Por Pepe Herrero
Puedes ver la entrevista completa en este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=_09pWWZ-zFM
En el mundo de las Fallas, donde la espectacularidad y el monumento final suelen eclipsarlo todo, pocas veces se pone el foco en la persona que hay detrás del artista. Esa es precisamente la intención de esta conversación con Carlos Herrero Muria: descubrir no solo al creador, sino al hombre.
Carlos Herrero no responde a un relato épico prefabricado. No hay un momento revelación ni una decisión radical que lo empuje a ser artista fallero. “Creo que soy artista por defecto”, confiesa entre sonrisas. Y es que su historia está profundamente ligada a su entorno: una familia fallera, una infancia vivida en el casal y un barrio donde la falla era el eje social.
Recuerda con nostalgia aquella época en la que plantar la falla era casi un ritual íntimo: abrir el casal, sacar el monumento a la calle y celebrar. “Era algo romántico”, explica. Ese vínculo emocional con la fiesta fue, sin duda, el germen de todo.
Del casal al taller
Sin embargo, no todos los caminos dentro de la fiesta conducen al arte. Muchos niños derivan hacia la gestión, la pirotecnia o la propia vida de comisión. En su caso, el punto de inflexión llegó gracias a una figura clave: José Luis Platero. A los 17 o 18 años, Carlos decidió adentrarse en el taller y conocer el oficio desde dentro.
“Allí es donde te engancha todo”, afirma. El ambiente, el compañerismo, el proceso creativo… especialmente en talleres pequeños, donde el aprendizaje es directo y constante. Aquella experiencia marcaría su forma de entender la profesión.
Un camino no lineal
Curiosamente, su trayectoria no fue directa. Herrero se formó en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte, completó un máster y desarrolló su carrera como entrenador y director deportivo. Su objetivo era convertirse en profesor universitario.
Pero la vida, como las fallas, también cambia sobre la marcha.
Un parón profesional lo obligó a replantearse su futuro. Con responsabilidades económicas y personales, decidió apostar por aquello que hasta entonces había sido su hobby. “Después de tantos años aprendiendo, ya era un trabajo”, reconoce.
El salto al vacío (y al podio)
Su primera oportunidad llegó casi por casualidad, en la falla Espartero de Burjassot. Sin experiencia previa en solitario, plantó su primera falla infantil en sección sexta. El resultado: tercer premio.
Un debut así no pasa desapercibido.
“Te da ese impulso de decir: alguien está mirando”, recuerda. En una época en la que las redes sociales comenzaban a cobrar fuerza, su trabajo empezó a circular y a generar interés. Pero más allá del reconocimiento, lo importante fue la validación interna: saber que iba por el buen camino.
El arte como proceso vivo
Para Herrero, una falla nunca está completamente cerrada hasta el último momento. “Es un elemento vivo”, asegura. Las ideas evolucionan, se transforman, se corrigen. De hecho, reconoce que entre el primer boceto y el resultado final puede no quedar prácticamente nada.
Su método combina organización y flexibilidad. Lleva siempre libretas donde dibuja, anota y desarrolla ideas. No tira nada. Cada trazo forma parte de un proceso creativo muy personal que bebe de múltiples disciplinas: dibujo, escultura, carpintería, arquitectura o pintura.
El objetivo final es claro: lograr una identidad propia. Que alguien vea una figura y diga, sin dudar, que es de Carlos Herrero.

Constancia frente a éxito
Cuando se le pregunta por la clave de su evolución, evita hablar de éxito. Prefiere términos como constancia, análisis y aprendizaje continuo. “Siempre puedes hacer algo mejor”, afirma.
En una profesión tan exigente como la suya, donde cada año se empieza de cero, esa mentalidad es esencial. Los premios ayudan, sí, pero no lo son todo. Hoy en día, defiende, un buen trabajo puede abrir puertas incluso sin reconocimiento oficial.
Entre infantiles y grandes
Herrero ha trabajado tanto en fallas infantiles como en grandes, aunque actualmente se centra en las primeras. No por falta de ambición, sino por una decisión consciente: la conciliación familiar.
Padre de dos hijos, reconoce la dureza de un oficio que exige meses de dedicación absoluta. “Desapareces tres meses y vuelves como si nada”, explica. Esa realidad pesa, tanto para quien trabaja como para quienes se quedan en casa.
Aun así, no cierra la puerta a volver a las grandes ni, incluso, a la sección especial. “Sería un reto”, admite, aunque con prudencia. Sabe que ese salto requiere estructura, equipo y estabilidad.
Vivir de las fallas
En lo económico, su visión es realista. No habla de grandes beneficios, sino de equilibrio. “Gano mi sueldo, pago mi hipoteca”, resume. Como en cualquier empresa, hay años mejores y peores, condicionados por factores externos como crisis, pandemias o subida de costes.
También insiste en una idea clave: el valor del trabajo del artista. Detrás de cada falla hay horas, esfuerzo, inversión y riesgo. Algo que, considera, no siempre se entiende desde fuera.
Más allá del artista
Lejos de buscar protagonismo, Carlos Herrero se define como alguien discreto: del taller a casa, sin demasiada exposición pública. Sin embargo, su trabajo habla por él.
Y quizá ahí reside la esencia de esta entrevista: recordar que, antes que artistas, son personas. Con dudas, sacrificios, familia y decisiones difíciles.
Porque detrás de cada monumento que arde en marzo, hay historias como la de Carlos Herrero. Historias que merecen ser contadas.
Puedes ver la entrevista completa en este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=_09pWWZ-zFM













