La historia de amor y obsesión que esconde el nicho 1501 del Cementerio de Valencia

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PorEva Valencia Más Allá

octubre 16, 2026

Cada 1 de noviembre, miles de personas acuden a los cementerios para recordar a sus seres queridos. Pero ¿y si os contáramos que en el Cementerio Municipal de Valencia hay una tumba que esconde una de las historias de amor y obsesión más conocidas de la ciudad? Una historia que comenzó en el siglo XIX, que estuvo marcada por la tragedia y que, más de un siglo después, todavía guarda un pequeño misterio. 

Nos trasladamos al año 1872, cuando Vicente García Valero y Emilia Vidal Esteve se enamoraron. Su relación fue avanzando con el paso del tiempo y ambos comenzaron a hacer planes de boda, ilusionados con la idea de compartir sus vidas. 

Vicente era un gran aficionado al teatro y decidió marcharse a Madrid para iniciar su carrera como actor. Desde entonces, trabajaría entre Madrid y Valencia, siempre deseando volver para ver a su amada, que lo esperaba en Valencia. 

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Sin embargo, en noviembre de 1877, cuando Vicente regresó a la ciudad, recibió una noticia que cambiaría su vida para siempre. Emilia había fallecido semanas antes a causa de unas fiebres tifoideas. Tenía tan solo 18 años, dos menos que Vicente. 

Pero la tragedia no terminaba ahí. Debido a la falta de recursos económicos de su familia, Emilia había sido enterrada en una fosa común. Algo que Vicente no podía consentir, por lo que decidió hacer todo lo posible para darle una sepultura digna. Tanto es así que, según cuenta la historia, llegó a sobornar al sacerdote relacionado con su enterramiento. Tras varias gestiones, consiguió un nicho individual para su amada en el Cementerio Municipal de Valencia: el número 1501. 

Uno de los episodios más llamativos de esta historia ocurrió cuando Vicente pudo volver a ver el cuerpo de Emilia. Según se cuenta, llegó a decir que parecía que estaba dormida. Una imagen que seguramente poco tendría que ver con la realidad, pues habían transcurrido varias semanas desde su fallecimiento y el cuerpo debía de presentar un avanzado estado de descomposición.

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Sea como fuere, Vicente nunca consiguió olvidar a Emilia. Su obsesión era tal que, durante años, cada 1 de noviembre mandaba dinero desde Madrid para que el nicho estuviera cuidado y adornado. Ni siquiera la distancia le impedía seguir pendiente de la tumba de la mujer con la que había planeado casarse. 

Pero la historia todavía tenía otros episodios sorprendentes. Vicente terminó casándose con Ángela, una de las hermanas de Emilia. Juntos tuvieron una hija a la que pusieron el nombre de Emilia, en recuerdo de su difunta prometida. Por desgracia, la pequeña murió siendo muy niña y, poco después, también falleció Ángela. 

Tras enviudar, Vicente volvió a casarse, esta vez con Amparo, otra de las hermanas de Emilia. Parece ser que, de alguna manera, buscaba mantener el vínculo con la familia de su amada o imaginar aquella boda que nunca llegó a celebrar. Con este segundo matrimonio terminó estableciéndose definitivamente en Madrid, algo que le producía una gran tristeza,

pues ya no podía visitar personalmente el nicho de Emilia. Aun así, continuó enviando dinero para que siguieran cuidándolo. 

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Sin embargo, llegó un momento en que sus problemas económicos le impidieron seguir haciéndolo. Aquello le causaba una profunda pena, pues mantener el nicho en buen estado se había convertido en una manera de seguir recordando a Emilia. Y fue entonces cuando ocurrió un hecho extraordinario. 

El 1 de noviembre de 1911, Vicente vio un décimo de lotería cuya terminación era el 1501, exactamente el mismo número que el nicho de su amada. No dudó en comprarlo y, para su sorpresa, resultó premiado. Podemos imaginar el destino que tuvo aquel dinero: seguir cuidando de la tumba de Emilia. 

Vicente continuó haciéndolo hasta su muerte, en 1927. Habían pasado cincuenta años desde que perdió a su prometida, pero nunca dejó de mantener vivo su recuerdo. 

El 1 de noviembre de 2015, alguien volvió a dejar flores en el nicho de Emilia. Lo curioso es que, según se ha contado, ya no quedarían familiares vivos que pudieran haberlas depositado. 

¿Quién decidió llevar flores a su tumba precisamente ese día? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que aquel gesto recuerda inevitablemente a Vicente, que durante tantos años se preocupó de que Emilia no quedara en el olvido. Quizá, más de un siglo después, alguien quiso hacer por ella lo mismo que hizo Vicente durante toda su vida: recordarla cada 1 de noviembre.

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