Nuestros personajes valencianos: Francisco de Moncada Por Pedro Fuentes

PorPedro Fuentes Caballero

septiembre 20, 2026
  • El valenciano que fue soldado, diplomático, gobernador de los Países Bajos e historiador de los almogávares

Hay personajes cuya vida parece contener varias biografías distintas. Francisco de Moncada, III marqués de Aytona, fue uno de ellos. Nacido en Valencia en 1586, perteneció a una de las grandes casas nobiliarias de la Monarquía Hispánica, pero su recuerdo no descansa únicamente en sus títulos. Fue militar, diplomático, hombre de gobierno, consejero y escritor. Recorrió las cortes y los campos de batalla de una Europa sacudida por guerras políticas y religiosas, gobernó en los Países Bajos españoles y dejó una de las obras históricas más conocidas sobre la extraordinaria expedición de catalanes y aragoneses a Oriente.

Su vida transcurrió entre Valencia, Madrid, Viena, Bruselas y los territorios alemanes. Y acabó formando parte también de la historia del arte europeo gracias a Anton van Dyck, que inmortalizó su figura en uno de los grandes retratos ecuestres del siglo XVII. Estamos ante uno de aquellos valencianos cuya dimensión solo se comprende cuando se observa el enorme escenario europeo en el que actuaron.

Nacido en Valencia en 1586

Francisco de Moncada nació en Valencia el 28 de diciembre de 1586. Era hijo de Gastón de Moncada, II marqués de Aytona, y de Catalina de Moncada, baronesa de Callosa. Pertenecía, por tanto, a un linaje situado en las altas esferas de la nobleza de la Corona de Aragón y estrechamente relacionado con el servicio a la Monarquía.

Desde su infancia estuvo rodeado de un ambiente en el que los cargos públicos, la diplomacia, las armas y la administración territorial formaban parte de la tradición familiar. La educación que recibió estuvo a la altura de aquel destino.

Estudió latín, gramática, literatura e historia. Esta última disciplina terminaría convirtiéndose en mucho más que una afición juvenil. Décadas después, cuando ya había desarrollado una brillante carrera política y militar, Moncada seguiría escribiendo e investigando sobre acontecimientos del pasado. Esa combinación de hombre de armas y hombre de letras sería una constante durante toda su vida.

Un joven noble preparado para servir a la Corona

Para comprender a Francisco de Moncada debemos situarnos en una época en la que los miembros de la alta nobleza podían ejercer sucesivamente responsabilidades militares, diplomáticas y políticas. No existía la especialización profesional que hoy consideraríamos normal. Un aristócrata podía comandar tropas, representar al rey en una corte extranjera, participar en negociaciones internacionales y asumir después un gobierno territorial. Moncada fue preparado precisamente para ese mundo.

Muy joven acompañó a su padre y comenzó a familiarizarse con el servicio militar y las obligaciones propias de su posición. A comienzos del siglo XVII aparece relacionado con el marqués de Santa Cruz, dentro de una trayectoria que iría aumentando progresivamente su experiencia en asuntos militares. Pero las armas constituían solamente una parte de sus intereses.

Leía. Estudiaba. Escribía. Y sentía una especial atracción por la historia.

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Margarita de Castro y Alagón

Francisco de Moncada contrajo matrimonio con Margarita de Castro y Alagón, marquesa de la Puebla y señora de diversos territorios. El matrimonio consolidaba, como era habitual entre las grandes casas nobiliarias de aquel tiempo, vínculos familiares, patrimoniales y políticos. De aquella unión nacería, entre otros descendientes, Guillén Ramón de Moncada, que continuaría la trayectoria nobiliaria de la familia y llegaría a ocupar importantes responsabilidades al servicio de la Corona. Pero mientras su familia aseguraba la continuidad del linaje, Francisco estaba construyendo una carrera propia que acabaría llevándolo muy lejos de Valencia.

El historiador aparece antes que el gran diplomático

Resulta significativo que Moncada comenzara a publicar obras históricas antes de alcanzar la etapa más brillante de su carrera política. En 1623 apareció en Barcelona su célebre:

Expedición de los catalanes y aragoneses contra turcos y griegos

La obra reconstruía uno de los episodios más fascinantes de la historia medieval mediterránea: la expedición de la Compañía Catalana de Oriente, integrada fundamentalmente por almogávares y vinculada a la figura de Roger de Flor. Aquellos guerreros habían marchado a comienzos del siglo XIV hacia el Imperio bizantino para combatir a los turcos en Asia Menor. La aventura terminó convirtiéndose en una sucesión extraordinaria de campañas, enfrentamientos, traiciones y conquistas. Moncada quedó fascinado por aquel episodio.

Los almogávares vistos desde el siglo XVII

Cuando Francisco de Moncada escribió sobre la expedición almogávar habían transcurrido aproximadamente trescientos años desde aquellos acontecimientos. No era testigo, naturalmente. Tuvo que trabajar sobre testimonios y crónicas anteriores.

Entre sus fuentes fundamentales se encontraba Ramon Muntaner, cuya crónica constituye uno de los grandes testimonios medievales sobre la aventura de la Compañía Catalana. Pero Moncada no se limitó a copiar las fuentes.

Intentó construir una narración histórica coherente, dotada además de una evidente ambición literaria. Ese aspecto explica que su Expedición de los catalanes y aragoneses contra turcos y griegos continuara leyéndose durante siglos.

La obra convirtió a su autor en algo más que un aristócrata interesado ocasionalmente por la historia. Francisco de Moncada se ganó un lugar propio dentro de la historiografía española del siglo XVII.

De los libros a la diplomacia europea

Pero mientras escribía sobre guerras medievales, Europa estaba entrando en una de las grandes conflagraciones de la Edad Moderna. La Guerra de los Treinta Años, iniciada en 1618, transformó el continente.

Lo que comenzó como un conflicto relacionado con las tensiones religiosas y políticas dentro del Sacro Imperio Romano Germánico acabó convirtiéndose en una enorme lucha internacional en la que intervinieron diferentes potencias europeas. La Monarquía Hispánica tenía importantes intereses en aquel escenario. Y necesitaba diplomáticos experimentados. Francisco de Moncada se convirtió en uno de ellos.

Embajador en Alemania

En 1623, Felipe IV lo destinó como embajador ante el emperador. La misión colocaba al valenciano en uno de los puntos neurálgicos de la política europea. Ser embajador en aquella época no significaba limitarse a participar en ceremonias cortesanas.

Había que negociar. Obtener información. Mantener alianzas. Transmitir instrucciones. Interpretar los movimientos de otras potencias. Gestionar conflictos entre intereses que no siempre coincidían. Y hacerlo en medio de una guerra continental. Moncada demostró capacidad para desenvolverse en aquel complejo universo diplomático. Su carrera continuó ascendiendo.

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De Viena a Bruselas

En 1629 fue enviado a los Países Bajos españoles. Bruselas era entonces otro de los grandes centros de poder de la Monarquía. Los Países Bajos constituían un territorio de extraordinaria importancia económica, política y estratégica, pero también un escenario de guerra prácticamente permanente.

La gobernadora era la infanta Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II y viuda del archiduque Alberto de Austria. Francisco de Moncada llegó a convertirse en uno de sus principales colaboradores. La misión no era sencilla.

Los Países Bajos se encontraban sometidos a enormes presiones militares, financieras y diplomáticas. Gobernarlos exigía algo más que títulos nobiliarios. Había que tomar decisiones constantemente.

La política europea desde Bruselas

La estancia de Moncada en Flandes coincidió con algunos de los años más difíciles para la Monarquía Hispánica. Francia observaba con creciente hostilidad el poder de los Habsburgo. Las Provincias Unidas continuaban enfrentadas a España.

Los territorios alemanes estaban inmersos en la Guerra de los Treinta Años. Las comunicaciones entre Italia, Alemania y los Países Bajos tenían una importancia estratégica fundamental. En aquel tablero, Moncada tuvo que actuar como político, diplomático y militar.

Esta es una de las razones por las que su trayectoria resulta tan interesante: el historiador que había escrito sobre campañas medievales terminó participando personalmente en la gran política militar de su propio siglo.

La muerte de Isabel Clara Eugenia

En 1633 murió la infanta Isabel Clara Eugenia. Su desaparición abrió una etapa delicada en el gobierno de los Países Bajos. Hasta la llegada del nuevo gobernador, el cardenal-infante Fernando de Austria, hubo que mantener la administración y afrontar una situación militar extremadamente complicada.

Francisco de Moncada adquirió entonces una responsabilidad todavía mayor. Durante este periodo asumió funciones de gobierno y mando que lo colocaron en primera línea de los acontecimientos. El hombre que había salido de Valencia décadas atrás estaba ya entre los principales servidores de Felipe IV en el norte de Europa.

El cardenal-infante Fernando de Austria

Fernando de Austria, hermano de Felipe IV, había sido destinado a asumir el gobierno de los Países Bajos. Su llegada estaba ligada además a una operación militar de gran importancia. En 1634, el ejército hispano-imperial consiguió una importante victoria en Nördlingen frente a las fuerzas suecas y sus aliados protestantes.

El triunfo permitió reforzar temporalmente la posición de los Habsburgo y facilitó el avance del cardenal-infante hacia Bruselas. Moncada pasó entonces a colaborar estrechamente con Fernando de Austria. Pero le quedaba muy poco tiempo de vida.

Un valenciano retratado por Van Dyck

Durante sus años flamencos ocurrió algo que acabaría dando a Francisco de Moncada una segunda forma de inmortalidad.

Fue retratado por Anton van Dyck. El pintor flamenco era uno de los grandes retratistas europeos del siglo XVII. Había trabajado con Rubens y alcanzado una extraordinaria reputación internacional. El Museo del Prado señala que Van Dyck permaneció durante buena parte de 1634 y 1635 en Flandes, precisamente el periodo que coincide con los últimos años de Moncada. 

De aquel encuentro surgieron los célebres retratos del marqués. El más conocido lo representa a caballo, vestido con armadura y portando la bengala de mando. Representa el poder.

El caballo avanza mientras Moncada domina la composición desde una posición elevada. La armadura recuerda su condición militar; el porte aristocrático subraya su rango; la seguridad de la figura proyecta la imagen pública de un servidor de la Monarquía. Es propaganda política convertida en gran pintura.

El famoso «caballo de Moncada»

El retrato ecuestre terminó siendo conocido tradicionalmente como el caballo de Moncada. La obra constituye hoy una de las imágenes más reconocibles del personaje. Y resulta especialmente sugerente contemplarla sabiendo que no estamos ante un general imaginario creado por un artista.

Aquel hombre había pasado realmente años entre embajadas, campañas, negociaciones y gobiernos. Van Dyck no inventó su dimensión política y militar. La transformó en imagen.

El Museo del Prado conserva además un Francisco de Moncada, marqués de Aytona, realizado por el taller de Van Dyck después de 1634, muestra de la difusión que alcanzó la iconografía del noble valenciano. 

El escritor que nunca abandonó los libros

Sería fácil pensar que sus responsabilidades diplomáticas y militares acabaron definitivamente con su actividad intelectual. No fue así. Moncada continuó interesado por la historia y dejó distintos trabajos.

Además de la Expedición de los catalanes y aragoneses contra turcos y griegos, escribió sobre personajes y genealogías y se le atribuyen diversos textos históricos. Su prosa acabaría siendo reconocida por generaciones posteriores y su nombre llegó a figurar entre las autoridades utilizadas para documentar el uso histórico de la lengua castellana.

Su obra más perdurable, sin embargo, continuó siendo la dedicada a los almogávares. Hay algo especialmente atractivo en esa relación. Un militar del siglo XVII escribiendo sobre militares del XIV. Un diplomático mediterráneo reconstruyendo una expedición que había llevado a hombres de la Corona de Aragón hasta Constantinopla, Anatolia y Grecia. Un valenciano explicando una de las grandes aventuras protagonizadas siglos antes por catalanes y aragoneses en el Mediterráneo oriental.

1635: el último año

Francisco de Moncada no murió retirado en alguno de sus dominios. Murió en servicio. En 1635, mientras continuaba desempeñando responsabilidades en los Países Bajos, enfermó gravemente. La antigua semblanza sitúa su fallecimiento en Goch, en noviembre de aquel año, y atribuye la muerte a una afección pulmonar.

Tenía solamente 48 años. Su muerte interrumpió una carrera que todavía podía haber alcanzado responsabilidades mayores. Había pasado buena parte de su vida lejos de Valencia, pero nunca dejó de pertenecer a aquella red de familias valencianas y de la Corona de Aragón que ocuparon puestos importantes dentro de la Monarquía Hispánica.

Un personaje difícil de encerrar en una sola definición

¿Qué fue Francisco de Moncada? ¿Militar? Sí.

¿Diplomático? También.

¿Gobernante? Sin duda. ¿Historiador?

Igualmente. Esta acumulación de actividades puede resultar extraña desde nuestra perspectiva actual, pero no lo era tanto dentro de las élites políticas del siglo XVII.

Lo excepcional fue la altura que alcanzó en varias de ellas. No estamos simplemente ante un noble que escribió un libro para entretenerse. Su Expedición consiguió sobrevivir al tiempo.

Tampoco estamos ante un escritor que recibió algún cargo honorífico. Moncada participó directamente en algunos de los principales escenarios políticos y militares europeos. Esa doble dimensión es precisamente lo que lo distingue.

Valencia y una Europa sin fronteras sencillas

Su biografía sirve además para comprender que la historia valenciana nunca estuvo encerrada dentro de las actuales fronteras geográficas.

Un valenciano nacido a orillas del Mediterráneo podía terminar negociando en Viena. Gobernando en Bruselas. Combatiendo en Flandes. Relacionándose con las grandes casas europeas. Siendo retratado por Van Dyck. Y escribiendo sobre los almogávares que tres siglos antes habían llegado hasta Bizancio. La historia de Valencia también está hecha de esos caminos. Francisco de Moncada representa perfectamente aquella dimensión internacional.

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EL HOMBRE DETRÁS DEL RETRATO

Quizá la mejor manera de terminar sea regresar al cuadro de Van Dyck. Observamos al jinete. La armadura. El caballo. La bengala de mando. La elegancia calculada de la composición. Es fácil quedarse solamente con la imagen del aristócrata.

Pero detrás del retrato había un hombre que había dedicado años al estudio de la historia, que conocía el latín y la cultura clásica, que había reconstruido las campañas de los almogávares y que después tuvo que enfrentarse a problemas políticos y militares tan reales como aquellos que había estudiado en los libros.

Ese contraste hace especialmente atractivo a Francisco de Moncada. Fue historiador de guerras pasadas y protagonista de las guerras de su presente. Fue valenciano de nacimiento y europeo por trayectoria. Fue hombre de letras y hombre de armas. Y murió lejos de la ciudad donde había nacido, mientras todavía estaba al servicio de la Corona. Hoy su nombre no es tan conocido como debería fuera de los ámbitos especializados. Sin embargo, basta recorrer su biografía para comprender la dimensión del personaje.

Francisco de Moncada (Valencia, 1586–Goch, 1635) fue uno de aquellos valencianos cuya vida se escribió a escala europea.

Y entre un libro sobre los almogávares y un extraordinario retrato de Van Dyck quedó conservada para siempre la memoria de aquel marqués valenciano que pasó de estudiar la Historia a convertirse él mismo en parte de ella.

Pedro Fuentes Caballero
Académico de la Real Academia de Cultura Valenciana correspondiente por Dénia
Presidente de la Asociación Cultural Roc Chabàs de Dénia 
Agregado colaborador de la Sección de Cronistas Oficiales del Reino de la Real Acadèmia de Cultura Valenciana

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