La mendicidad es un problema que, al igual que existe en nuestro presente, también estuvo presente en la Valencia de nuestros antepasados.
Sobre este tema habla en profundidad el bibliófilo y escritor Rafael Solaz en su libro Valencia Canalla. El autor cuenta cómo la mendicidad preocupaba mucho a las autoridades, que no solo tenían que hacer frente a la pobreza, sino que también buscaban acabar con aquellas personas que, según se consideraba en la época, se aprovechaban de la mendicidad como una forma fácil de obtener dinero y suponían una molestia para los viandantes.
A estos se les denominaba «mendigos pedigüeños, vagos o mal entretenidos». Se trataba de personas consideradas ociosas y sin interés por trabajar. Según cuenta Solaz, era habitual encontrar en las calles a fingidos curas, falsos peregrinos, falsos ciegos o falsos músicos. También había quienes simulaban enfermedades, como ataques epilépticos, para despertar la compasión de los viandantes y aprovecharse de los más crédulos.
Ya en el siglo XIV se intentó buscar una solución a este problema. Los Jurados acordaron castigar a aquellos que, pudiendo trabajar, no aceptasen hacerlo. Surgió así una institución conocida como los Afermamossos, destinada a «afermar» o afianzar a aquellas personas acostumbradas a vagar y mendigar.
El trabajo del afermador consistía precisamente en proporcionar un trabajo digno a los vagabundos. Cada día recorría las calles, tabernas y posadas en busca de estas personas para ofrecerles una ocupación. Quien se negaba a aceptarla podía ser castigado con azotes y expulsado de la ciudad.
La situación era diferente para aquellas personas que las autoridades consideraban realmente necesitadas y que, por su edad o sus condiciones físicas, no podían trabajar. A estas se les otorgaba una senyal, un distintivo de plomo que se colgaba del cuello y que indicaba que tenían autorización para pedir limosna. De esta manera, se diferenciaba a quienes tenían permiso para mendigar de quienes lo hacían sin autorización.

Este sistema de control de la mendicidad no desapareció por completo con el paso de los siglos. En el siglo XIX todavía existía una forma de autorización, aunque más discreta: quienes querían pedir limosna debían contar con una papeleta expedida por el alcalde del barrio en el que residían.
La institución de los Afermamossos fue finalmente suprimida a finales del siglo XVI, al no haber dado los resultados esperados. Aun así, su existencia nos deja una curiosa muestra de cómo la Valencia antigua intentó hacer frente a un problema que preocupaba a las autoridades, distinguiendo entre la pobreza que consideraban digna de ayuda y aquellos comportamientos que entonces eran perseguidos como vagancia u ociosidad.
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