Nuestros personajes valencianos: Jorge Juan y Santacilia. Por Pedro Fuentes

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PorPedro Fuentes Caballero

octubre 4, 2026
  • El marino y científico valenciano que midió la Tierra modernizó la Armada y llevó la ciencia española a la Europa de la Ilustración

Hay vidas que parecen demasiado extensas para caber dentro de una sola biografía. La de Jorge Juan y Santacilia es una de ellas. Marino, matemático, astrónomo, geodesta, ingeniero naval, diplomático, profesor y reformador científico, fue uno de los personajes españoles más sobresalientes del siglo XVIII. Sus contemporáneos terminaron conociéndolo con un sobrenombre que resume el respeto intelectual que llegó a despertar: «el Sabio Español». La Armada lo presenta como científico, matemático, ingeniero, pensador, marino y hombre de Estado, y recuerda que llegó a pertenecer a importantes corporaciones científicas europeas. 

Pero antes de convertirse en una figura europea hubo un muchacho valenciano cuya vida comenzó el 5 de enero de 1713.

De Novelda al Mediterráneo

Jorge Juan nació en una propiedad familiar situada en el término de Novelda, en tierras alicantinas. La documentación y las biografías modernas sitúan allí su nacimiento, aunque su vinculación familiar y bautismal con la cercana localidad de Monforte explica algunas antiguas controversias sobre su lugar de origen. La Real Academia de la Historia confirma la fecha del 5 de enero de 1713, mientras que la Armada lo identifica igualmente como natural de Novelda. 

Era hijo de Bernardo Juan y Canicia y de Violante Santacilia y Soler. La muerte de su padre cuando Jorge era todavía muy pequeño alteró profundamente aquella infancia. Sus familiares se ocuparon de su educación y el muchacho pasó por Alicante y posteriormente por Zaragoza. 

Su destino, sin embargo, iba a conducirlo muy pronto mucho más lejos. A los doce años marchó a Malta, donde estuvo vinculado a la Orden de San Juan de Jerusalén, sirvió como paje del gran maestre y acabaría siendo caballero de la Orden. Aquella estancia lo puso en contacto con un Mediterráneo que todavía era escenario de navegación, comercio, guerra y corso. 

Resulta fácil comprender hasta qué punto aquella experiencia pudo ensanchar el horizonte de un adolescente procedente de tierras valencianas. El mar ya no era simplemente aquello que se contemplaba desde la costa. Iba a convertirse en su profesión.

Un joven al que llamaban «Euclides»

En 1729 regresó a España para iniciar su formación en Cádiz y entró en la Real Compañía de Guardias Marinas. Allí encontró un ambiente particularmente apropiado para sus capacidades. Matemáticas, astronomía, navegación, cosmografía y otras ciencias necesarias para gobernar un navío formaban parte de la preparación de los futuros oficiales. 

Jorge Juan destacó especialmente en las disciplinas matemáticas. Hasta tal punto que sus compañeros terminaron llamándolo afectuosamente «Euclides», comparándolo con el gran matemático de la Antigüedad. Pero aquella formación no transcurría únicamente entre libros.

El futuro oficial realizó navegaciones por el Mediterráneo y participó en operaciones navales, incluida la expedición de Orán de 1732. La combinación entre matemáticas y experiencia práctica que caracterizaría posteriormente toda su obra empezaba ya a manifestarse. Y entonces apareció la oportunidad que cambiaría completamente su vida.

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Una pregunta gigantesca: ¿qué forma tenía realmente la Tierra?

Puede parecer extraño al lector actual, pero en las primeras décadas del siglo XVIII seguía existiendo una importante controversia científica sobre la forma exacta de nuestro planeta.

Las teorías derivadas de Newton indicaban que la Tierra debía estar achatada por los polos debido a su rotación. Determinarlo experimentalmente exigía comparar mediciones realizadas en diferentes latitudes. La Academia de Ciencias de París organizó expediciones científicas para resolver la cuestión.

Una debía trabajar cerca del círculo polar. Otra tendría que desplazarse hasta las proximidades del ecuador. España autorizó la expedición a sus territorios americanos y decidió incorporar dos oficiales españoles al grupo francés. Los elegidos fueron Jorge Juan y Antonio de Ulloa. Juan apenas superaba los veinte años. En 1735 partieron hacia América. 

Midiendo el planeta entre los Andes

Lo que podía parecer una expedición científica relativamente convencional terminó convirtiéndose en una extraordinaria aventura humana e intelectual. El grupo atravesó territorios del actual Ecuador y realizó mediciones geodésicas y observaciones astronómicas en condiciones dificilísimas.

Había que establecer enormes cadenas de triangulación. Transportar instrumentos delicados. Ascender por montañas. Realizar cálculos con enorme precisión. Repetir observaciones cuando aparecía la más mínima duda. Y trabajar en determinados momentos a alturas cercanas a los 5.000 metros. 

Jorge Juan convivió allí con algunos de los científicos europeos más destacados de aquella empresa, entre ellos Louis Godin, Pierre Bouguer y Charles Marie de La Condamine. Aquellos años fueron, en cierto sentido, una segunda universidad para él.

Aprendió nuevas técnicas de observación, perfeccionó sus conocimientos matemáticos y adquirió una experiencia científica extraordinaria.  La misión se prolongó durante años las fuentes pueden contabilizar de manera ligeramente distinta la duración según qué momentos de la comisión se incluyan y permitió aportar evidencia decisiva sobre la verdadera figura de la Tierra: el planeta está achatado por los polos. Jorge Juan había salido de España como un joven oficial. Regresaba convertido en científico.

Ciencia, pero también conocimiento de América

Jorge Juan y Antonio de Ulloa no se limitaron a medir ángulos y distancias. Durante su estancia americana levantaron planos, realizaron observaciones astronómicas, estudiaron geografía y recopilaron abundante información sobre los territorios de la Monarquía Hispánica.

A su regreso prepararon además documentación reservada para la Corona sobre problemas administrativos, sociales y militares de aquellos territorios.  La experiencia americana dio lugar a publicaciones fundamentales y situó a ambos marinos dentro de las redes científicas internacionales de su tiempo. Pero Jorge Juan todavía estaba lejos de completar su carrera. Le esperaba una misión completamente diferente.

Londres: ciencia, espionaje industrial y construcción naval

En 1749, el marqués de la Ensenada envió a Jorge Juan a Gran Bretaña. La misión tenía un componente científico y técnico, pero también uno reservado: España quería conocer de primera mano los métodos británicos de construcción naval y atraer especialistas capaces de colaborar en la modernización de sus arsenales.

Jorge Juan pasó cerca de dos años en Inglaterra estudiando técnicas, observando instalaciones y estableciendo contactos.  No se limitó, sin embargo, a copiar lo que veía. A su regreso utilizó esos conocimientos, junto con sus propios estudios matemáticos y físicos, para desarrollar mejoras adaptadas a las necesidades de la Armada española.

Su concepción de la construcción naval buscaba algo que hoy consideraríamos elemental en ingeniería, pero que entonces representaba un enorme avance: construir barcos apoyándose cada vez más en principios científicos, cálculos y diseños sistemáticos, y no únicamente en conocimientos artesanales transmitidos por experiencia.

La Armada considera precisamente esta aportación una de sus grandes obras y destaca que el denominado sistema de Jorge Juan permitió mejorar los planos, racionalizar la construcción y aprovechar mejor los materiales. 

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Ferrol, Cartagena y Cádiz

Su actividad se extendió a algunos de los grandes arsenales españoles. Intervino en los proyectos de modernización naval relacionados con Ferrol, Cartagena y Cádiz. Incluso conservamos documentación de 1750 en la que, por orden real transmitida por el marqués de la Ensenada, se le encargaba colaborar con el ingeniero Sebastián Feringán en las obras del Arsenal de Cartagena. 

Aquí conviene corregir ligeramente el texto biográfico antiguo de nuestra lámina. Jorge Juan fue una figura decisiva en la renovación técnica de estos arsenales y de la construcción naval española, pero atribuirle simplemente la «construcción» de los arsenales sería demasiado rotundo: fueron proyectos enormes en los que participaron numerosos ingenieros, técnicos, autoridades y trabajadores durante largos periodos.

Su importancia no necesita exageraciones. Lo verdaderamente extraordinario es que aquel científico que había medido la Tierra en los Andes estaba aplicando ahora las matemáticas y la física a la construcción de barcos y arsenales.

El observatorio que nació para enseñar a navegar

En 1751 fue nombrado capitán de la Compañía de Guardias Marinas de Cádiz. Jorge Juan entendía perfectamente que modernizar una Armada no consistía únicamente en construir mejores barcos. Había que formar mejores marinos. Impulsó una enseñanza científica avanzada y promovió la creación de un observatorio astronómico vinculado a la formación naval. El proyecto comenzó a materializarse en 1753 en Cádiz y constituye el origen del actual Real Instituto y Observatorio de la Armada, posteriormente trasladado a San Fernando. 

Astronomía y navegación estaban íntimamente relacionadas. Para conocer la posición de un barco en mitad del océano había que observar el cielo. Por eso un observatorio no era para Jorge Juan un lujo académico. Era una herramienta fundamental para formar marinos. También promovió reuniones y círculos científicos como la Asamblea Amistosa Literaria, reflejo de su deseo de crear espacios donde distintas ramas del conocimiento pudieran encontrarse. 

Un valenciano dentro de la ciencia europea

La reputación de Jorge Juan terminó desbordando las fronteras españolas. Fue reconocido por algunas de las principales instituciones científicas europeas y mantuvo relación con el mundo académico internacional. La Armada recuerda su vinculación con instituciones científicas de París, Berlín, Estocolmo y Londres.  Este aspecto resulta especialmente importante para comprender al personaje. Jorge Juan pertenecía plenamente a la Ilustración europea.

La ciencia del siglo XVIII funcionaba cada vez más mediante correspondencia, academias, expediciones, intercambio de observaciones y circulación internacional de libros e instrumentos. Un científico podía servir a su monarquía y, simultáneamente, participar en una comunidad intelectual que atravesaba fronteras. Jorge Juan hizo ambas cosas.

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Marruecos: el científico convertido en diplomático

Su vida todavía tendría otro capítulo. En 1767 Carlos III lo envió a Marruecos en una misión diplomática ante el sultán Mohammed ben Abdallah. Era una tarea muy diferente de medir meridianos o diseñar navíos, pero requería algunas de las mismas cualidades: capacidad de observación, paciencia, negociación y conocimiento técnico.

La misión contribuyó a encauzar las relaciones entre ambas monarquías, y Jorge Juan volvió a demostrar que su utilidad para el Estado iba mucho más allá de la cubierta de un barco o de una mesa llena de cálculos. Durante sus últimos años continuó siendo consultado sobre asuntos científicos y técnicos y ejerció como director del Real Seminario de Nobles de Madrid. La Armada resume esta última etapa recordando tanto su actividad diplomática en Marruecos como su asesoramiento a distintos órganos de la Monarquía. 

El hombre que quiso explicar matemáticamente un barco

Jorge Juan dejó una considerable producción científica. Entre sus obras destacan las relacionadas con la expedición americana, la astronomía, la navegación y, especialmente, la construcción naval. Su gran tratado Examen marítimo teórico-práctico, publicado en 1771, representa la madurez de su pensamiento científico aplicado a la navegación y a la arquitectura naval.

En sus páginas se encontraba la idea que había recorrido prácticamente toda su vida: la experiencia era indispensable, pero debía dialogar con las matemáticas. Un barco no era solamente madera, velas y habilidad artesanal.

Era también equilibrio. Resistencia. Peso. Fluidos. Geometría. Fuerzas. Movimiento. La construcción naval podía estudiarse científicamente. Y esa manera de pensar ayuda a comprender por qué Jorge Juan ocupa un lugar tan importante dentro de la ciencia española de la Ilustración.

Una precisión necesaria sobre la Casa de la Moneda

La antigua biografía de la imagen afirma que, tras ser nombrado ministro de la Junta Real de Comercio y Moneda en 1754, podría considerársele «fundador de la Casa de la Moneda». Yo no mantendría esa afirmación en nuestro artículo.

La fabricación de moneda y las casas de moneda españolas existían desde muchísimo antes de Jorge Juan. Su participación en organismos relacionados con Comercio y Moneda pertenece a su extensa actividad administrativa y técnica, pero denominarlo sin más «fundador de la Casa de la Moneda» induce al lector actual a una conclusión históricamente engañosa. Este es precisamente uno de esos casos en los que nuestra fuente antigua resulta útil, pero debemos corregirla en lugar de reproducirla.

21 de junio de 1773

Jorge Juan murió en Madrid el 21 de junio de 1773, a los sesenta años. La fecha está confirmada tanto por la Real Academia de la Historia como por la Armada.  Había recorrido una distancia extraordinaria desde aquella casa de campo de Novelda donde había nacido sesenta años antes.

Malta. Cádiz. El Mediterráneo. Cartagena de Indias. Guayaquil. Quito. Los Andes. Londres. Ferrol. Cartagena. Cádiz. Marruecos. Madrid. Pero quizá su verdadero viaje fue otro. El que llevó a un muchacho valenciano del primer tercio del siglo XVIII hasta algunos de los grandes problemas científicos de su tiempo.

El legado del «Sabio Español»

Jorge Juan pertenece a esa generación de ilustrados que intentó demostrar que modernizar un país exigía algo más que buenas intenciones.

Hacían falta escuelas. Observatorios. Ingenieros. Instrumentos. Matemáticas. Experimentos. Libros. Barcos mejor diseñados. Y personas preparadas para cuestionar procedimientos antiguos cuando la ciencia ofrecía otros mejores.

Por eso reducirlo únicamente a «marino» sería quedarse muy corto. Fue marino, naturalmente. Pero también fue uno de los grandes intermediarios entre la ciencia europea y la renovación científica y naval española del siglo XVIII. Y existe algo particularmente hermoso en su biografía.

Cuando tenía poco más de veinte años cruzó el Atlántico para ayudar a responder una pregunta gigantesca: ¿cuál era la verdadera forma de la Tierra? Décadas después había dedicado prácticamente toda su vida a otra pregunta no menos difícil:

¿cómo podía utilizarse el conocimiento para transformar el mundo real?

Desde los Andes hasta los arsenales, desde un telescopio en Cádiz hasta una mesa de negociación en Marruecos, Jorge Juan buscó la respuesta mediante observaciones, números y experiencia. Aquel muchacho nacido en tierras valencianas en 1713 terminó siendo conocido en Europa como el Sabio Español. Y pocas veces un sobrenombre estuvo mejor ganado. 

Pedro Fuentes Caballero
Académico de la Real Academia de Cultura Valenciana correspondiente por Dénia
Presidente de la Asociación Cultural Roc Chabàs de Dénia
Agregado colaborador de la Sección de Cronistas Oficiales del Reino de la Real Acadèmia de Cultura Valenciana

 

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