La Pascua taurina de l’Alcora no se entiende sin uno de sus actos más singulares: la trashumancia a caballo con bueyes, una cita que aúna naturaleza, tradición y afición en estado puro. Detrás de su organización y crecimiento en los últimos años se encuentra el trabajo conjunto de la comisión taurina y del Club Hípic La Ferradura, presidido por Iván Cabedo, una figura clave para comprender la esencia de este evento.
Cabedo lo tiene claro: lo que se vive en l’Alcora va más allá de un encierro campero al uso. “Es más bien una trashumancia”, explica, poniendo en valor el hecho de que el traslado se realiza exclusivamente con bueyes, guiados a caballo desde el campo hasta el recinto taurino. Un recorrido pausado, pero cargado de simbolismo, en el que lo importante no es solo el destino, sino todo lo que sucede por el camino.
Y es precisamente ese trayecto el que convierte la jornada en una experiencia única. A lo largo del recorrido, los participantes realizan varias paradas para almorzar, compartir conversación y reforzar el ambiente de hermandad que caracteriza al evento. Cerca de medio centenar de caballos toman parte en la trashumancia, a los que se suman familiares y amigos que siguen el recorrido incluso en tractor, formando parte activa de una celebración que combina tradición y convivencia.
La historia personal de Iván Cabedo está íntimamente ligada a este mundo. Su afición nace desde la infancia, entre los tradicionales “bous al carrer”, acompañando a su padre en las fiestas del pueblo. Con el paso de los años, esa pasión evolucionó desde el recorte de vaquillas hasta el descubrimiento del caballo, momento que marcaría su vida. “La primera vez que me subí a un caballo sentí una conexión muy especial”, recuerda. Desde entonces, acumula más de dos décadas de experiencia como jinete.


Esa trayectoria se refleja en su visión del papel del caballo dentro de la trashumancia. Más allá de su valor estético o tradicional, su función es esencial. En momentos clave, como cuando una res se separa de la manada, el caballo se convierte en una herramienta imprescindible. La rapidez de reacción, la capacidad de moverse por terrenos complicados y la compenetración con el jinete son factores determinantes para reconducir la situación con eficacia.

Pero la trashumancia no solo es tradición y emoción; también tiene un impacto directo en la vida del municipio. Durante la celebración, l’Alcora experimenta un notable incremento de visitantes, lo que se traduce en un impulso económico para bares, restaurantes y comercios locales. “El pueblo se llena y eso siempre es positivo”, señala Cabedo, consciente del valor que tienen este tipo de iniciativas para el entorno rural.
El futuro de la trashumancia parece asegurado. Tanto el Club Hípic La Ferradura como la comisión taurina cuentan con una base sólida de gente joven, implicada y con ganas de seguir trabajando para mantener viva la tradición. La organización del evento, desde los horarios de suelta y entrada de las reses hasta la logística del almuerzo, es fruto de ese esfuerzo colectivo.
Para Iván Cabedo, la clave está en la participación y en el respeto. Respeto por el caballo, por el toro y por una forma de vida que sigue muy presente en muchos pueblos de la Comunitat Valenciana. Por eso, su mensaje es claro: abrir la experiencia a todo aquel que quiera descubrirla.
Porque, como bien defiende, participar en una trashumancia como la de l’Alcora no es solo asistir a un evento, sino formar parte de una tradición viva, donde la pasión por el caballo y el toro se transmite generación tras generación.

