Hay promesas que envejecen mal. La de Gabriel Rufián no envejece: se estira. En diciembre de 2015 prometió que no seguiría «ni un día más de los dieciocho meses» que marcaba la hoja de ruta del procés.
Iba a Madrid a proclamar la República Catalana y a volver a casa con la maleta hecha. Diez años después sigue en su escaño, y aquellos dieciocho meses le habrán rentado cerca de un millón de euros entre sueldo, portavocía y dietas.
Su primera línea roja —su propia fecha de caducidad— fue también la primera que borró. Desde entonces ha perfeccionado el oficio, porque lo suyo con las líneas rojas no es incoherencia: es ingeniería. Las dibuja con solemnidad, en rojo intenso, para que la militancia crea que esta vez sí, que hay dignidad y hay límite. Y luego, cuando la realidad se acerca a la raya, la raya se aparta sola. El último ejemplo es de manual.
Cuando estallaron las sospechas de financiación ilegal del PSOE y la UCO entró en la sede de Ferraz, Rufián proclamó su línea roja con voz firme: si se demostraba, ERC pediría elecciones. Sonaba contundente. Duró lo que tarda en avanzar un sumario.
Preguntado por los detalles, la raya empezó a retroceder sola: ya no bastaría una imputación del partido; tampoco la apertura de juicio oral; haría falta —dijo— una sentencia firme. Es decir, un punto tan lejano en el calendario que, con suerte, no llegará antes de que se agote la legislatura y el problema se disuelva solo. La línea roja se convirtió, sin despeinarse, en una goma elástica que se alarga justo lo necesario para no cruzarla jamás.
Y como el fondo resultaba demasiado incómodo, Rufián hizo lo que mejor sabe: envolverlo en un chiste. Que si las cloacas del PP eran más «profesionales» y las del PSOE más «cutres». Que a él no le hagan elegir «entre corruptos cutres y corruptos premium». Frases redondas, aplauso en redes, y de paso el asunto degradado a número de humor.
Puro paripe: la indignación convertida en monólogo y la coherencia aplazada hasta nuevo aviso. Ahí reside la ironía deliciosa. Rufián ha hecho carrera como el gran desenmascarador ajeno, el francotirador del tuit que deja al adversario sin réplica, el juez implacable de la hipocresía de los demás.
La única hipocresía que su radar nunca detecta es la que tiene enfrente cuando se afeita. Es capaz de fulminar la incoherencia de un ministro en dieciocho segundos, pero lleva dieciocho meses —perdón, diez años— sin encontrar el momento de cumplir su propia palabra.
Porque, en su gramática particular, la línea roja nunca ha sido un límite. Es atrezzo. Se pinta para ser cruzada, y siempre en la misma dirección: la de seguir sosteniendo a Pedro Sánchez y, de camino, el escaño. Ese, ese sí, inamovible.
Mientras tanto, la República Catalana por la que iba a inmolarse en año y medio ni está ni se la espera, su propio partido lo observa con recelo, y Rufián ya busca horizonte nuevo: liderar un gran frente de izquierdas para toda España.
De volver a Cataluña en dieciocho meses a querer refundar la izquierda española una década después. No se puede decir que le falte ambición; solo memoria. Al final habrá que reconocerle una virtud. De todas sus líneas rojas, hay una que no ha movido ni un milímetro en diez años, que cumple con una constancia digna de mejor causa: la de no marcharse jamás.
Sigue más noticias de Actualidad en Ecos de Valencia.
















