Desde tiempos remotos, la Albufera de Valencia fue un lugar de ocio y esparcimiento, donde reyes e importantes personalidades satisficieron su afición a la pesca y a la caza, aficiones por las cuales se hizo un lugar muy atractivo y, por tanto, fue sujeto a varias normativas bastante curiosas.
En La Valencia de otros tiempos, el historiador Vicente Vidal Corella relata ampliamente las cacerías reales que tenían lugar en la Albufera. Él mismo indica cómo ya tras la Conquista el rey Jaime I se reservó para sí mismo el lago y cómo estos privilegios reales se mantuvieron para los siguientes monarcas.
Martín I el Humano amplió dichos privilegios, autorizando a poder cazar y pescar gratuita y libremente en el lago a todo aquel que quisiera, lo que aumentó todavía más su concurrencia. Sin embargo, dos siglos más tarde, debido a los abusos que se cometían, el Baile General de Valencia emitió un bando por el que se prohibía la caza a cualquiera, sin importar su condición, tanto en la Dehesa como en sus alrededores, con cualquier instrumento, arma, perros o hurones: «bajo la pena de ser incontinenti ahorcados los perros de un árbol, y perdida la caza, hurones, senderas, lazos, armas y toda cualquiera especie de artificio e instrumentos para dicha caza, y quemado el barco, y a más de esto incurra irremisiblemente en la pena pecuniaria de cincuenta libras, en las de doscientos azotes, y el que fuere hallado más de dos veces y se le probase la tercera, sea ahorcado del cuello de modo que muera».
Con el tiempo, la posesión y dominio de la Albufera y la Dehesa fueron cambiando. Felipe V las donó al conde de las Torres como compensación por los servicios prestados durante la Guerra de Sucesión. Pero su hijo Carlos III rescató su dominio real. Sin embargo, este se perdió de nuevo cuando Carlos IV las entregó a Manuel Godoy. En 1812, Napoleón Bonaparte concedió el lago y la Dehesa al mariscal francés Suchet, con el título de duque de la Albufera.
Podemos imaginar cómo sería la Albufera del siglo XVII gracias a las descripciones e historias que cuenta el cronista Escolano. Habla de las salinas que había a unos 5 km antes de llegar al desembocadero de la laguna y que abastecían de sal a la ciudad; nos habla de la variedad de caza que había, toda clase de animales terrestres, acuáticos y de vuelo, destacando curiosas especies como la lludria o nutria.
Las cacerías también funcionaban como auténticas fiestas cuando se recibían visitas reales y de personajes destacados. Algunos ejemplos que cita Corella son la extraordinaria cacería organizada en las bodas de Felipe III y Margarita de Austria, celebradas en Valencia en 1599, y la celebrada durante la visita de Eugenia de Montijo, emperatriz de Francia, en 1863.

En el caso de las bodas, casi trescientas barcas decoradas surcaron aquel día las aguas de la Albufera, destacando la barca real, toda sobredorada y decorada con pinturas. En cuanto a la visita de Eugenia de Montijo y su séquito, terminaron la cacería con una paella valenciana y un tradicional salpicó d’anguiles, que encantaron a la emperatriz, al igual que el bello paisaje, quedando como uno de los mejores recuerdos de esta de su estancia en Valencia.
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