Era el 19 de marzo. A las siete y cuarto de la mañana, cuando Valencia todavía parecía estar pensando si quería despertarse, Clara ya llevaba dos cafés y una preocupación que no le cabía en el pecho.
Desde la ventana de su habitación podía ver, al fondo de la calle, la punta de la torre de Santa Catalina. El cielo tenía ese color gris azulado de las mañanas de marzo, cuando el invierno se resiste a marcharse y la primavera todavía no se atreve a entrar.
Sobre la silla estaba preparado el traje.
La seda, perfectamente planchada. El corpiño. El delantal. Los zapatos. Los aderezos colocados dentro de su caja, esperando el momento de convertirse en luz.
Clara llevaba meses soñando con aquel día.
Era la Fallera Mayor de su comisión.
Y aquel mediodía, tras el pasacalle, tenía que hacer algo que jamás había imaginado que llegaría a hacer: encender la mecha de la última mascletà de la semana grande.
No era una mascletà cualquiera.
Era la que su comisión había organizado para celebrar los cincuenta años de la pirotecnia que había acompañado a la falla desde su fundación.
Cincuenta años.
Medio siglo de pólvora, humo, estruendo y memoria.
—¿Estás preparada?
La voz de su padre llegó desde el pasillo.
Clara miró su reflejo en el espejo antes de ir a la peluquería de su gran amigo a peinarse de fallera y maquillarse. No le daba tiempo de bajar a la despertà que tanto le gustaba. Pero asumía que no podía estar en todo este año tan especial.
—No.
Su padre sonrió.
—Perfecto. Entonces estás preparada.
Ella soltó una pequeña carcajada.
—Papá, no tiene gracia.
—Claro que la tiene. Si esperas a estar preparada para todo lo importante, no haces nada en la vida.
Aquella frase se la había repetido tantas veces que ya formaba parte de la familia.
Pero aquella mañana no conseguía tranquilizarla.
Porque había ocurrido algo.
Algo que nadie más sabía.
La historia había comenzado tres días antes, en el casal.
Clara había llegado temprano para revisar con la comisión los últimos detalles de la semana fallera. Había flores por todas partes, cajas de bebidas, programas, fotografías de años anteriores y, sobre una mesa, una pequeña caja de madera.
La caja pertenecía a Vicente.
Vicente tenía ochenta y dos años y había sido presidente de la falla durante siete ejercicios. Para Clara era mucho más que un miembro veterano de la comisión.
Era quien le había enseñado, desde niña, que una falla no era solamente un monumento.
—Una falla —le decía siempre— es lo que queda cuando celebramos la cremá el 19 de marzo por la noche.
Clara nunca había entendido aquella frase.
Hasta aquel día.
Vicente estaba sentado junto a la ventana cuando ella entró.
—¿Qué haces aquí tan temprano?
—Podría preguntarte lo mismo.
—Yo tengo ochenta y dos años. A mi edad uno ya no duerme. Tú todavía tienes excusa.
Clara se sentó frente a él recordando que era una de esas falleras que les gusta ir los 365 días del año al casal, es como su segunda casa… a veces su primera casa.
—¿Qué hay en esa caja?
Vicente bajó la mirada.
—Una historia.
—Eso no responde a mi pregunta.
—Es que algunas respuestas necesitan tiempo.
Abrió la caja.
Un secreto familiar entre pólvora y tradición
Dentro había fotografías antiguas, recortes de periódicos y una pequeña mecha enrollada dentro de una bolsa transparente.
Clara la miró con curiosidad.
—¿Eso qué es?
—La mecha de una mascletà.
—¿Guardas una mecha?
—Guardo muchas cosas que otros consideran basura.
Vicente sacó una fotografía.
Era en blanco y negro.
En ella aparecía un grupo de falleros delante de una falla que parecía diminuta comparada con las que Clara estaba acostumbrada a ver.
—Año 1976 —dijo él—. Primera mascletà de nuestra comisión.
Clara observó la imagen.
—¿Y qué tiene de especial?
Vicente señaló a un hombre joven que aparecía en un extremo.
—Ese era mi hermano.
Clara levantó la vista.
—Nunca me habías hablado de él.
—Porque no me gusta hablar de los muertos.
Hubo unos segundos de silencio.
—Murió aquel mismo año —continuó Vicente—. Un accidente.
Clara bajó los ojos.
—Lo siento.
Vicente volvió a guardar la fotografía.
—Por eso quiero pedirte una cosa.
—¿Qué?
El anciano cogió la bolsa con la mecha.
—Quiero que día 19 la lleves contigo.
Clara frunció el ceño.
—¿A la mascletà?
—Sí.
—¿Para qué?
Vicente sonrió.
—Eso tendrás que descubrirlo.
Llegó el día y Clara llegó al casal con la pequeña bolsa guardada en el bolso cumpliendo los deseos de Vicente.
Había pasado toda la noche pensando en ella.
Durante el montaje de la mascletà, preguntó discretamente a uno de los responsables de la pirotecnia si aquella mecha podía utilizarse pensando que era el objetivo de que Vicente se la hubiera dado.
El hombre la miró sorprendido.
—¿Esta?
—Sí.
—No.
—¿Por qué?
—Porque es antigua. Y porque no sabemos ni de dónde ha salido.
Clara respiró aliviada.
Pero entonces el hombre añadió:
—Aunque puedo ayudarte a descubrirlo.
Aquella frase cambió todo.
Durante las siguientes horas, Clara fue reconstruyendo una historia que llevaba cincuenta años enterrada.
Descubrió que aquella mecha pertenecía a la primera mascletà de la comisión.
Descubrió que el hombre de la fotografía había sido quien colocó el último tramo de pólvora.
Descubrió que aquel día, justo antes de comenzar el disparo, había ocurrido un problema.
Y descubrió algo más.
La mascletà nunca llegó a dispararse completa.
Había quedado interrumpida.
Por primera vez, Clara entendió las palabras de Vicente.
No quería que ella llevara la mecha por nostalgia.
Quería que cerrara una historia.
A la una y cincuenta y nueve del mediodía, la plaza estaba llena.
Falleros.
Vecinos.
Niños.
Turistas.
Ancianos que habían visto cientos de mascletàs en el barrio y seguían colocándose en el mismo lugar.
Clara estaba junto a la pirotécnica.
Su traje pesaba. Ya eran algunas horas que lo llevaba tras la misa de San José y el pasacalle posterior.
Los aderezos brillaban bajo el sol.
Y en el bolsillo llevaba aquella pequeña mecha.
Miró hacia el casal.
Vicente estaba allí.
Levantó una mano.
Clara sonrió.
Primero fueron los avisos.
A las dos en punto comenzó el disparo: “Señor pirotecnic, pot començar la mascletá” gritó con todas sus fuerzas Clara.
Comenzó con una traca valenciana como es típico según los cánones clásicos.
Silbadoras, roncadores, fuego de acompañamiento. Las retenciones.
Seco.
Preciso.
Creciente.
La plaza comenzó a vibrar.
Clara sintió la pólvora en el pecho.
No era solamente ruido.
Era memoria.
Cada explosión parecía contar algo.
Una boda.
Un nacimiento.
Una comisión que había desaparecido.
Otra que había nacido.
Un presidente que ya no estaba.
Una niña que había sido Fallera Mayor Infantil y ahora tenía una hija.
Un artista que había dejado las herramientas.
Una costurera que seguía cosiendo.
Una ciudad entera intentando recordar quién había sido.
El disparo llegaba a su apoteosis.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Un silencio.
Un pequeño fallo.
El terremoto no salió.
Durante un segundo eterno, nadie supo qué hacer. Volvió a suceder…
Clara miró al pirotécnico.
Él comprobó las conexiones.
Nada.
La mascletà había terminado.
Pero faltaba el último tramo.
Clara recordó la bolsa.
Sacó la vieja mecha.
El pirotécnico la miró.
—Eso no podemos utilizarlo.
Clara sonrió.
—No hace falta.
Se volvió hacia Vicente.
El anciano estaba llorando.
Entonces comprendió.
No tenía que encender aquella mecha.
Solo tenía que devolverla a quien había esperado cincuenta años para verla.
Clara cruzó la plaza.
Se acercó a Vicente y se la entregó.
—Ya está —dijo.
Él cerró la mano sobre la bolsa.
—No.
Clara lo miró.
Vicente señaló hacia el cielo.
—Ahora sí.
Como si hubiera entendido sus palabras, el pirotécnico hizo una señal.
Y, de repente, el terremoto retumbó sobre la plaza rematando el bombardeo aéreo que culminó la obra de arte.
Seco.
Perfecto.
Con los dos “trons d’avis” que indicaban el final de la mascletá la gente aplaudió.
Clara cerró los ojos.
Vicente también.
Y durante unos segundos nadie dijo nada.
Porque todos entendieron que aquel último disparo no era para celebrar una mascletà.
Era para despedir una historia.
Cuando Clara regresó a casa su padre le preguntó:
—¿Cómo te has sentido?
Ella dejó el mantón sobre una silla.
—Ha sido perfecto.
—¿Y la mecha?
Clara sonrió.
—Se la devolví a Vicente.
Su padre asintió.
—Entonces has entendido.
—¿El qué?
Él se acercó al traje y acarició suavemente una de las mangas.
—Que ser Fallera Mayor no consiste en estar delante de la falla.
Clara lo miró.
—¿Entonces?
—Consiste en estar delante de la memoria.
Ella no respondió.
Se quedó mirando por la ventana.
A lo lejos todavía podía escucharse algún petardo.
Valencia seguía de fiesta.
Y Clara comprendió por fin aquella frase que Vicente le había dicho tantas veces:
Una falla no es solamente lo que arde.
Es todo aquello que permanece cuando el fuego se apaga.



















