En determinados debates actuales se ha instalado una idea que se repite casi como un axioma incuestionable: que la lengua valenciana sería simplemente una prolongación del catalán introducido tras la conquista del siglo XIII por los repobladores procedentes de territorios catalanes.
La teoría, en apariencia, resulta cómoda. Ofrece una explicación rápida, lineal y fácil de transmitir. Pero la historia y especialmente la historia lingüística rara vez funciona de manera tan simple. Cuando se examinan las fuentes originales, cuando se acude a los documentos medievales y se leen sin prejuicios, el panorama que aparece es bastante más complejo, matizado… y, sobre todo, mucho más interesante.
Porque hay una pregunta clave que no puede esquivarse: sí una lengua se implanta de forma masiva en un territorio, debería reflejarse de manera clara y homogénea en los documentos de la época. ¿O no?
La lógica histórica: una prueba sencilla
Imaginemos por un momento otros procesos históricos bien conocidos.
Cuando el castellano se expandió hacia América tras el siglo XVI, los documentos redactados en el Nuevo Mundo reflejan claramente esa misma lengua, con variaciones menores, pero sin diferencias estructurales
profundas en sus inicios.
Lo mismo ocurre con el inglés en América del Norte o con el francés en determinados territorios coloniales. La lógica es clara: cuando una población traslada su lengua a otro territorio y la implanta, esa lengua mantiene durante mucho tiempo una fuerte coherencia entre el lugar de origen y el nuevo espacio.
Aplicar este razonamiento al caso valenciano no es ningún ejercicio ideológico, sino una simple prueba de coherencia histórica. Si el valenciano fuera únicamente el resultado directo de una implantación
lingüística procedente de Cataluña en el siglo XIII, los documentos contemporáneos de ambos territorios deberían mostrar una similitud prácticamente total.
Pero cuando se acude a las fuentes, esa supuesta uniformidad empieza a resquebrajarse.
El siglo XIII: una ventana directa al pasado.
El siglo XIII es especialmente relevante porque nos sitúa en el momento inmediatamente posterior a la conquista del Reino de Valencia por Jaime I.
Es, por tanto, el contexto ideal para observar cómo se expresaban realmente las distintas comunidades.
Uno de los materiales más valiosos para este análisis es la documentación generada por la propia cancillería real. El monarca, como era habitual en la época, utilizaba el latín en los documentos oficiales. Sin embargo, también empleaba lenguas romances en función del destinatario.
çEste detalle es fundamental.
Jaime I no utilizaba una única lengua vulgar para todos sus súbditos.
Adaptaba su comunicación según el territorio y la comunidad a la que se dirigía. Y eso, lejos de ser anecdótico, revela una realidad lingüística diversa dentro de la Corona de Aragón.
Así encontramos documentos dirigidos a:
Territorios castellanos, en castellano
Ámbitos navarroaragoneses, en su romance correspondiente
Zonas catalanas, en provenzal medieval
Y territorios valencianos, en una lengua adaptada al contexto del nuevo reino
Esta diferenciación no es una interpretación moderna. Está en los
documentos.
El provenzal medieval en los territorios catalanes.
Cuando analizamos textos del siglo XIII procedentes de los condados catalanes, observamos un provenzal medieval con características muy concretas. Presenta una fuerte influencia provenzal, algo lógico si tenemos en cuenta el prestigio cultural de Occitania en aquel momento.
Los documentos muestran estructuras, vocabulario y giros propios de ese ámbito lingüístico Catalano-provenzal. Es una lengua con rasgos bien definidos y coherentes dentro de su espacio geográfico.
Por ejemplo, en correspondencia dirigida a nobles de Cardona, Cervera o Balaguer, se aprecia claramente ese modelo lingüístico, alineado con la tradición escrita de aquellos territorios.
La documentación valenciana: una realidad con matices propios Sin embargo, cuando nos trasladamos al Reino de Valencia y analizamos documentos redactados en el mismo periodo, el panorama cambia.
Textos como la Carta Puebla de Uxó (1250) o determinados documentos administrativos de la década de 1260 muestran una lengua romance que, aunque comparte una base común con otras lenguas peninsulares, presenta características propias.
Un fragmento representativo comienza así:
«En nom de Deu tot piados e misericordios… aquest es privilegi honrat, lo qual mana nostre senyor lo rey d’Arago, de Mallorques, de Valencia…»
Este tipo de redacción refleja una lengua funcional, administrativa, adaptada al contexto valenciano. No es un calco mecánico de los modelos documentales catalanes, sino una expresión que incorpora elementos propios y una evolución particular.
Una pluralidad lingüística dentro de la Corona de Aragón Lo que revelan estos documentos no es una uniformidad lingüística, sino precisamente lo contrario: una pluralidad.
La Corona de Aragón no era un bloque homogéneo desde el punto de vista lingüístico. Era un conjunto de territorios con tradiciones propias, donde la administración se adaptaba a la realidad de cada uno de ellos.
Esto implica que la evolución de las lenguas romances en estos territorios no puede explicarse mediante esquemas simplificados ni reduccionistas.
Más allá de los dogmas: la complejidad histórica.Afirmar que el valenciano es únicamente una prolongación directa de una lengua importada en el siglo XIII supone ignorar esta complejidad documental.
Los textos medievales no ofrecen una imagen de uniformidad absoluta, sino de matices, adaptaciones y evoluciones propias. Y eso es precisamente lo que hace apasionante el estudio histórico: descubrir que la realidad fue mucho más rica de lo que a veces se pretende.
La historia lingüística no se construye a partir de eslóganes, sino de documentos. Y los documentos, cuando se leen con rigor, rara vez encajan en relatos simplistas.
Una historia abierta al estudio
El origen y la evolución del valenciano forman parte de un proceso amplio en el que intervienen múltiples factores: la diversidad de poblaciones, las tradiciones culturales, las decisiones políticas, el uso administrativo y la evolución natural de las lenguas romances.
Por eso, los especialistas coinciden en algo fundamental: no existen explicaciones simples para procesos históricos complejos.
El estudio de los documentos medievales no cierra el debate, pero sí aporta una certeza importante: la historia lingüística del Reino de Valencia no puede reducirse a una única explicación lineal.
La importancia de mirar las fuentes.
En un tiempo en el que abundan las afirmaciones categóricas, conviene recordar algo esencial: la historia no se decide por repetición, sino por análisis.
Y en ese análisis, los documentos medievales siguen siendo una de las herramientas más valiosas que tenemos para comprender nuestro pasado.
Porque cuando las fuentes hablan, lo hacen con matices.
Y esos matices, lejos de debilitar la historia, son precisamente los que la hacen más real.
Pedro Fuentes Caballero
Académico de la Real Academia de Cultura Valenciana correspondiente por Dénia
Presidente de la Asociación Cultural Roc Chabàs de Dénia





















