Lo que nos ha enseñado un balón. Por Rafa Gorgues

PorRafa Gorgues

julio 25, 2026

El domingo, mientras el país entero saltaba abrazado delante del televisor, nadie preguntó a su vecino de qué partido votaba antes de celebrar el gol. Nadie exigió carné de ideología para subirse a la ola de la victoria. Da igual de dónde vengas, decía la calle esa noche: si vamos juntos, este es el mejor país del mundo. Y por una vez, durante noventa minutos y una prórroga de alegría que se ha alargado toda la semana, lo hemos sido.
Ha bastado un vestuario. Veintitantos futbolistas que no comparten ni origen, ni acento, ni —seguramente, si se les preguntara en privado— la misma manera de ver España, ni el mismo color en las urnas. Y sin embargo ahí estaban, sosteniendo la misma bandera, tarareando el mismo himno con la mano en el pecho, llorando el mismo abrazo. Nadie les pidió que pensaran igual. Les bastó con querer lo mismo: ganar juntos, representar juntos, sumar en la misma dirección. Ese vestuario ha hecho, sin proponérselo, lo que ningún debate parlamentario consigue desde hace años: que millones de españoles se sintieran, durante un rato, exactamente lo mismo.

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Y aquí conviene mirar hacia atrás, porque el contraste es incómodo. Llevamos semanas hablando en esta misma columna de un presidente que nunca tiene la culpa, de un líder de la oposición que prefiere la calculadora al coraje, de un portavoz que estira sus líneas rojas como una goma hasta que ya no significan nada, de un poder entero instalado en el pan y el circo. Todos ellos, cada uno a su manera, llevan años administrando la división como quien administra una renta: mientras el país esté partido en dos trincheras, siempre habrá alguien a quien echarle la culpa y siempre habrá un bando al que arengar. La trinchera es rentable. La unidad, en cambio, no da votos: solo da país.

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Por eso escuece tanto la comparación. Un vestuario de futbolistas ha entendido en dos meses de convivencia algo que nuestra clase política no ha entendido en dos décadas de legislaturas: que la pertenencia no exige uniformidad. Que se puede discrepar de todo y coincidir en lo esencial. Que hay una diferencia enorme entre un país de trincheras y un equipo de posiciones distintas jugando el mismo partido.


No hace falta idealizar el fútbol. Es un balón, once contra once, y el lunes siguiente los problemas de este país seguían exactamente donde estaban: las causas judiciales sin resolver, las promesas rotas sin cumplir, las líneas rojas tan elásticas como siempre. El deporte no gobierna, y sería ingenuo pedirle a un vestuario que sustituya a un Parlamento. Pero sí puede, y de hecho lo ha hecho, servir de espejo. Un espejo en el que la clase política debería mirarse con más vergüenza que orgullo, porque lo que ha logrado un grupo de veintitantos jóvenes con un balón, ellos no lo logran ni con toda la maquinaria del Estado a su disposición.

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La lección, en el fondo, es sencilla y por eso es incómoda: la grandeza no está en pensar igual, está en remar en la misma dirección. Da igual de dónde vengas, decíamos el domingo. Ojalá alguien en Moncloa, en Génova o en cualquier otro despacho tomara nota: ese «da igual de dónde vengas» no es un eslogan para una noche de fiesta. Es, exactamente, la definición de lo que un país necesita para llamarse país. Y de momento, esa lección solo nos la han dado once futbolistas con una camiseta puesta.

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