La Revolución rusa fue un acontecimiento decisivo en la historia del siglo XX y abrió paso al primer
Estado socialista del mundo bajo el liderazgo de Vladímir Lenin.
El nuevo sistema despertó grandes simpatías entre muchos sectores progresistas y revolucionarios
del mundo, pero también un profundo temor en gobiernos conservadores y en grupos socialistas que
rechazaban el autoritarismo del régimen bolchevique.
Este relato refleja el sometimiento de un pueblo a un tirano en el país más grande de la tierra, que
abarca once husos horarios, visto a través del prisma de tres personajes muy significativos. El cuarto en
discordia, que no aparece ni se le menciona, es el escritor Javier Peña, a quien debo mi agradecimiento
por haber sido eco de sus conocimientos.
La lealtad de Stalin a Lenin permitió que “El Vozhd” (Caudillo) ascendiera hasta el puesto de
secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética en 1922,
convirtiéndose en la máxima autoridad entre los líderes comunistas.
Iósif Vissariónovich Dzhugashvili Stalin nació el 18 de diciembre de 1878 en Gori y falleció el 5 de
marzo de 1953 en Moscú.
Aunque inicialmente presidió un liderazgo colectivo, durante la década de 1930 logró acaparar todo
el poder de la Unión Soviética, eliminando gradualmente a quienes se atrevían a enfrentarse a él.
Implantó por la fuerza una economía programada, sometiendo todo el sistema productivo a la estricta
disciplina de una planificación central obligatoria y a la colectivización forzosa de la agricultura.
Radicalizó las tendencias autoritarias de la Revolución, eliminó el proyecto marxista-leninista,
anuló las libertades y aterrorizó a la población mediante un régimen policial que persiguió y eliminó a
discrepantes, disidentes, sospechosos y a todo aquel cuyo prestigio pudiera ejercer alguna influencia
sobre la sociedad. Exterminó o trasladó a pueblos enteros como castigo o para erradicar minorías
nacionalistas. Lanzó sucesivas purgas contra sus propios compañeros comunistas, diezmando el partido
y eliminando a la plana mayor de la Revolución.
Una de las características de la dictadura consistió en imponer un clima de terror en la sociedad
rusa mediante “purgas” entre los antiguos dirigentes y el traslado de cientos de miles de personas a
campos de concentración —los gulags— en Siberia, donde eran obligadas a realizar trabajos forzados.
En 1919 se casó en segundas nupcias con Nadezhda Alilúyeva, hija del revolucionario Serguéi
Alilúyev y de Olga. Su joven esposa murió en circunstancias aún no aclaradas el 9 de noviembre de 1932.
El cadáver fue hallado en su habitación, junto a un revólver Walther.
El segundo de los personajes es Borís Leonídovich Pasternak. Nació en Moscú, en el seno de una
familia de origen judío-ucraniano. Su padre, Leonid Pasternak, era un destacado pintor
posimpresionista, profesor en la Escuela de Pintura de Moscú y amigo del joven Rainer Maria Rilke. Su
madre, Rosa Kaufman, era una famosa concertista de piano.
Pasternak creció en una atmósfera cosmopolita rodeado de figuras del mundo de la cultura; por su
casa desfilaban artistas de la talla de Serguéi Rajmáninov, León Tolstói o el propio Rilke. El ambiente
cultural que le rodeaba era extraordinariamente elevado.
Su padre se convirtió del judaísmo al cristianismo ortodoxo, religión que tuvo una profunda
influencia en la vida del joven escritor.
Como tantos otros grandes autores, fue perseguido por las autoridades soviéticas durante la Gran
Purga de la década de 1930, cuando fue detenido y acusado de subjetividad, aunque consiguió escapar
del Gulag. A partir de entonces tuvo que ganarse la vida traduciendo a los clásicos. Había estudiado en
Marburgo, lo que le permitió traducir del alemán a Heinrich von Kleist, Bertolt Brecht y, posteriormente,
a William Shakespeare.
Falleció el 30 de mayo de 1960, a los setenta años, en Peredélkino, a consecuencia de un cáncer
de pulmón. Obtuvo el Premio Nobel de Literatura 1958; era la séptima vez que su candidatura era
propuesta al comité del galardón, cuya primera nominación se había producido en 1946.
Durante la madrugada del 2 de marzo de 1953, un ataque cerebral acabó con la vida de Stalin en
su dacha de Kuntsevo, en las afueras de Moscú.
Su muerte conmocionó a la sociedad rusa. Había terminado una era y las cosas ya no volverían a
ser como antes. Nunca una persona había acumulado tanto poder. Durante treinta años fue dueño
absoluto del poder político, económico e ideológico de la Unión Soviética.
La noticia no se divulgó hasta el día 6 y, durante los días posteriores, se produjo una detención
masiva de médicos —la mayoría judíos— en el llamado “complot de los médicos”, acusados de intentar
envenenar a sus pacientes, entre ellos al propio Stalin. Rumores muy fundamentados afirmaban que su
muerte había sido provocada por alguno de sus colaboradores más fieles. La sensación general era que
murió en el momento oportuno, pues tenía intención de llevar a cabo una sangrienta purga para acabar
con todos los miembros del Politburó. Había atacado a Molotov y a Mikoyán, y anteriormente se había
enfrentado a Beria. De la lucha por el poder entre Jrushchov y Malenkov resultó vencedora la facción
más moderada del Partido Comunista, encabezada por Nikita Jrushchov.
El tercer personaje es, precisamente, Nikita Jrushchov, sucesor de Stalin tras su muerte. Nació en
Kalínovka el 15 de abril de 1894 y falleció en Moscú el 11 de septiembre de 1971. Sustituyó a Stalin
como primer secretario del Partido Comunista de la Unión Soviética, cargo que ocupó entre 1953 y 1964,
siendo el máximo responsable de la Guerra Fría por el bloque del Pacto de Varsovia.
Nombró a su yerno, Alexéi Adzhubéi, director del diario Izvestia (“Noticias”) y colaborador de la
agencia TASS, órganos oficiales del gobierno soviético.
El 13 de marzo de 1954, tras el debilitamiento de Lavrenti Beria y el proceso de desestalinización,
Jrushchov creó el Comité para la Seguridad del Estado: la agencia central de inteligencia,
contrainteligencia, policía secreta y seguridad de la Unión Soviética, más conocida como el KGB, que
desarrolló sus actividades hasta el 6 de noviembre de 1991.
En cierta ocasión, Stalin preguntó a Máximo Gorki, una de las figuras más relevantes de la cultura
y la literatura rusa y de tendencias abiertamente comunistas:
—¿Cómo viven los escritores en los países occidentales?
Sin demasiado convencimiento, Gorki respondió que en casas de campo.
Con esa información, Stalin mandó construir setenta casas en la hacienda de un noble de
Peredélkino, una aldea situada a escasos veinticinco kilómetros de Moscú. “El Vozhd” pensó que los
“ingenieros del alma”, como llamaba a los escritores, debían ejercer su profesión con mayor comodidad,
aunque el verdadero motivo era mantenerlos controlados.
En Peredélkino vivía Vsevolod Ivanov, uno de los escritores más valorados del país, aunque
últimamente en declive debido a su cronificado pesimismo.
La noche del 23 de octubre de 1958 sonó el teléfono en la casa de los Ivanov. Tamara, su mujer,
cogió el auricular. Al otro lado de la línea estaba la esposa del comisario jefe del Sindicato de Escritores.
—Ya es oficial —le dijo—. La URSS por fin va a tener un premio Nobel de Literatura.
Tamara se volvió loca de alegría, pero su interlocutora frenó su euforia:
—No te alegres tan rápido. En la URSS las buenas noticias no son ciertas hasta que las confirma
alguien de arriba.
Tamara y Vsevolod bajaron en pijama hasta la dacha vecina y entraron sin llamar en casa. Se
llamaba Borís Pasternak y acababa de ganar el premio Nobel de Literatura con su obra “Doctor Zhivago”.
Zinaida, la mujer de Pasternak, ni siquiera se levantó de la cama. Sabía que aquel premio Nobel no
iba a traerles nada bueno.
A la mañana siguiente, los Ivanov recibieron otra llamada. Esta vez debían hablar con el otro vecino,
Konstantin Fedin, escritor del ala oficialista. Fedin recibió el encargo de convencer a Pasternak para
que rechazara el Nobel. Era la decisión oficial: el Politburó no podía tolerar el triunfo de una novela
cuya publicación se había prohibido en la URSS y que criticaba los métodos del régimen comunista.
Días después, Jrushchov pidió a su yerno, Alexéi Adzhubéi, director del diario Izvestia, que leyera
la novela de Pasternak y le informara sobre ella.
Una vez terminada, Adzhubéi le dijo a Jrushchov que, suprimiendo apenas un par de páginas, la
obra era perfectamente publicable.
Jrushchov montó en cólera y exigió la presencia inmediata del comisario presidente del Sindicato
de Escritores. Cuando lo tuvo delante, lo agarró de la camisa y lo zarandeó violentamente. Si hubiera
leído antes la novela se habría ahorrado muchos disgustos y el bochorno de haberla prohibido. Y, con
toda seguridad, no habría alcanzado tanto éxito, pues la Academia Sueca probablemente no se habría
fijado en ella.
Fedin salió de la casa, como habían hecho los Ivanov la noche anterior, caminando a grandes
zancadas hasta la vivienda de los Pasternak. Entró sin llamar y subió hasta el segundo piso, donde se
encontraba la habitación en la que Borís acostumbraba a escribir. Era un cuarto pequeño, sin lujos, con
las paredes cubiertas de libros. Desde la ventana podía verse el viejo cementerio, cubierto de nieve en
aquella época del año.
Borís fue rotundo: no pensaba rechazar el Nobel. Más tarde, ante la insistencia de Fedin, pidió
tiempo para pensarlo. La forma de solicitarlo resultó ofensiva para el poder soviético y la maquinaria
del castigo comenzó a ponerse en marcha. Los Pasternak tenían motivos para preocuparse.
Antes de que Pasternak llegara a Peredélkino, su vecino había sido otro escritor: Boris Pilniak. Sus
dachas estaban unidas por una puerta que nunca se cerraba. Pilniak se encontraba en casa de su vecino
cuando un coche se detuvo frente a la puerta. Bajaron dos hombres sonrientes, de modales amables y
palabras afectuosas, solicitándole que los acompañara para tratar un asunto urgente.
Lo torturaron durante meses por haber escrito un libro que dejaba en buen lugar a Trotski. Después
lo sometieron a un juicio sumarísimo de apenas quince minutos y lo ejecutaron. Su mujer pasó
diecinueve años en un Gulag.
¿Se entiende ahora por qué Zinaida estaba preocupada? Sabía que periódicamente llegaba un coche
a Peredélkino y, con el pretexto de conceder un premio, se llevaba a uno de los escritores para hacerlo
desaparecer para siempre. Era el modus operandi del KGB.
Pasternak renunció al Premio Nobel de Literatura.
La idea de Stalin de fundar una colonia para escritores no tenía otro propósito que mantenerlos
controlados, sembrar la desconfianza entre ellos, hacer que ignoraran quién los delataba y de quién
podían fiarse.
El filósofo británico Isaiah Berlin visitó Peredélkino a principios de la década de 1950 y, a la entrada
del pueblo, vio a un hombre cavando una zanja. Al verlo, el hombre salió apresuradamente haciendo
aspavientos. Dijo su nombre y se identificó como escritor.
—Tome, le entrego el mejor libro que se ha escrito sobre Rusia, aunque existe otro todavía mejor.
—¿Puedo leerlo? —preguntó Berlin.
—No, aún no lo he terminado.
La historia más hermosa de Peredélkino ocurrió poco después de que Pasternak recibiera el Nobel
por Doctor Zhivago.
Borís, agotado por el éxito de su novela, falleció apenas año y medio después. Los medios rusos
apenas hicieron referencia al acontecimiento, pero muchos jóvenes se encargaron de difundir la noticia
en las estaciones desde las que partían los trenes hacia Peredélkino. Inundaron las calles de carteles
anunciando el lugar y la hora del entierro. La policía los retiraba, pero otros y otros, y muchos más,
volvían a aparecer en cada esquina.
El día del sepelio, miles de personas se congregaron frente a la casa de Pasternak. El Sindicato de
Escritores pretendió trasladar el féretro en un coche fúnebre, pero la familia se negó y una multitud de
jóvenes lo llevó a hombros en su último viaje hasta el viejo cementerio que se divisaba desde la
habitación en la que escribía sus novelas.
Se recitaron poemas prohibidos por el gobierno y los asistentes movían los labios al ritmo de quien
los declamaba. Se los sabían de memoria.
El gobierno consiguió que renunciara al Nobel, pero no pudo evitar el reconocimiento internacional
que suponía el premio, al que estuvo nominado en nueve ocasiones, incluidas tres de ellas solo en 1958.










