En una época en la que el saber comenzaba a abrirse paso entre inercias, dogmas y estructuras rígidas, surgió en tierras valencianas una figura que, con discreción, rigor y una extraordinaria capacidad intelectual, marcaría un antes y un después en la historia cultural de España. Ese hombre fue Gregorio Mayáns y Siscar, uno de los grandes humanistas del siglo XVIII y, sin duda, uno de los valencianos más influyentes de su tiempo.
Nacido en la villa de Oliva el 9 de mayo de 1699, en el seno de una familia noble profundamente arraigada en la tradición valenciana, Mayáns creció en un ambiente donde el conocimiento no era un lujo, sino una vocación. Desde muy joven destacó por una inteligencia precoz y una insaciable curiosidad intelectual que marcarían el rumbo de toda su vida.
Su formación comenzó en Barcelona, ciudad a la que se trasladó junto a su familia siendo apenas un niño. Allí entró en contacto con los estudios de Gramática, Literatura y Humanidades, disciplinas que dominaría con una facilidad sorprendente. Años más tarde, ya en Valencia, continuó su formación universitaria en Filosofía y Derecho, consolidando una base académica que pronto le abriría las puertas de los círculos intelectuales más exigentes.
Pero Mayáns no era un hombre conformista. Su sed de conocimiento le llevó en 1719 a Salamanca, uno de los grandes centros del saber en la España de la época. Allí profundizó en Teología y Derecho Canónico, obteniendo su licenciatura en 1722. Aquella etapa fue decisiva, no solo por su formación, sino por el contacto con corrientes intelectuales que alimentarían su espíritu crítico.
A su regreso a Valencia, su talento no pasó desapercibido. Se doctoró en Leyes y, tras superar las correspondientes oposiciones, fue nombrado catedrático del Código Justiniano en 1723. Su prestigio crecía de forma imparable. Era ya reconocido como uno de los juristas más sólidos y uno de los intelectuales más prometedores de su generación.
Ese reconocimiento le llevó a la corte. En 1733, el rey Felipe V lo nombró bibliotecario real, un cargo de enorme relevancia que lo situaba en el corazón del poder cultural de la monarquía. Sin embargo, lejos de acomodarse en los privilegios del cargo, Mayáns se encontró con un entorno plagado de intrigas, intereses y tensiones políticas.
Hombre de principios firmes y carácter independiente, no tardó en chocar con determinadas dinámicas de la corte. Sus convicciones, alejadas de servilismos y oportunismos, le llevaron finalmente a presentar su dimisión en 1740. Aquella decisión, lejos de suponer un retroceso, marcaría el inicio de la etapa más fructífera de su vida.
Ese mismo año contrajo matrimonio con Margarita Pascual, con quien formó una familia numerosa. Pero ni las responsabilidades familiares ni el retiro de la vida pública frenaron su actividad intelectual. Al contrario, fue en ese periodo cuando Mayáns desplegó toda la amplitud de su talento.
Su producción escrita es vasta, rigurosa y profundamente influyente. Se adentró en campos tan diversos como la historia, la filología, el derecho y la filosofía. Entre sus obras destacan estudios fundamentales sobre los orígenes de la lengua española, ensayos críticos sobre la historiografía tradicional y tratados jurídicos que reflejan su sólida formación.
Mayáns fue, ante todo, un hombre libre en su pensamiento. No se dejó arrastrar por modas ni por corrientes dominantes. Su obra refleja una constante búsqueda de la verdad, una voluntad de depurar errores históricos y una firme defensa del rigor intelectual. Esa independencia le valió tanto admiración como críticas, en un tiempo en el que cuestionar lo establecido no era tarea fácil.
Su influencia traspasó fronteras. Mantuvo correspondencia con algunas de las figuras más relevantes del pensamiento europeo, como Feijoo, el conde de Aranda o el propio Voltaire. Este reconocimiento internacional confirma la dimensión de un intelectual que, desde Valencia, dialogaba con Europa.
En 1742 dio un paso decisivo en la vida cultural valenciana al fundar la Academia Valenciana, junto a otros eruditos como el doctor Sales y Pascual Escrivá. Aquella institución tenía como objetivo preservar, estudiar y difundir el patrimonio cultural valenciano, convirtiéndose en un referente en la defensa de la identidad intelectual del territorio.
Con el paso de los años, llegaron también los reconocimientos oficiales. En 1768 fue nombrado alcalde honorario de la Real Casa y Corte, y posteriormente académico de la Real Academia de Nobles Artes de San Carlos. Además, participó en la creación de la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Valencia, una de las grandes instituciones ilustradas del siglo XVIII.
Gregorio Mayáns y Siscar falleció en Valencia el 21 de diciembre de 1781, cerrando una vida dedicada al estudio, al pensamiento y al compromiso con la cultura.
Pero su legado no terminó con su muerte. Muy al contrario, su figura ha perdurado como símbolo de rigor, independencia y amor por el conocimiento. En una época marcada por las tensiones entre tradición y modernidad, Mayáns supo situarse en un punto de equilibrio: respetuoso con el pasado, pero valiente en la crítica; arraigado en su tierra, pero abierto al mundo.
Hoy, su nombre sigue siendo sinónimo de excelencia intelectual. Calles, instituciones y estudios recuerdan a este valenciano universal que supo pensar por sí mismo en tiempos en los que eso exigía coraje.
Porque si algo define a Gregorio Mayáns y Siscar no es solo su erudición, sino su actitud ante la vida: la de un hombre que entendió que el conocimiento no es poder, sino responsabilidad.
Y en esa responsabilidad, construyó una obra que aún hoy nos interpela.
Pedro Fuentes Caballero
Académico de la Real Academia de Cultura Valenciana correspondiente por Dénia
Presidente de la Asociación Cultural Roc Chabàs de Dénia






