El Paseante continua sentado delante del ordenador. Abre y vuelve a abrir distintos diarios digitales y, de nuevo, un día más, se agolpan en su mente una cataratas de palabras que le molestan a la vista y le producen una sensación cercana al asco: corrupción, cloaca, tráfico de influencia, comisiones, minas de oro en Venezuela, agresiones, robos, ocupaciones…
Cierra los digitales y abre la página de la Real Academia de la Lengua y busca la palabra felón y sus sinónimos:
“traidor, desleal, alevoso, pérfido, bellaco, infame, indigno, falso, engañoso, perverso”.
Apreciado lector, estoy seguro que a la gran mayoría de ustedes les viene a la mente un nombre, al menos un nombre. Pero vamos a dejar que sea Leire Díez, también conocida como la “cloaquera” la que nos oriente: “Reunión con P.S.” (de acuerdo a su agenda)…
Pero al Paseante le viene de pronto la imagen de una obra maestra, probablemente la obra cumbre de la llamada pintura historicista del siglo XIX: Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga y piensa en el monarca que hasta el día de hoy ha sido considerado el gran felón de nuestra historia: Fernando VII.
La escena representada transcurre en la playa de San Andrés de Málaga, que se identifica por las vistas de la iglesia de la Virgen del Carmen, que aparece al fondo. El primer golpe de impacto de la composición reside en la elección del instante representado por el pintor, de tremenda tensión emocional, al reflejar el momento inmediatamente anterior al fusilamiento, en el que quedan de manifiesto los diferentes sentimientos de los que van a morir reflejados en cada uno de sus rostros, mezcla de preocupación, desaliento y rabia en unos, de orgullosa resignación o emocionado abrazo en otros, y de desafiante descaro o desesperada plegaria en los guerrilleros del fondo, expresándose así las diversas reacciones del alma humana ante la conciencia de su inminente fin, estremecedoramente palpable en la visión de los compañeros ya ejecutados.
El personaje principal, José María Torrijos, se ubica casi en el centro de la composición aferrándose a las manos de dos de sus seguidores. A su izquierda se encuentra Francisco Fernández Golfín, personaje al que dos frailes están colocando un vendaje en los ojos; y a su derecha, Manuel Flores Calderón. A su vez, a la derecha de éste, se encuentran Juan López-Pinto y Berizo, Robert Boyd y Francisco de Borja Pardio.
Por útlimo, el artista provoca con extraordinaria eficacia la reacción emocional del espectador al situar en primerísimo plano los cuerpos sin vida de los liberales fusilados, recurso de inevitable recuerdo goyesco, mostrando una inusitada modernidad en la elección de un encuadre que deja fuera de campo algunos de los cadáveres. De uno de ellos asoma tan sólo una de sus manos y su chistera de piel; rasgo de gran elegancia estética e intensidad dramática.
Apreciado lector, si viajas a Málaga has de pasar por la Plaza de la Merced y detenerte ante el monumento a Torrijos y sus compañeros. Por cierto, si quieres rendir homenaje a Robert Boyd, el joven inglés que dedicó su fortuna a ayudar a la causa de los liberales y fue fusilado junto a Torrijos a los 26 años de edad, deberán de acudir al cementerio inglés de Málaga.
Apreciado lector. En 1983 “Golpes bajos” nos dejó aquello de: “Malos tiempos para la lírica”. Hoy vivimos malos tiempos para la libertad. No permitamos que nos la terminen de arrebatar.

