Algunos personajes, absolutamente ficticios, son copia más o menos exacta de otros que sí existieron.
A través de la escritura podemos rescatar algunos recuerdos que considerábamos borrados, algo que debemos recriminarnos por haberlo permitido.
Rebuscar en la memoria es remar contracorriente, un ejercicio que puede llevarnos al pasado con el riesgo de revivir lo que preferiríamos mantener olvidado.
Muy lejana queda la edad de oro, el Romanticismo, la generación del 27, los pesimistas del 98…
Cela apareció más tarde pero se apartó a tiempo del 98, sin embargo, los recién llegados le odiaban como se odia a los muertos o a los envidiosos. Los nuevos eran jóvenes, hablaban inglés, habían leído a los americanos y aborrecían a Cela y a los demás de su estilo. No eran muchos, apenas unos cuantos como Sánchez Ferlosio, Martín Gaite, Aldecoa o Martín Santos, al que poco le quedó por decir después de “Tiempo de silencio”, probablemente por eso murió joven, como Aldecoa.
Ferlosio también escribió sólo una novela “El Jarama” a pesar de su insistencia en afirmar que había escrito muchas más, como Alfanhuí entre otras, y de llegar a viejo. Le enardecía que le hablaran de “El Jarama”, pero, por mucho que le doliese, a ella le debía la fama, el Cervantes, el Nadal, y la mayoría de premios que le dieron.
Aldecoa, más discreto, se movía como un maestro en los relatos y cuentos cortos pero atragantaba a los lectores cuando se acervaba a las 300 páginas.
Y es que cada uno se mueve mejor en el medio que conoce. Cela, que se atrevía con todo, le pedía a su amigo González Ruano: “Cesar, escríbeme un artículo corto para el periódico”, que a ti eso no te cuesta nada. Por eso hay que permanecer fiel a los principios, aceptar las limitaciones, y, como mucho, añadirle una dosis de lógica y de sentido común.
Esto último lo resolvió Arquímedes con su teorema: «dame un punto de apoyo y moveré al mundo».
Umbral acusó a Cela de haber roto con el 98 y en parte tenía razón, pues sólo una personalidad como la suya se atrevería a dar ese paso. No obstante, más que una recriminación era un halago y así se lo tomó Cela.
En esa fractura con el pasado influyeron claramente los americanos como Faulkner, quien afirmaba que toda buena novela deja borrosas sombras por el camino, Dos Passos, inmerso por aquella época en las multitudes neoyorquinas, Sartre, a mitad de camino entre la narrativa y la filosofía, el lirismo de Virginia Wolf, y la novela de masas de don Camilo.
Y es que don Camilo, no el de Guareschi, el otro, don Camilo José, como le gustaba que le llamaran, caía bien a la gente. Su aspecto de político conservador inglés, sus educados modales de burguesía española de quiero y no puedo, su carácter afable, insolente, ocurrente, pero correcto y simpático, y más amante del sentido común que de los heroísmos extremos, marcaba una clara diferencia con sus coetáneos.
Cela era un hombre culto al que le gustaba llevar las cosas sin enfrentamientos, con calma, a pesar de ser un convencido aventurero. La fina ironía era uno de sus puntos fuertes.
Tenía la virtud de la cercanía pero le gustaba codearse con la burguesía, porque en el fondo y en las formas era un burgués que disfrutaba callejeando por los barrios de putas. Frecuentaba con agrado los ágapes y fiestas de la sociedad más florida donde alternaban escritores, pintores, escultores, banqueros y empresarios con gente de la farándula. Su presencia garantizaba el éxito, pero sabía corresponder invitándoles a su casa, primero con Charo, después con Marina, sus dos mujeres, y con Umbral cubriéndole las espaldas como fiel Guardia Pretoriana.
Fue hospitalario, cuando la escritura no le daba para comer, y siguió siéndolo más tarde, reuniendo en su casa a escritores de medio pelo con políticos, intelectuales, académicos, burgueses exitosos y otros de capa caída. Todos, sin distinción ideológica, querían estar a su lado para presumir ante sus amistades y, después, quien sabe, plasmarlo en sus memorias.
Su inquietud le llevaba a no dejar pasar las oportunidades, le sobraban agallas para ello; un día se presentó en el café Gijón y se acercó a saludar a D. José Ortega y Gasset. Ortega no le conocía y apenas le prestó atención.
– Soy Camilo José Cela -dijo-.
– Así está mejor. ¿No prefiere que le conozcan por su nombre que por su cara, joven?
Era un hombre de pensamiento libre y asistemático como Unamuno, admirador y discípulo de Baroja, y pensador de pocas ideas pero recurrentes. Pragmático pero creyente de todo lo que el país le permitía creer, desde los toros hasta los obispos. Más o menos ese era el concepto que Umbral tenía de él.
En el fondo era un liberal, culto, de los que piensan que las cosas están bien como están, otra de sus permanentes contradicciones. A veces se empeñaba en defender posiciones indefendibles, pero cuando barruntaba la derrota resolvía rápidamente la cuestión con una frase ingeniosa. Nunca le faltaban, siempre guardaba alguna en la recamara dispuesta para una salida airosa.
Adoptaba posturas orteguianas cuando simplificaba, de manera obscena, frases demasiado atrevidas, incluso para él, pero acertadas y ciertas: “al pueblo hay que respetarlo cuando el pueblo se hace de respetar”. A Cela se le consentía todo, dicho de otra manera, muy pocos se atrevían a contradecirle. Cela convencía. A ello le ayudaba su voz grave, potente, personal y fría como la lápida de una sepultura.
Hay que saber elegir las compañías le decía a Umbral. Paco: no te juntes con los escritores que sólo tienen hambre.
González Ruano le insistía a Umbral: Cela no ama a sus personajes.
Y Lázaro Carreter a Umbral: ¡Qué bien escribes coño!
Cada uno iba a los suyo.
Sin embargo, cuando le dieron a Umbral el Príncipe de Asturias Carreter se limitó a decir: ¡qué bien lo ha leído!
A Umbral no le sentó nada bien y le susurró enojado a la mujer de Lázaro para que lo oyera su marido: ¡como si me hubieran dado el premio por leer bien!
No le hagas caso, él es así, pero se alegra -le contestó para quitarle hierro al asunto-.
Delibes también le criticaba: Camilo se toma cuatro wiskis cada noche en Chicote y después se va a su casa a escribir sin mirar lo que ha escrito antes. En eso se parecía a Proust que escribió su mejor novela, solitario y enfermo, postrado en la cama, con todos los folios desparramados por el suelo y demás rincones de la casa.
La suerte es una casualidad fortuita que suele aparecer en los momentos más insospechados. Gracias a ella, al destino, y Max Brod podemos disfrutar hoy de la obra de su amigo Franz Kafka, que se la entregó para que la destruyese. Esa misma deuda mantenemos con Charo Conde, la” ex” de Cela, que salvó in extremis “La familia de Pascual Duarte” y “La Colmena” de las llamas.
¿Acaso habría obtenido el Nobel don Camilo sin ellas? Nunca lo sabremos, pero no cabe la menor duda de que debieron influir notablemente en la decisión del jurado.
Nadie sabe muy bien cómo se consigue el Nobel, el Cervantes, el Pulitzer, el Faulkner, el Book Awards o cualquiera de los grandes premios que se otorgan cada año. Supongo que habrá opiniones para todos los gustos.
Lenguas viperinas afirman que para recibir el Nobel hay que escribir una novela de 900 páginas insufribles de leer, otros que se regala y algunos que se autoconcede. Probablemente nada de esto sea cierto pero llama la atención que los países nórdicos tripliquen el número de Nobeles de literatura al de toda Hispanoamérica. Un detalle nada baladí teniendo en cuenta que muy pocos conocen sus nombres y casi nadie los ha leído.
A Cela le gustaba España, su historia, su cultura, sus costumbres y sobre todo los españoles. En una ocasión le invitaron a Nueva York para dar una conferencia y no salió del hotel en todo el día. Dio la conferencia y se volvió a casa. No le interesaba para nada Nueva York, prefería España. España también le debe mucho, además del Nobel: Amaba Galicia, su tierra natal, con la misma intensidad que amaba Madrid, Guadalajara, La Alcarria, la Mancha y Cantabria, de soltera Santander, como solía llamarla. En todas las provincias se sentía como en su propia casa, aunque al final se consideraba tan madrileño como un “gato viejo”.
Siendo director de la Academia, Menéndez Pidal llamó a don Gregorio Marañón para que reconociese a su esposa. Durante la visita don Gregorio le sugirió que metiese a Cela en la Academia. Ese chico promete -le dijo.
Así llegó don Camilo a la Academia, y con gran éxito, por cierto. Una vez dentro no cejó hasta que metió a su buen amigo García Nieto; el pobre accedió demasiado tarde y su enfermedad de Alzheimer le impidió disfrutar del premio.
Don Camilo José murió el jueves 17 de enero de 2002 a consecuencia de una neumonía, precisamente cuando estaba disfrutando de una tercera juventud con respiración asistida, implantes cardiacos y alguna que otra prótesis repartida por el cuerpo. Quizá por eso afirmaba: “tengo una mala salud de hierro”.
Su amigo Umbral, que le conocía bien, lo definió con una frase muy significativa que reflejaba la admiración reverencial que le profesaba: Un genio del vivir escribiendo y del escribir viviendo.
Así era don Camilo.
















