Un país que volvió a abrazarse bajo la misma bandera

PorPepe Herrero

julio 20, 2026

Hay victorias que se celebran y victorias que permanecen. La segunda estrella conquistada por España en Nueva York pertenece a la segunda categoría. No solo porque el equipo de Luis de la Fuente haya derrotado a la vigente campeona del mundo o porque Ferran Torres escribiera con su gol una página imborrable del deporte español. Lo que ha dejado este Mundial es algo mucho más profundo: la sensación de que, durante unas horas, millones de personas volvieron a sentirse parte de un mismo relato.

Las imágenes hablan por sí solas. Plazas abarrotadas, familias enteras abrazándose, niños envueltos en la bandera nacional, jóvenes cantando el himno sin complejos y una generación de futbolistas que ha demostrado que el talento no está reñido con la educación, la humildad y el compañerismo.
En tiempos en los que la crispación parece haberse instalado como estado permanente de la conversación pública, el deporte volvió a recordar que todavía existen espacios capaces de unir.

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Este grupo de jugadores ha ofrecido una lección que trasciende el fútbol. Han competido con ambición, pero también con respeto al rival; han celebrado los éxitos sin arrogancia y han asumido la presión con una serenidad impropia de futbolistas tan jóvenes. En una época en la que demasiados referentes para los adolescentes proceden del espectáculo de la
confrontación, las redes sociales o la fama instantánea, la selección española ha proyectado una imagen diferente: la del esfuerzo silencioso, el trabajo colectivo y la convicción de que el éxito pertenece al equipo antes que al individuo.

No es casualidad que tantos padres quisieran ayer que sus hijos vieran el partido hasta el final. Más allá del resultado, contemplaban a una generación que ha demostrado que el liderazgo también puede ejercerse desde la generosidad. Lamine Yamal, Nico Williams, Pedri, Cubarsí, Ferran Torres o Unai Simón representan una España joven, diversa en sus orígenes y procedencias, pero unida por un objetivo común. Esa es, probablemente, la fotografía más poderosa que deja este Mundial.

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También hubo otro fenómeno difícil de ignorar. Durante la celebración desaparecieron muchas etiquetas que con frecuencia monopolizan el debate político. Las banderas españolas inundaron balcones y calles con una naturalidad que hacía tiempo no se veía. Para muchos ciudadanos, exhibir los colores nacionales dejó de ser una declaración ideológica para
convertirse simplemente en la expresión espontánea de una alegría compartida.

Desde esa perspectiva, la victoria ofrece un contraste con los discursos que ponen el acento en lo que separa más que en lo que une. Quienes defienden proyectos nacionalistas de carácter secesionista pueden interpretar estas escenas de formas distintas, pero resulta evidente que el triunfo de la selección mostró la capacidad que aún conserva un éxito
colectivo para generar un sentimiento de pertenencia ampliamente compartido. Al menos durante una noche, millones de españoles, con sensibilidades políticas muy diferentes, celebraron bajo una misma bandera y un mismo escudo.

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Quizá esa sea la verdadera enseñanza de este Mundial. El fútbol no resuelve los problemas de un país, ni sustituye al debate democrático, ni elimina las diferencias políticas. Pero sí puede recordar que existe un espacio  común donde la inmensa mayoría de los ciudadanos es capaz de reconocerse mutuamente sin preguntarse antes qué vota, dónde nació o qué lengua habla.

España ganó un Mundial. Pero, sobre todo, recuperó durante unas horas la alegría de sentirse unida. Y esa emoción, por efímera que sea, posee un valor que ninguna clasificación, ninguna encuesta y ningún discursopolítico puede medir.

 

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