«ACCIDENTE LABORAL» Artículo de opinión

La reducción semántica de un acto de violencia criminal a la categoría de «accidente laboral» no es un error de comunicación, sino una maniobra de neutralización política.

Cuando el Estado etiqueta la muerte en acto de servicio como un simple desajuste en la prevención de riesgos, está operando una transmutación cínica: busca despojar al suceso de su carga ética y de su gravedad institucional para convertirlo en un expediente administrativo gestionable.

La burocratización del sacrificio

Calificar como «accidente» el abordaje deliberado de una narcolancha contra una embarcación precaria es, en esencia, negar el principio de autoridad. Si la muerte de un agente es un «accidente laboral», el narcotraficante deja de ser un agresor contra el orden público para convertirse en un «agente externo imprevisto», similar a una teja que cae en un día de viento.

Esta narrativa cumple dos funciones estructurales para quien ostenta el poder:

Dilución de la responsabilidad logística:

Si es un accidente, el foco se desplaza de la falta de medios y de la cadena de mando hacia la fatalidad estadística. Se evita así el análisis de por qué se envió a hombres a una lucha asimétrica donde la superioridad técnica del enemigo era absoluta.

Desnaturalización del compromiso:

El servicio a la patria y el juramento ante la bandera se degradan al nivel de un contrato de oficina. Se ignora deliberadamente que el guardia civil no «ocupa un puesto», sino que ejerce una función soberana. El riesgo no es una contingencia que deba minimizase en un Excel, sino una realidad que se asume en defensa de la comunidad, y que exige, por parte del Estado, una contrapartida de honor y protección que aquí brilla por su ausencia.

La asimetría de la lealtad

Resulta de una ironía mordaz observar cómo la misma estructura que exige una lealtad vertical absoluta a sus cuerpos de seguridad es la primera en desertar de ellos cuando el coste político de la defensa es alto. El uso de eufemismos técnicos para tapar realidades sangrientas es el refugio de la mediocridad burocrática: se prefiere la asepsia del lenguaje de recursos humanos antes que el rigor de la justicia y el reconocimiento del sacrificio.

El mensaje que se envía al escalafón es demoledor: para la narrativa oficial, su vida no vale más que la de cualquier operario en un entorno controlado, ignorando que el agente de la Guardia Civil es la frontera física entre la civilización y la barbarie.

Pensamiento del día:

Tratar el asesinato de un servidor público como un «accidente laboral» es la confesión definitiva de un Estado que ha renunciado a su propia dignidad. Cuando la política teme llamar a las cosas por su nombre, es porque ya ha decidido sacrificar la justicia en el altar de su propia supervivencia. La verdadera precariedad no está en los medios, sino en la catadura moral de quienes, desde el despacho, convierten el heroísmo en un trámite de oficina

Autor: Sabiduría popular

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