Hablar del nacimiento del pancatalanismo en Valéncia exige mirar más allá de la consigna y del debate superficial. Como ocurre con toda corriente ideológica, su aparición no puede entenderse como un hecho aislado ni como una simple ocurrencia intelectual, sino como el resultado de un contexto histórico determinado, de una evolución cultural concreta y de una voluntad política que fue tomando forma poco a poco hasta hacerse visible en la vida pública valenciana.
Las ideas no surgen en el vacío. Nacen en un tiempo, en un clima intelectual y en una sociedad concreta. Y el pancatalanismo, tal como acabó arraigando en determinados sectores valencianos, fue precisamente eso: una construcción ideológica que se fue elaborando desde ámbitos culturales, académicos y políticos con la pretensión de redefinir la identidad valenciana dentro de un marco más amplio, vinculado al catalanismo.
Durante siglos, el pueblo valenciano había desarrollado una personalidad histórica propia, reconocible en su lengua, en sus instituciones forales, en sus costumbres, en su literatura y en sus símbolos. Esa personalidad no era una invención reciente ni una mera impresión subjetiva: formaba parte de una realidad histórica consolidada. Sin embargo, a partir de determinados movimientos culturales del siglo XIX y, sobre todo, del siglo XX, empezó a abrirse paso otra lectura de la realidad valenciana. Según esa visión, Valéncia no debía ser entendida como una comunidad con entidad diferenciada, sino como parte de un espacio nacional y cultural más amplio, articulado en torno a una supuesta unidad con Cataluña.
Una construcción ideológica progresiva
El pancatalanismo no apareció de manera espontánea entre la mayoría de la población valenciana. Su origen se encuentra en un proceso de elaboración intelectual que fue introduciéndose de forma gradual. Primero se presentó como una reflexión cultural; después adoptó forma de interpretación lingüística; más tarde derivó en discurso histórico y, finalmente, adquirió una dimensión política.
El mecanismo era relativamente sencillo: si se lograba consolidar la idea de una comunidad lingüística y cultural común, sería más fácil sustentar la existencia de una comunidad nacional compartida. Para ello se utilizó la lengua como principal argumento, pero también se recurrió a la reinterpretación del pasado, a la selección interesada de determinados episodios históricos y a la apropiación simbólica de elementos que formaban parte del patrimonio valenciano.
En ese proceso, la lengua desempeñó un papel central. No solo como vehículo de comunicación, sino como herramienta de construcción identitaria. A través de ella se fue articulando un discurso que tendía a disolver las particularidades valencianas en una realidad de alcance catalanista, presentada como natural, histórica e incluso inevitable.
La lengua como eje del conflicto
Pocas cuestiones han generado tanto debate en Valéncia como la lengua. Y no porque la discusión filológica sea en sí misma negativa, sino porque el lenguaje se convirtió muy pronto en un campo de disputa política y simbólica. Lo que en principio podría haber sido un debate académico sobre el origen, la evolución y la denominación del valenciano acabó transformándose en una batalla por la identidad.
Para los sectores pancatalanistas, la lengua debía ser la base de una unidad cultural más amplia. Desde esa perspectiva, la reivindicación de la singularidad valenciana era presentada como una forma de fragmentación artificial o como una resistencia anclada en el pasado. Para quienes defendían una identidad valenciana propia, en cambio, aquella postura suponía una forma de subordinación cultural y una negación de la historia particular del pueblo valenciano.
Ahí reside uno de los puntos clave para comprender este fenómeno: el pancatalanismo no solo proponía una interpretación distinta de la lengua, sino que aspiraba a reordenar el relato identitario desde la base. Y cuando se toca la base simbólica de una comunidad, el debate deja de ser técnico para convertirse en político.
El peso de la historia
La historia valenciana no es una página en blanco sobre la que pueda escribirse cualquier relato. A lo largo de los siglos, Valéncia desarrolló instituciones propias, un derecho foral, una organización política diferenciada y una vida cultural de enorme riqueza. El antiguo Reino de Valéncia tuvo una personalidad jurídica e institucional clara, y esa realidad histórica ha sido fundamental en la construcción de la conciencia valenciana.
Por eso, cuando determinadas corrientes ideológicas intentaron reinterpretar esa historia desde una óptica ajena, no tardaron en surgir resistencias. La cuestión no era únicamente lo que se decía, sino desde dónde se decía y con qué finalidad. Reescribir el pasado para encajarlo en un proyecto político posterior siempre ha sido una operación delicada, y en el caso valenciano generó una profunda reacción entre quienes consideraban que se estaba desdibujando la verdadera trayectoria histórica del país.
El pancatalanismo, en este sentido, no fue percibido por muchos valencianos como una mera lectura alternativa, sino como un intento de integrar la historia y la cultura valencianas en una estructura ideológica que no respondía a su experiencia colectiva.
La respuesta valencianista
Frente a ese proceso, surgió también una reacción valencianista que defendió la existencia de una identidad propia, con lengua, historia, símbolos y tradición literaria propias. Esa respuesta no fue homogénea ni siempre tuvo la misma intensidad, pero sí compartió una convicción fundamental: Valéncia no debía ser absorbida ni reinterpretada desde fuera sin la participación de la propia sociedad valenciana.
La defensa de la denominación de la lengua, de la normativa propia, de la literatura valenciana y de los símbolos históricos se convirtió así en un elemento central de la resistencia cultural. No se trataba solo de una cuestión de nombres, sino de algo más profundo: del derecho de un pueblo a reconocerse en su propia historia.
Con el paso del tiempo, esta reacción se expresó en ámbitos culturales, académicos, periodísticos e institucionales. Y aunque el debate sigue abierto, aquella defensa fue decisiva para evitar que la identidad valenciana quedara completamente subordinada a otros marcos interpretativos.
Cultura y política: una frontera difusa
Uno de los rasgos más interesantes del pancatalanismo es que nunca se presentó exclusivamente como una propuesta política. Muchas veces adoptó la forma de discurso cultural, pedagógico o incluso filológico. Esa apariencia le permitió avanzar con mayor eficacia, porque no siempre se percibía de inmediato su alcance político.
Sin embargo, toda propuesta que pretende redefinir la identidad de una comunidad tiene implicaciones políticas, aunque se presente bajo un lenguaje aparentemente neutral. Al modificar la manera en que una sociedad se piensa a sí misma, se altera también su relación con el territorio, con la lengua, con la memoria y con el poder.
En Valéncia, esa frontera entre cultura y política fue especialmente visible. Lo que empezaba como una discusión sobre ortografía, literatura o historia acababa, en muchos casos, desembocando en un debate sobre soberanía simbólica, representación colectiva y pertenencia nacional.
Un debate que sigue vivo
Con el paso de las décadas, el pancatalanismo ha seguido siendo una cuestión presente en la vida pública valenciana. A veces de forma más explícita, otras con mayor sutileza, pero siempre como un elemento de tensión en torno a la identidad. Y es que la pregunta de fondo continúa siendo la misma: ¿quién define qué es ser valenciano?
Para unos, la respuesta pasa por reconocer una comunidad cultural más amplia, compartida con Cataluña. Para otros, esa interpretación supone ignorar la trayectoria histórica propia del pueblo valenciano. Entre ambas visiones se ha mantenido durante años un debate intenso que no ha sido solo académico, sino también social y político.
Lo cierto es que el nacimiento del pancatalanismo en Valéncia marcó un punto de inflexión en la historia reciente de la identidad valenciana. A partir de entonces, muchas personas tomaron conciencia de que la defensa de la lengua, de los símbolos y de la historia no era una cuestión secundaria, sino un aspecto esencial de la continuidad colectiva.
Una cuestión de fondo
Más allá de las posiciones de cada uno, el caso valenciano muestra cómo las identidades colectivas pueden convertirse en terreno de disputa cuando diferentes proyectos intentan apropiarse de la historia. El pancatalanismo no puede entenderse sin ese impulso de redefinición, ni la reacción valencianista sin el deseo de preservar una personalidad histórica que muchos consideraban amenazada.
Por eso, hablar del nacimiento del pancatalanismo en Valéncia no es simplemente repasar una corriente ideológica. Es entrar en una de las grandes discusiones sobre la memoria, la lengua y la identidad del pueblo valenciano. Y es también recordar que las comunidades que no conocen su historia corren el riesgo de aceptar como natural aquello que en realidad fue fruto de una construcción interesada.
En definitiva, el debate sigue abierto porque no afecta solo al pasado, sino al modo en que una sociedad se entiende a sí misma en el presente. Y en ese terreno, como suele ocurrir, la historia no es un simple espejo: es también un campo de batalla.
Pedro Fuentes Caballero
Académico de la Real Academia de Cultura Valenciana correspondiente por Dénia
Presidente de la Asociación Cultural Roc Chabàs de Dénia





















