Las pinturas rupestres más antiguas (a nivel mundial) del caballo domesticado están en Canforos de Peñarrubia (Jaén), en plena Sierra Morena. Allí se supone que llevan a tres yeguas, cogidas del ronzal, y este flojo. Si las llevaban del ronzal, y flojo, es porque estaban en el corral de los animales y, lógicamente, eran yeguas mansas.
Otra suposición: si las tenían en el corral era para aprovechar su leche; luego tenían que dejarse ordeñar. Conclusión: eran yeguas mansas. Yeguas mansas en el corral y del tamaño de un poni A; seguro que los niños del poblado se pasarían horas a lomos de ellas, que no tardaron en aguantarles. Las primeras caídas, lo normal es que fueran hasta divertidas. Y las personas mayores que pasaran por allí y vieran a más de una yegua con niños a lomos pensarían que podrían ser las portadoras de las cargas que a diario les tocaba llevar a hombros.
Esta debió de ser la primera función doméstica del caballo: liberar de la carga a los adultos, a quienes les tocaba ir bien cargados cada día. ¡Menudo alivio para el hombre! Esto debió de ocurrir hace unos 5000 años. Y pronto se debió tomar conciencia de lo que suponía para las comunidades disponer de un animal de carga tan importante.
Caballo —o yegua— estabulado y bien alimentado pronto debió de cambiar de físico (parecerse a ponis B). No tenemos noticias de caballos tirando de parihuelas para aumentar la carga, pero debió de ser la segunda fase del caballo doméstico. No solo era portador de las cargas del hombre, sino que también podría llevarlo en la parihuela. El carrito empezaría a utilizarse una vez conocieran la rueda.

De lo que sí tenemos conocimiento, por autores grecolatinos —ya bien entrados en el primer milenio antes de Cristo—, es de la gran cantidad de jinetes mercenarios ibéricos. Posiblemente fuera la caballería mercenaria más importante de dicha época, a juzgar por los comentarios de los historiadores de entonces.
¿Por qué se tardó tanto tiempo en montar el caballo? Muy sencillo: en la época grecolatina el caballo no llegaba al 1,30 de alzada a la cruz, como un poni C actual. Es fácil de comprobar en esculturas, pinturas, bajorrelieves (como los de Fidias en el Partenón) y mosaicos. Empezaba a ser montable, con limitaciones de tamaño, claro.
El tamaño del caballo mongol poco ha evolucionado con el tiempo. Pero sí que le adaptaron, por aquel entonces, una montura muy apropiada a su tamaño: la tártara. Era una montura de madera, muy corta y que mantenía muy lejos al jinete. O este iba en todo momento con un equilibrio perfecto, o se caía del caballo. El primer beneficiado era el caballo; el segundo, Gengis Kan, que gracias a esas monturas (entre otras cosas) pudo conquistar medio mundo de entonces. El margen de error de sus arqueros era muy inferior al de los contrarios.
Muy parecidas a las monturas tártaras eran nuestras vaqueras de hasta hace un siglo: pensadas para lo mejor para el caballo. Las modernas, nada que ver (pensadas para la comodidad del jinete, o más bien del dominguero).
Yo creo que la domesticación del caballo hubiera sido imposible si los caballos de entonces hubieran sido solo del tamaño de un poni C. Desde las primeras caídas, desistirían de continuar montando.
Pasan los siglos y vemos pinturas rupestres en Albarracín y otros lugares de caballos domesticados, incluso montados. Homero, casi mil años antes de Cristo, ya habla de la caballería ibérica. Y Jenofonte, en el siglo IV antes de Cristo, en Las Helénicas, también menciona a los jinetes mercenarios ibéricos.

Aníbal, en el siglo III a. C., tenía casi toda su caballería formada por iberos y, tras su derrota, pasó a ser parte del ejército romano. En el siglo II a. C., Numancia aguantó el asedio romano, entre otras cosas, gracias a su caballería que, se supone, fue precursora de la jineta: no atacaban en tropel, sino cada uno por su lado. Tenían que ser jinetes expertos y caballos aptos para ese tipo de lucha y bien domados. Así pudieron resistir el cerco durante años.
Todos los historiadores griegos y latinos hablan maravillas del caballo ibérico. Publio Vegecio, ya en el siglo IV de nuestra era, dejó dicho: “Los caballos africanos de sangre hispánica sobrepasan a los demás en velocidad”. Es decir, el caballo ibérico como mejorador de raza.
Y yo pienso que, mientras no se demuestre lo contrario —como Dios manda—, tan buena como la mejor es la equitación ibérica. Rectifico: la mejor equitación, la ibérica. Nuestra vaquera. Lo confirmó hace siglos el toro salvaje y lo corrobora el toro bravo.
Todos los autores renacentistas de los siglos XVI y XVII, e incluso del XVIII, hablan maravillas del caballo español y, más concretamente, del andaluz. Empezando por Fiaschi, Grisone (por entonces español), Newcastle, La Broue, Pluvinel, Barón d’Eisenberg, La Guérinière, Buffon y alguno más, todos hablan maravillas de nuestros caballos.
Y la mejor literatura hípica de los citados tres siglos creo que también es la ibérica. Y lo que sí puedo asegurar es que es la más desconocida del mundo. Pero este será otro tema que desarrollaré más adelante.










