Valencia vivió el sábado una mezcla maliciosa de catalanismo, antisemitismo y feminismo radical

La manifestación catalanista celebrada en Valencia el sábado 25 de abril de 2026 dejó tras de sí algo más que consignas: evidenció una estrategia de provocación política cuidadosamente envuelta en simbología y relato histórico selectivo radical. Lo que se presentó como una reivindicación identitaria derivó, en la práctica, en un ejercicio de tensión que buscaba ocupar el espacio público valenciano con un mensaje ajeno a la realidad dirigido a una parte significativa de la sociedad a la que decía interpelar.

No fue solo una cuestión de banderas o lemas. Fue el tono, la insistencia en reinterpretar torticeramente la historia y la utilización de una fecha cargada de significado para muchos valencianos lo que convirtió la jornada en un episodio incómodo. Bajo el paraguas de la libertad de expresión —un derecho incuestionable— se deslizaron discursos que no se limitaron a defender una postura política, sino que rozaron la deslegitimación de identidades distintas dentro de la propia Comunidad Valenciana.

La situación se agravó con los actos vandálicos posteriores. Las pintadas en un entorno patrimonial tan sensible como Las Torres de Serranos no son un detalle menor ni una anécdota atribuible a “excesos puntuales”. Son la consecuencia lógica de una movilización que, lejos de apostar por la convivencia, normaliza y fomenta la confrontación simbólica. Cuando el mensaje político se acompaña de la degradación del espacio común, pierde cualquier pretensión de legitimidad moral.

También conviene señalar la responsabilidad de quienes convocan y alientan estas movilizaciones. No basta con desmarcarse de los actos vandálicos a posteriori: el clima que se genera, el lenguaje que se utiliza y los marcos que se construyen importan, y mucho. Alimentar una narrativa de agravio constante y de apropiación identitaria tiene efectos reales.

Valencia no es un tablero donde proyectar disputas ajenas ni un lienzo para imponer relatos unilaterales. Es una sociedad plural, con una identidad compleja que no admite simplificaciones interesadas. Lo ocurrido el 25 de abril no fue un ejercicio sano de pluralismo, sino un ejemplo de cómo una reivindicación de algo totalmente inexistente puede convertirse en un factor de división cuando se formula desde la imposición y no desde el respeto.

Si algo debería quedar claro tras esta jornada es que la convivencia no se construye a base de ruido, ni de símbolos impuestos, ni de gestos de fuerza. Se construye desde el reconocimiento mutuo, algo que, ese sábado, brilló por su ausencia… como siempre con estos colectivos.

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