- Una ex concejal de Compromís acusa al Ayuntamiento de censura por los versos del año pasado feministas, contra la guerra y la «defensa de la lengua» (Sin especificar que lengua, ¡claro!)
- Al Ayuntamiento les acusa de manipuladores porque busca que otros grupos con arraigo en el pueblo también pueda participar
En un giro digno de las mejores novelas de intriga —pero con tintes de sainete patrio—, la tranquila localidad de Godella se ha convertido en el epicentro de una tormenta política, cultural y casi existencial. ¿El motivo? Una supuesta “censura” que algunos han elevado a categoría de tragedia nacional… aunque, según otras voces, no sería más que humo, exageración y mucho teatro.
Todo estalla en plena antesala de la tradicional Nit d’Albaes, cuando ciertos cantaores —autoproclamados guardianes del folclore cuya cantadora fue concejal de Compromís— claman haber sido “vetados” por el gobierno local. Las redes arden. Los mensajes vuelan. Las acusaciones crecen. ¡CENSURA!, gritan algunos. ¡ATENTADO CULTURAL!, claman otros. Pero… ¿Qué hay realmente detrás de este culebrón?
Según la versión oficial, no hay veto alguno. Ninguna mano negra. Ningún complot. Simplemente, se ha dado paso a otro grupo: la Quadrilla del Molí. Sí, otro grupo. Otra voz. Otra forma de entender la tradición. Un detalle que, lejos de calmar las aguas, ha encendido aún más los ánimos. Para algunos la diversidad solo es cosa de lo que ellos digan, y si no cantan lo que ellos digan, ya es censura.
Porque aquí no solo se canta: aquí se libra una batalla por el control simbólico de la cultura. De un lado, quienes denuncian una supuesta exclusión, cuando llevan 30 años disfrutando esa condición de «exclusividad». Del otro, un gobierno local que busca la diversidad cultural y defiende un principio explosivo: que la tradición no pertenece a unos pocos, pertenece a todos. Pero parece que no les gusta eso a los «de siempre».
Estos son como los jugadores que son sustituidos y se lían a puñetazos con el banquillo sin tener en cuenta que en su lugar hay otro compañero que es tan digno de jugar como él.
Pues lo mismo les pasa a este grupo quienes, por cierto, dicen promover la cultura pero nunca niegan cobrar los 3.000 euros que paga el Ayuntamiento.
¿Quizá sea esta una de las razones del enfado?
Y entonces llega el giro más incendiario: las acusaciones de censura difundidas en sus medios afines e ideológicamente propios, incluso de Cataluña, se aliñan con viejos fantasmas. Se recuerda —con nombres no escritos pero sí insinuados— una época en la que, dicen, las prohibiciones eran reales, donde decisiones ideológicas marcaban qué se podía celebrar y qué no. Un pasado incómodo que hacen regresar cada vez que tienen una contrariedad como un fantasma dispuesto a dinamitar el relato victimista. Un fantasma que solo les sirve a ellos, a los de siempre, a los amantes de la estelada.
¿Resultado? Un cóctel perfecto de reproches, ironías y memoria selectiva. Un duelo de narrativas donde un bando se erige como defensor de la libertad… mientras acusa al otro de querer monopolizarla.
Sin embargo, los que se erigen defensores de la libertad no aceptan que otros hagan lo mismo que ellos. Cuanto menos, curioso.
En medio de todo esto, una pregunta resuena con fuerza:
¿Estamos ante un caso de censura… o ante el fin de un monopolio cultural que algunos daban por propio y eterno?
Pensamos que lo segundo es más apropiado.
¿Por qué? Pues porque mientras que un grupo con la ex concejal de Compromís al frente, Tatiana Prades, ha estado como único que cantaba en la fiesta durante 30 años no pasaba nada, El ayuntamiento da esta vez la oportunidad a otro grupo que nunca había tenido la ocasión de hacerlo y, como siempre, los de siempre manipulan la realidad y la lían parda.
Una cosa está clara: en Godella, la cultura ya no es solo cultura. Es lucha de poder. Es identidad. Y ahora también… es guerra abierta. Y que casualidad, siempre están los de siempre acusando a los que no piensan como ellos.
En cuanto se siente perdedores, sacan las reliquias a pasear. Y el pueblo no es tonto como ellos se piensan. Godella es muy inteligente. Estas acusaciones ya no cuelan. La muestra está en que ya no gobiernan.
Godella, un pueblo que demuestra que no hay patentes ni monopolios culturales.
La cultura es del pueblo. Y el pueblo es de todos, no de unos cuantos.
¡Ah! Y la cultura y la lengua es la valenciana. No de otro lugar.










