El noble arte de la Fiesta Brava

PorFernando Navarro

junio 23, 2026

Hablar de España es hablar de arte, de historia, de vino, de siesta, de sol, de flamenco y de “Toros”, téngase o no afición por la muy noble Fiesta Brava.

A las cinco en punto de la tarde, hora del té británico, resuenan con unísono esplendor clarines, timbales y trompetas, al ritmo de pasodoble, en los ruedos taurinos de la geografía hispana: El gato montés, Gallito, Suspiros de España, Amparito Roca, Manolete, España Cañí… marcan la salida a la arena de cuadrillas y maestros en noble “paseíllo” hacia el palco de autoridades.

Encabezan el desfile los alguacilillos a lomos de sus caballos, seguidos de los diestros: el veterano a la derecha, en el centro el novicio, y a la izquierda el intermedio. Como colofón, cerrando la comitiva, banderilleros, picadores, monosabios, areneros y los mulilleros en el lugar postrero.

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El presidente, desde el palco de autoridades, ondea al viento el níveo pañuelo que da comienzo al festejo; suenan de nuevo clarines y timbales en la plaza, engalanada de oro y gualda, con el tendido hasta la bandera, aguardando en silencio lapidario el tercio de varas.

En el ruedo, el maestro, genuflexo en la arena, recibe a puerta gayola al morlaco, que arranca bravo y ciego del toril. El toro azabache, bragado, astifino, abigarrado, de casta, bravura y tronío, recorre altanero el coso con paso firme y mirada desafiante. El torero lo estudia, intentando destapar sus defectos y virtudes. Voltea el capote y con pases de verónicas, chicuelinas y serpentinas lo lleva a su terreno.

Un nuevo pañuelo anuncia el cambio de tercio. Suenan los clarines, trapo rojo y empieza tercio de banderillas: el primer par al quiebro, el segundo al recorte y el tercero galleando. Faena de capote, dos naturales, uno de pecho, el pase de desprecio y cambio al tercio de muerte.

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Tensión en el ruedo, el toro domina la escena, el matador lo cita, lo observa, lo cuadra y lo encara. La muleta en la arena, la lía, arma el brazo, lo alarga, adelanta un pie, fija el otro, y el toro arranca, noble y fuerte en valiente embestida. El maestro lo recibe y de un certero golpe hunde el estoque hasta la bola. El animal se encoge, se desploma, resopla, se rinde… Su mirada infinita, vacía, suplicante, agonizante, se pierde sobre el charco de sangre derramada. Nuevo repique de clarines con el público entregado agitando una riza nube de níveos pañuelos. Bordado azul, oreja, rabo y vuelta al ruedo. La montera vuela hasta la tribuna mientras las mulillas acarrean el astado hasta el patio de arrastre, donde recibe su último homenaje.

El maestro, camina altanero hacia el palco de autoridades, brinda su trofeo y nueva vuelta a la plaza a hombros de su cuadrilla. Momento intenso para el recuerdo. Se retira despacio, saludando agradecido por la gloria alcanzada, con la mirada eterna en el firmamento azul; con los brazos en alto, se despide del gentío enaltecido, a hombros de su cuadrilla, por la puerta grande.

Así es una tarde de toros.

En cualquiera de las artes -pintura, escultura, música o literatura- los artistas han dejado muestras de su talento, inspirado en el noble arte del “toreo”.

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La historia y la cultura constituyen la esencia de un pueblo, forjada en sus costumbres, creencias y tradiciones. A ese libro inconcluso se van sumando nuevos capítulos con distintos escenarios y personajes que añaden versos inéditos a esa prosa poética del complejo mundo taurino.

Negar ese arte es negar una realidad histórica y cultural. Hay que pisar la tierra de las dehesas, observar a las reses en su hábitat, templarlas, cuidarlas, mimarlas… y después, si se desea, opinar scientia causae (con conocimiento de causa), porque ese es el verdadero mundo del toro.

La narrativa literaria sobre la tauromaquia española se remonta al siglo XVI con Tirso de Molina en su comedia “la lealtad contra la envidia” y un siglo después con Juan Ruiz de Alarcón en “todo es Ventura”.

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Calderón de la Barca, Góngora, Quevedo o Gustavo Adolfo Bécquer también dejaron constancia de su ingenio, al igual que Nicolás Fernández Moratín en su célebre poema “Fiesta de toros de Madrid”.

Sin embargo, fue en el siglo XIX cuando la tauromaquia irrumpió con verdadera fuerza en el panorama literario español de la mano del Duque de Rivas, José Velarde o Ramón María del Valle Inclán, entre otros.

No obstante, fue, probablemente, el poeta Federico García Lorca, el mayor exponente del universo taurino en la literatura española del siglo XX. Fue uno de los más destacados de la Generación del 27 y en cierta ocasión afirmó: “el toreo es probablemente la riqueza poética y vital de España”. los toros son la fiesta más culta que hay en el mundo”. Así lo reflejó con magistral maestría en su poema “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, un homenaje al torero fallecido por una cornada del toro ‘Granadino’ en la plaza de Manzanares. Curiosamente se llamaba “Granadino”, gentilicio de Granada, ciudad natalicia de García Lorca.

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José Bergamín dejó su impronta con estas inigualables estrofas:

Ni el torero mata al toro / Ni el toro mata al torero / Los dos se juegan la vida /

al mismo azaroso juego.

Gerardo Diego, Manuel Machado o los excepcionales versos deRafael Morales:

Una mano de niebla temerosa / Llegó a tu corazón, doliente y fría / Y aprieta lentamente como haría / El aire más sereno con la rosa.

A esa lista interminable podrían añadirse nombres destacados como Miguel Hernández, Antonio Gala, Santos Chocano,Blasco Ibáñez, Jorge Guillén, Alberti…

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Alberti le decía a su padre que estudiaba Medicina, cuando en realidad no había terminado ni el bachillerato, sin embargo, logró el sueño de ser torero por un día cuando saltó al ruedo, como un miembro más de la cuadrilla, haciendo “el paseíllo” vestido de luces junto a su íntimo amigo Ignacio Sánchez Mejías.

Al otro lado del Atlántico, los escritores colombianos Gabriel García Márquez y Antonio Caballero defendieron con entusiasmo su pasión por la tauromaquia. Solían asistir a las plazas de toros de Colombia, México o España. En una ocasión Antonio Borrero, “Chamaco”, le brindó una faena a García Márquez en Bogotá y José Miguel Arroyo “Joselito” le dedicó un toro en Las Ventas, durante la Feria de San Isidro. La última vez que se vio a ‘Gabo’ en una corrida fue el 8 de febrero de 2014 en la Plaza de Toros de Juriquilla en Querétaro, México.

Paralelamente, el Nobel hispano-peruano Mario Vargas Llosa también se confesó partidario de los toros y afirmó que Las corridas son un “culto amoroso y delicado en el que el toro es el rey”.  

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La Fiesta de los toros es un patrimonio de primer orden, como atestiguaron personalidades de la talla de Hemingway, Orson Welles, Ava Gardner, James Dean, Uderzo, Julio Cortázar, Muhammad Ali, Gloria Swanson, Tom Jones, The Beatles o Sharon Stone, para quien «los toros son la poesía de España». A ellos habría que sumar una extensa nómina de Premios Nobel, músicos, dramaturgos, científicos, pintores, arquitectos…

Hemingway, el Nobel norteamericano que universalizó el toreo, se enamoró de España y de los toros durante una visita a Pamplona en 1923. Le impactó de tal manera la fiesta de los sanfermines que prometió regresar cada año. Así lo hizo entre 1923 y 1931, retomando su costumbre en 1953.

Más tarde publicó “Fiesta”,cuyo protagonista era el torero Pedro Romero. En su siguiente novela: “Muerte en la tarde”, describió la ceremonia y tradiciones de las corridas de toros y en “Verano sangriento” relata la lucha cruenta que mantuvieron Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín, durante la temporada de 1959. 

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Pensaba volver a Pamplona en 1961, pero se suicidó el 2 de julio de ese mismo año, con un disparo de escopeta, la víspera de viajar a España. En el cajón de su mesita de noche se encontraron el billete de avión y el abono para las corridas de San Fermín, que estaba a punto de comenzar.

Manuel Chaves Nogales escribió una obra, sobre el matador Juan Belmonte que está considerada como la mejor biografía española del siglo XX.

Dominique Lapierre y Larry Collins publicaron “O llevarás luto por mí” una novela, convertida en Best Seller, basada en la vida del matador  Manuel Benítez “El Cordobés».

El asturiano Ramón Pérez de Ayala, autor de A.M.D.G, miembro de la Real Academia Española de la Lengua, embajador de España en Londres y director del Museo del Prado, manifestó abiertamente su afición por la tauromaquia. En cierta ocasión le preguntaron sobre la crueldad de las corridas de toros, repondió al periodista: “Lleva usted razón, si fuera presidente del gobierno las suprimiría, pero entre tanto pienso asistir a todas”.

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Antonio Gala formuló una reflexión que personalmente considero irrefutable: “por encima de diferencias políticas, ideológicas y económicas, hay dos cosas que unen a los pueblos hispánicos, a uno y otro lado del Atlántico: la lengua española y la cultura del toro”.

Las obras de Fernando Quiñones, Miguel Mihura, “El toro, mitos, ritos y juegos” de Alfonso Sastre, “Tauromaquia” de Juan Antonio Castro, “Cornada y el toro” de Francisco Nieva y “Ramírez” de José Luis Miranda, ya forman parte de la historia de la literatura taurina.

En 1926 Montherlant publicó “Los bestiarios” y Jean Cocteau sintió una profunda atracción por el flamenco y los toros hasta el punto que acompañó a Jaime Ostos durante la temporada de 1960, mientras escribía “Las orejas y el rabo”.

Amando de Miguel afirmó que en el lenguaje taurino, “la hora de la verdad” es la suerte de matar al toro, momento decisivo en el que se juzgan el coraje del toro y el talento del torero.

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Filósofos como Fernando Savater, Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y José María de Cossío fuero reconocidos defensores de la tauromaquia. Savater y Enrique Tierno Galván sostuvieron que muchas críticas de los antitaurinos nacen del desconocimiento, ya que el toro de lidia vive en libertad en su hábitat natural; sin las corridas se extinguirían el toro bravo y su ecosistema (las dehesas). En esa misma línea asegura Andrés Amorós que nadie ama más al toro que un buen aficionado a las corridas.

  Ortega y Gasset publicó en 1960 “la caza y los toros” donde explica la imposibilidad de estudiar la historia española sin considerar las corridas taurinas y añadió: “el toro es el animal que embiste, pero su furia no es ciega, como la humana”. Los astados verdaderamente peligrosos son los filosóficos, “los toros son una metáfora de la razón vita”. Ortega defendía sin pudor a los toreros: “Fuera de la plaza, eran grandes bohemios y grandes señores, lo que explicaba que frecuentaran el trato de los dos extremos sociales, el pueblo y la aristocracia. 

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Por su parte Agustín de Foxá hizo famosa una reflexión suya: “Los toreros de hoy en día son atléticos, cultos, hablan varios idiomas, flirtean con las señoritas de la alta sociedad y se curan con penicilina» no con aguardiente como los de antes”.

El 11 de agosto de 1931, desde la barrera de la plaza de toros de San Sebastián, Charles Chaplin saludó al público y dijo: «Un gran espectáculo. Ya no podré pasar sin corridas de toros».

Los principales museos de todo mundo están repletos de grandes obras de pintores famosos que se inspiraron en el arte taurino, entre los que cabe destacar a Goya, Tiziano, Sorolla, Picasso, Manet, Barceló, Botero, Miró, Vázquez, Zuloaga, Mayte Spinola, Manolo Ortega, Rosa Yagüe, Alejandro Yunta, Antonio Catalán, Sanchis Cirtés, Roberto Domingo, etc… No podemos olvidar la figura realista y emblemática de “El toro de Osborne”, cuya imagen impregna de grandeza y belleza el paisaje español. El icono taurino fue diseñado por Manolo Prieto, considerado uno de los grandes dibujantes y publicistas españoles del siglo XX.

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Uno de los máximos exponentes de la pintura fue Pablo Picasso, al que cautivaron las corridas de toros, desde muy temprana edad, cuando acompañaba a su padre a la plaza de toros de Málaga. Durante su estancia en Francia compartía su afición por la literatura, el flamenco y el recuerdo de España con Eugenio Arias, un exiliado afincado en Vallauris, con el que asistía a las corridas del sur de Francia para mantener vivos los recuerdos de su Málaga natal y de su Juventud.

Musicalmente el Pasodoble forma parte de la esencia de las Ferias taurinas; obras de ritmo y belleza incomparables como Nerva (Manuel Rojas), Suspiros de España (Antonio Álvarez Alonso), España Cañí (Pascual Marquina), El Gato Montés (Manuel Penella), Manolete (Pedro Orozco y José Ramos), Gallito (Santiago Lope Gonzalo), Amparito Roca (Jaime Teixidor), Valencia (José Padilla), etc…

Montes resumió el toreo en cuatro palabras: mucho toro, pocos pases y el estoque hasta la bola.

¡Suerte maestro!

Un comentario en «El noble arte de la Fiesta Brava»
  1. Muy bueno. Vale la pena leerlo, sobre todo los que no tienen cultura taurina para que se formen opinión frente a las embestidas antitaurinas, emitidas con cierta frecuencia por ignorantes

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