La insoportable levedad de la mentira

PorFernando Navarro

agosto 23, 2026

Según el escritor gallego Javier Peña, una de las principales elecciones de un escritor es decidir quién va a narrar el relato. El narrador debe ser un elemento fundamental al que se le exige una voz clara, potente, hipnótica, que se imponga a las demás.

La escritura debe ser directa, lógica, con una métrica exacta y un texto coherente que no contenga divagaciones innecesarias, ni exceso de frases subordinadas que puedan desviar la atención hacia aspectos menos relevantes.

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El pensamiento debe ser inquietante, preciso, inteligente, y no debe necesitar describir situaciones para poder comprenderlas. El eco del viento, el susurro del miedo, la soledad del desierto, las llamas de un incendio o el sigilo de los cementerios son tan poderosos que no precisan comentarios aclaradores.

Decía Chéjov que los males de los escritores son la curiosidad y la sensibilidad; quieren vivir varias vidas a la vez y experimentar las vivencias de otros. Su afirmación fue claramente insuficiente al omitir dos de los venenos más habituales de los novelistas: la envidia y la mentira.

Es cierto que los escritores suelen tener la sensibilidad más acentuada y que perciben las adversidades con mayor intensidad que los demás: el frío, el calor, la tristeza, la alegría, el dolor o las letales heridas del amor, las sientencon una virulencia exagerada.

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Suelen ser mentirosos, mentirosos compulsivos, tan mentirosos que mienten incluso cuando no tienen necesidad de hacerlo. Viven en un mundo fantasioso, donde todo es falso, como sus amigos y como ellos mismos, ya que ni siquiera se creen lo que dicen. Es un mundo de traidores donde todos son sospechosos y nadie se fía de nadie. Son capaces de recurrir a los métodos más execrables con tal de dominar a su adversario, y poder contemplar, con ojos vidriosos, el cortejo fúnebre de sus enemigos camino del cementerio.

El escritor gallego insiste en que quien no sea un gran embustero no puede escribir una novela, aun así, el aspecto más deleznable de la mentira es cuando se utiliza en beneficio propio.

Charles Bukowski era un tipo de contradicciones escandalosas, con un rechazo fóbico a un pasado del que, sin embargo, se sentía orgulloso. Le provocaba nauseas retroceder a la adolescencia o a la infancia por temor a revivir escenas que le provocaban miedo, asco u odio. Le ocurría especialmente durante las noches, en las que se le aparecían rufianes de la peor calaña, de los que se había jurado vengarse. “No descansaré hasta verlos muertos” -se repetía constantemente.

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Era considerado un «poeta maldito», un escritor subterráneo que representó al submundo de los desclasados, marginales y alcohólicos. Se divertía regodeándose en las inmundicias más inconfesables relacionadas con el sexo, el alcohol, las mujeres o la prostitución, cuyos protagonistas eran pordioseros, disconformes, borrachos, apostadores, mujeriegos, misántropos o viciosos.

Para Bukowski escribir era un vómito necesario, algo lógico tratándose de un alcohólico e indecente, como se autocalificaba él mismo.

Era de esa clase de tipos que cuando alguien acudía a élpara pedirle consejo le soltaba en la cara: “Retírate… no lo intentes, muérete”. No se puede esperar nada mejor de quien quiere que le metan en la cárcel para ver a sus amigos y de quien define la vida como “problemas”.

Fui al peor de los antros esperando que me mataran, pero seguí vivo y decidí emborracharme”.

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Afirma que las personas sin moral se consideran más libres, pero al mismo tiempo estaba convencido de que quienes creen en Dios ya tienen las preguntas más importantes contestadas, mientras que los ateos y agnósticos seguirán vagando eternamente en el infierno con las mismas dudas de siempre.

Todos los escritores son mentirosos por naturaleza, Joyce también lo era, lo decía su mujer. Sin embargo, tenía una memoria privilegiada. Padecía una grave lesión en los ojos que le obligó a operarse en varias ocasiones y como compensación de esa deficiente visión disponía de una gran retentiva.

Contaba Sylvia Beach, la editora de Ulyses que, después de una sus intervenciones, fue a visitarle a su casa de París, donde lo encontró en la cama con una venda tapándole los ojos. Joyce le pidió que le leyera “la dama del lago” ¿Qué parte? -dijo la librera. La que quieras -contestó Joyce. Sylvia abrió el libro por una página al azar y comenzó a leer; a continuación, siguió Joyce narrando desde esa misma línea, la página entera, la siguiente y varias más, sin cometer un solo error.

Algo más grave le ocurría a Funes, el personaje de Borges; recordaba tantas cosas que le resultaba imposible crear algo propio.

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Tolstoi, además dementir era envidioso. Envidiaba a Dostoievski, sin embargo, antes de morir quiso leer “Los hermanos Karamazov”, una obra que había dejado a medias veinte años atrás.

Stephen King afirmó en una entrevista que escribía todos los días excepto el día de Navidad, el 4 de julio, y el día de su cumpleaños. Más tarde confesó que había mentido, escribía todos los días. Yo he venido a este mundo a escribir.

La vida de los escritores suele ser más interesante que sus novelas, porque en ellas cuentan lo que han visto o vivido. Inventar es muy difícil, pero modificar la realidad es más sencillo y menos laborioso.

Comentaba Fernando Pessoa que mientras esperaba sentado en un café de Lisboa, escuchó a un hombre que narraba con horror las muertes y desgracias de su familia. Cuando decidió marcharse, se levantó, vació la copa de un trago y dijo: en fin, así es la vida, pero yo no estoy de acuerdo.

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Pessoa consideraba a los escritores unos inadaptados, pero le fascinó la capacidad de aquel hombre para resumir con un brindis la filosofía del escritor.

Los periodistas y escritores tienen el don de captar más imágenes de un mismo paisaje que el resto de las personas. Ese poder de observación, unido a la habilidad de trasformar la realidad, les permite crear mundos y personajes imaginarios con sus intrigas, maldades y deslealtades.

El escritor no da nada por sentado, ni siquiera aquello que la mayoría de las personas consideramos obvio; y esa inquietud por descubrir algo inédito lo lleva a razonar y a buscar respuestas a situaciones que los demás consideran evidentes.

El 14 de febrero de 1989 el ayatolá Jomeini hizo pública la condena a muerte del autor de “Versos satánicos” e instó a los musulmanes de todo el mundo a que lo mataran. Ese día Salman Rushdie acudió al funeral de un amigo, al que asistió la plana mayor de la literatura británica. Fue la última vez que se le vio en público, antes de que se encerrara en su escondrijo. Al terminar la ceremonia se le acercó Martin Amis y le dio un emotivo abrazo. Estoy muy preocupado por ti -le dijo. Yo también lo estoy -contestó Rushdie.

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Desde uno de los asientos traseros se escuchó la voz de Paul Theroux, autor de “la costa de los mosquitos”, que le decía: ¿Qué, Salman? Entonces ¿la semana que viene volvemos aquí por ti?

Theroux podía escribir grandes obras llenas de fabulas, pero era incapaz de decir una mentira piadosa en el momento más trágico de un amigo.

Evidentemente era un maleducado y si era incapaz de decir cosas agradables, lo mejor que podía hacer era callarse.

Hemingway dijo al respecto: si sabes lo suficiente y eres disciplinado puedes hacer que las mentiras suenen mejor que las verdades. A eso Martha Gellhorn le llamaba “genialidades”, sin embargo, harta de “tantas genialidades” acabó separándose de él.

Es sabido que uno de los mayores mentirosos en lengua castellana era el autor de “Pedro Paramo”, Juan Rulfo.Se lo confesó a su mujer, Clara Aparicio, días antes de su boda: “soy un tantito mentirosito”. Hasta en eso mintió, porque era mucho más que un tantito mentirosito.

Clara estaba preocupada por sus excesos con la bebida, sobre todo porque lo veía borracho, incluso sin salir de casa, cuando ella mantenía bajo llave todas las botellas.

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Más tarde descubrió que el vecino de arriba se las bajaba con una cuerda hasta la ventana del cuarto de baño y una vez vacías las devolvía al cordel. Un amigo llegó a calificar eso que Rulfo denominaba “purititas mentiras” como simples metamorfosis de la realidad.

Los españoles empezamos a tener conciencia de esa metamorfosis de la realidad ya que, desde tiempos inmemoriales, los educadores se han esforzado en inculcarnos que mentir es una actitud propia de traidores y de bandoleros.

La envidia y la soberbia forman parte de los siete pecados capitales de la religión católica. En el Purgatorio de Dante ya se castigaba a los envidiosos cosiéndoles los ojospor haber tenido el placer de ver a otros en el infierno.

Unamuno relata en “Abel Sánchez” la envidia entre dos grandes amigos:Abel Sánchez y Joaquín Monegro. Sartre y Camús se odiaban mutuamente y mantuvieron su enemistad hasta la tumba.

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A la escritora italiana Elsa Morante se le preguntó en una entrevista si su literatura había mejorado tras casarse con Alberto Moravia. Elsa, un tanto molesta le respondió ¿Por qué no hace la pregunta al revés? Elsa escribía por las mañanas y Alberto por las tardes. Se veían a la hora de la cena y la pasaban discutiendo. El día del funeral de Elsa, Alberto se sentó en uno de los asientos traseros, para poder salir el primero. A pesar de que llevaban años separados Alberto iba a visitarla todos los días, desde que enfermó hasta su fallecimiento.

Si al pensamiento analítico de los autores le añadimos la particular genialidad de cada uno, podemos encontrar relatos tan amenos como “El último encuentro” de Sandor Marai, tan profundos como “El lobo estepario” de Hermann Hesse, Tan misteriosos e intrigantes como “Las gafas del señorCagliostro” de Stephen Keller, tan agudos e irónicos como “Dos crímenes” de Ibargüengoitia o tan imprescindibles como “El mundo de ayer. Memorias de un europeo” de Sefan Sweig.

Al fin y al cabo, la vida de los escritures se reduce a contar historias y contarlas bien, sin embargo, se sienten unos fracasados si no encuentra lectores para sus obras.

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La literatura es una magia que trasciende situaciones reales e imaginarias, sin importar que sean verdad o mentira.

“La literatura no empezó cuando una joven entró gritando en su casa ¡socorro!, amenazada por un criminal que la perseguía. La literatura empezó cuando la joven entró gritando “¡socorro!” sin un criminal que intentara matarla.

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