La batuda o parva; memòria d’un poble lligat a la terra
Hay olores que desaparecen de las calles pero permanecen para siempre en la memoria de los pueblos. El olor de la paja recién trillada, de la tierra caliente de la era después de una jornada de sol, del sudor de los animales y de los hombres que trabajaban de sol a sol. Hay sonidos que el tiempo ha ido borrando: el golpe seco de las herraduras sobre el trigo extendido, el crujido de los trillos, el canto pausado del labrador dirigiendo las mulas o las conversaciones que se alargaban alrededor de una jarra de agua fresca. Todos estos recuerdos forman parte de una de las actividades más importantes de nuestra cultura agrícola: la trilla.

1: Trilla en Benissa, partida de l’Alfama, años 70/80.
Durante siglos, la vida de los pueblos valencianos estuvo marcada por el ritmo de las estaciones. El calendario no se regía por los días escritos en los almanaques sino por las labores del campo. Cada mes tenía su tarea y cada cosecha su momento. Cuando llegaba junio y el trigo comenzaba a tomar aquel color dorado que anunciaba la madurez del grano, los labradores sabían que se acercaba una de las épocas más exigentes del año. El trigo era mucho más que un cultivo. Era la base de la alimentación familiar, la garantía del pan de todo el año y una de las principales riquezas de las explotaciones agrícolas tradicionales. De él se aprovechaba absolutamente todo. El grano se convertía en harina en los molinos de la comarca, mientras que la paja se destinaba a alimentar a los animales, cubrir establos o elaborar camas para el ganado. Aquellos meses de verano coincidían también con otras actividades fundamentales de la economía rural valenciana. Las algarrobas comenzaban a madurar en los bancales, las almendras se anunciaban en los almendros y, en las comarcas de la Marina, la uva moscatel iniciaba el proceso que culminaría con la producción de la pasa en los riuraus. Sin embargo, ninguna de estas labores movilizaba a tantas personas ni generaba una actividad tan intensa como la trilla.

Antes de comenzar a trillar era necesario preparar la era. Este espacio constituía una auténtica infraestructura agrícola tradicional. Situada habitualmente delante de la casa de campo, de la pajarera o del riurau, la era debía ser amplia, plana y resistente. No era una superficie improvisada. Su preparación requería experiencia y conocimientos transmitidos durante generaciones. Cualquier hoyo o desnivel podía dificultar el trabajo de los animales o provocar la pérdida de parte del grano. En las tierras valencianas coexistieron diferentes sistemas de preparación. En algunas zonas septentrionales se utilizaban grandes rodillos de piedra, llamados rolones o trompellots o trulls, arrastrados por animales para compactar e igualar la superficie. En las comarcas alicantinas predominaba una técnica propia que consistía en humedecer la tierra hasta convertirla en barro y posteriormente alisarla con esteras de esparto procedentes de los carros. Aquella labor exigía varios días. Cuando el sol secaba finalmente la superficie, la era quedaba dura como una piedra y preparada para soportar semanas de trabajo intenso. Si llovía, todo podía empezar de nuevo. La era era mucho más que un lugar de trabajo. Durante buena parte del año constituía un espacio social. Allí se reunían las familias, se reparaban herramientas, se comentaban las noticias del pueblo y se transmitían conocimientos agrícolas que nunca llegarían a escribirse en ningún libro.
Antes de la trilla llegaba la siega. Las primeras horas de la mañana veían salir cuadrillas de segadores armados con hoz. Trabajaban inclinados durante horas bajo temperaturas elevadas, cortando pacientemente los tallos de trigo y formando gavillas que posteriormente eran atadas y agrupadas. Era un trabajo duro y lento. Los más jóvenes ayudaban a recoger las gavillas mientras los hombres experimentados avanzaban abriendo surcos entre los sembrados. Las mujeres también participaban activamente en numerosas tareas auxiliares relacionadas con el transporte, la organización de los haces y la alimentación de los trabajadores. Las gavillas se cargaban en los carros aprovechando al máximo cada viaje. Cuando el terreno era difícil, las caballerías las transportaban a lomos mediante albardas. La llegada de los carros cargados a la era anunciaba el inicio de la fase más espectacular del proceso. Una vez descargadas, las gavillas eran deshechas y distribuidas sobre la era formando grandes circunferencias. Este círculo de trigo, conocido en muchas zonas como la parva, constituía el centro de la trilla.
Con la salida del sol comenzaba la trilla. En nuestras tierras, especialmente en muchas zonas de Alicante, el primero en entrar sobre la parva era el carro de ruedas herradas. Su peso rompía los tallos e iniciaba la fragmentación de la paja. Posteriormente entraban las caballerías. Mulas, machos, caballos o bueyes avanzaban en círculo durante horas. El movimiento constante de las herraduras golpeaba las espigas y liberaba progresivamente el grano. Los animales podían ir agrupados en parejas o grupos mayores. Dirigir aquella rueda viva exigía una habilidad extraordinaria. El labrador mantenía el ritmo mediante la voz, los gestos y el ramal. El canto de los trilladores marcaba el paso de los animales y ayudaba a mantener la coordinación durante las largas horas de trabajo.
«Mulas a trillar,
que las mulitas son mías
y el trigo es de otro.»
La trilla no era una técnica exclusiva valenciana. Los historiadores han documentado sistemas muy similares en el antiguo Egipto, Mesopotamia, Grecia y Roma. Durante siglos, los pueblos agrícolas del Mediterráneo compartieron técnicas semejantes para separar el grano de la paja.

2: Mulo cargado con gavillas, fotografía familiar Parrilla en Benissa.
Cuando el trigo había sido suficientemente pisado, llegaba el momento del trillo. Arrastrado por los animales, este instrumento terminaba de triturar la paja y facilitaba la separación definitiva del grano. Mientras tanto, el polvo se levantaba sobre la era y cubría la ropa, la piel y el cabello de los participantes. Era un polvo fino y persistente que formaba parte inseparable de la trilla. No en vano la sabiduría popular advertía:
«Quien no quiera polvo, que no vaya a la era.»
Una vez completada la trilla, todavía faltaba separar el grano. Con grandes horcas de madera, los labradores levantaban la mezcla de paja y cereal aprovechando la fuerza del aire. El viento arrastraba el tamo mientras el grano, más pesado, volvía a caer sobre la era. Era un trabajo que exigía observación y paciencia. Había que conocer los vientos, interpretar los cambios de tiempo y saber esperar el momento adecuado.
A pesar de su dureza, la trilla era también una celebración. Familias enteras participaban en las diferentes tareas. Los mayores aportaban experiencia; los adultos asumían los trabajos físicamente más exigentes; los niños observaban, aprendían y ayudaban en lo que podían. Los vecinos colaboraban mutuamente porque nadie podía afrontar en solitario una labor de aquella magnitud. La era se convertía durante semanas en un espacio de convivencia. Se compartían comidas, historias, consejos, chistes y canciones.

3: Trilla popular en Benissa, año 2020.
«Por San Juan, las gavillas en el campo; por San Pedro, las gavillas en la era.»
«Quien no tiene era ni trillo, cada año se saca un ojo.»
«Por la Candelaria, al cabo de cinco meses, a la era.»
«El huerto, pequeño; la era, bien grande.»
A partir de los años cincuenta, la mecanización del campo comenzó a transformar definitivamente estas labores. Primero llegaron las segadoras mecánicas. Después las trilladoras accionadas por motores y, finalmente, las cosechadoras modernas, capaces de segar, trillar y separar el grano en una sola operación. Lo que durante siglos había necesitado decenas de personas y semanas de trabajo podía completarse ahora en pocas horas. La modernización mejoró las condiciones de vida de los agricultores, pero también provocó la desaparición progresiva de un patrimonio inmaterial construido a lo largo de generaciones. Las eras quedaron abandonadas. Los trillos desaparecieron bajo los tejados de las pajeras. Los animales de trabajo dejaron paso a los tractores. Y con ellos se fue apagando todo un vocabulario, una música, una manera de entender el tiempo y una forma de relacionarse con la tierra.
Hoy la trilla ya no es una necesidad económica. Pero sigue siendo una parte fundamental de nuestra identidad colectiva. Las recreaciones etnográficas, las demostraciones agrícolas y los testimonios de las personas mayores nos permiten conservar una memoria que corre el riesgo de desaparecer. Cuando las mulas vuelven a girar sobre la era en alguna fiesta popular, cuando una horca vuelve a levantar el trigo al viento o cuando un viejo labrador explica cómo agrupaban los animales para trillar, no estamos simplemente representando una antigua tarea agrícola. Estamos recuperando una manera de vivir. La trilla es la historia de un pueblo que aprendió a leer las nubes, a esperar el viento, a confiar en la fuerza de los animales y a trabajar codo con codo con sus vecinos. Es la memoria de una sociedad que convirtió el esfuerzo compartido en cultura. Y mientras quede alguien capaz de contarla, el polvo de la era seguirá vivo en nuestra memoria.

4: Un servidor en la plaza del pueblo.
