- Cuando estas cámaras llegan y los abucheos empiezan, tienen que preguntarse por qué
Hay algo que debería hacer pensar a quienes dirigen la Sexta y TVE: en las movilizaciones de apoyo a Ceuta, sus micrófonos no siempre son recibidos con aplausos. Más bien al contrario. Hay manifestantes que, en cuanto reconocen el logo de la cadena o ven aparecer una cámara, protestan, increpan y piden que se marchen.
Conviene no despachar el asunto con la etiqueta fácil de «ultraderecha», «extremistas» o «agitadores». Es una salida demasiado cómoda y, sobre todo, insuficiente y cobarde.
Un medio de comunicación puede equivocarse. Puede construir un relato que una parte de la sociedad considere sesgado. Puede seleccionar unas imágenes y dejar otras fuera. Puede insistir durante días en una determinada explicación hasta que el espectador termina percibiendo que ya no está viendo información, sino una interpretación prefabricada de los hechos.
Y cuando eso ocurre demasiadas veces, llega la factura.
La Sexta debería preguntarse por qué una cadena que presume de estar pegada a la calle provoca semejante rechazo precisamente en una parte de esa calle. No basta con señalar a los manifestantes. La profesión periodística exige algo más incómodo: mirarse al espejo.
La Sexta, TVE y la desconexión con la calle
Con TVE ocurre algo distinto y, probablemente, todavía más grave. Porque TVE no es simplemente otra televisión. Es la televisión pública. Su obligación debería ser informar con una distancia especialmente escrupulosa del poder político. Cuando una parte importante de los ciudadanos percibe que los informativos de la cadena pública se parecen demasiado al argumentario del Gobierno de turno, la desconfianza deja de ser un problema de audiencia y se convierte en un problema institucional.
Ceuta está poniendo ese problema delante de las cámaras.
Miles de personas han salido a la calle para protestar por una situación que consideran insoportable. En la propia ciudad autónoma se han producido movilizaciones multitudinarias y fuertes críticas a la gestión del Gobierno. El 2 de septiembre, además, las protestas se extendieron por numerosas ciudades españolas.
Y, sin embargo, una parte de la cobertura mediática parece más preocupada por averiguar qué porcentaje de manifestantes puede ser etiquetado como «ultra» que por entender por qué tanta gente ha terminado saliendo a la calle. Ese es el error.
Si una persona grita contra Sánchez, se recoge. Si otra pide más seguridad, se recoge. Si alguien exige el regreso de los inmigrantes a Marruecos, se recoge. Si alguien sostiene una bandera española, también. Y si aparece un grupo extremista tratando de apropiarse de una protesta ciudadana, se cuenta igualmente.
Todo. Eso es periodismo.
Lo que no es periodismo es decidir de antemano quién merece ser escuchado y quién merece ser explicado como un problema.
También deberían tomar nota quienes, desde determinados platós, parecen haber convertido la palabra «ultraderecha» en un comodín. Es una herramienta demasiado útil: permite evitar preguntas incómodas. ¿Por qué existe ese enfado? ¿Por qué ha perdido confianza una parte de la población? ¿Por qué ciudadanos que jamás habían acudido a una manifestación salen ahora a la calle? ¿Qué ha hecho el Gobierno para que una crisis de frontera termine convirtiéndose en una crisis de credibilidad?
Son preguntas bastante más difíciles que señalar una pancarta.
Y hay otra cuestión que algunos medios deberían entender de una vez: que una persona proteste contra un periodista no significa que tenga razón; pero tampoco significa que el periodista tenga razón.
Los abucheos no invalidan una información. Pero tampoco convierten automáticamente en rigurosa cualquier información emitida desde un plató.
La prensa tiene derecho a informar. Los ciudadanos tienen derecho a criticar a la prensa. Lo que no puede existir es la pretensión de que el periodista sea recibido como una autoridad moral allí donde la gente siente que los medios llevan demasiado tiempo hablando de ellos sin escucharlos.
La Sexta y TVE pueden seguir explicando el rechazo como una anomalía producida por cuatro radicales.
O pueden preguntarse si detrás de esos abucheos hay algo más profundo: una ruptura de confianza.
Porque cuando una cámara llega a una manifestación y antes de que el periodista termine de colocar el micrófono ya hay gente gritando «fuera», quizá el problema no esté solamente delante de la cámara.
Quizá también esté detrás de ella.
Quizá el hartazgo de los ceutíes con la manipulación mediática y con los tertulianos manipuladores se ha personalizado en estos dos medios, pero se lo han ganado a pulso.
Quien siembra vientos, recoge tempestades.
Y tanta manipulación y artículos con crónicas tendenciosas y manipuladas con la presencia de tertulianos miserables tiene un precio.





















