El amor es un estado idílico de felicidad absoluta, una fuerza poderosa de pasión incontrolable y espontánea. El amor es irreflexivo, impetuoso, involuntario, un fuego ardiente que todo lo puede y lo consume. Un impulso invisible que nos arrastra con inusitada vehemencia hacia la persona amada. Sin embargo, esa potencia volcánica y arrasadora puede traicionarnos subyugándonos y precipitándonos hacia el averno.

El enamoramiento es un aspecto emocional inherente a la raza humana, que florece súbitamente cuando se percibe una atracción irresistible hacia otra persona. Es un sentimiento apasionado que afecta nuestra manera de pensar, de sentir y de actuar; es como un aguijón venenoso que nos inyecta alegría, entusiasmo y un deseo irrefrenable de estar junto a la persona amada. Es un concepto universal de afinidad armónica, de afectividad y comprensión infinita entre dos amantes que se corresponden, creando un vínculo afectivo que se perpetúa. El amor es egoísta, altruista y exige pasión, intimidad, confianza, compromiso, reciprocidad y deseo.

El amor es una experiencia tan difícil de entender para los que no lo han conocido, como de describir para los que sí lo han experimentado.

Desde la noche de los tiempos, la ciencia ha intentado demostrar científicamente un fenómeno que no obedece a las normas anatómicas y fisiológicas del cuerpo humano: el enamoramiento.

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Según el escéptico y frío punto de vista científico, el idílico sueño romántico de los enamorados no es más que una concatenación de síntomas provocados por el efecto de determinadas hormonas. De ser cierto, el sentimiento del amor no florece en el corazón, sino en el cerebro, el máximo responsable de la liberación de esas hormonas y neurotransmisores.

Desde el prisma fisiológico-anatómico, el sistema límbico cerebral estimula la secreción de neurotransmisores como la dopamina, serotonina o feniletalimina que van a ser parte esencial en el mecanismo del enamoramiento.

Estos mensajeros químicos provocan estímulos gratificantes como el placer y la euforia. La serotonina, conocida como la ‘hormona de la felicidad’, está relaciona con el estado de ánimo y provoca una atracción incontrolada hacia determinadas experiencias, como las adiciones o el amor.

Los niveles de cortisol aumentan en las fases iniciales del amor romántico: el pulso se acelera, las palmas sudan, las mejillas se encienden, deja de sentirse hambre, sueño y hasta de pensar con objetividad.

La Biblia dice: El amor es paciente, es bondadoso, no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso, no es egoísta ni se enoja fácilmente. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. Corintios 13:4 ,7

¿Las emociones pueden cuantificarse?

El enamorado busca la fórmula que le permita seducir y conquistar a la persona amada. Las emociones se desbordan provocando un revoloteo de mariposas en la mente del enamorado.

Varias razones nos hacen sospechar que el amor se mantiene vivo: el corazón se acelera, las palmas se vuelven frías y sudorosas, las mejillas se sonrojan, se pierde el apetito y crece la intranquilidad, la pasión y la ansiedad.

Ya se lo decía Don Quijote a su amada Dulcinea: “Si estuviéramos toda la vida con ansiedad, con pajaritos en la cabeza, mariposas en el estómago, y sin capacidad para concentrarnos, el mundo funcionaría muy mal. 

El amor es una manifestación de afecto, comprensión, atracción y compasión entre dos personas que se aman, pero existe una clara diferencia entre amor y enamoramiento. 

El enamoramiento es un acto irreflexivo, impulsivo, involuntario, incontrolable y perecedero. En esta fase el sexo juega un papel importante, pero no determinante. En cambio el amor a largo plazo se consigue con el conocimiento del otro; la excitación y la euforia disminuyen y el amor se hace más apacible, más calmoso, más seguro, la unión se va consolidando y el sexo va perdiendo su protagonismo.

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Para Romans Demaría el amor es un factor protector contra la depresión y la ansiedad, incluso contra las enfermedades cardiovasculares. “Cuando una persona establece relaciones de amor estables y duraderas con su pareja y su entorno, logra mayor bienestar físico y emocional”.  

Schopenhauer afirmaba que el amor nace siempre de una atracción física; el hombre ama a una mujer cuya belleza responde a su ideal. El amor va decreciendo en el hombre apenas el placer se ha conseguido, mientras que en la mujer se incrementa desde ese mismo instante. Otra evidencia que sostiene la misoginia de Schopenhauer.

Ortega decía que en el amor ocurre como en la política: los hombres que lo han vivido intensamente no son capaces de expresarlo y los que menos lo han experimentado se creen doctores en la materia. Al mismo tiempo distingue entre amor y enamoramiento y en el “amor de enamoramiento”.

El escritor francés André Maurois afirmó que “El amor físico es un instinto natural como el hambre y la sed, pero la permanencia del amor no es un instinto”. Ortega opinó al respecto que el amor es “un hecho poco frecuente que solo ciertas almas pueden llegar a sentir, un talento específico que algunos seres poseen”

El también escritor francés Stendhal afirmaba que el amor se da por etapas: admiración, cristalización e idealización. Pero Ortega no cree en las etapas ni que el amor se equivoque o sea ciego. “No solo no ve lo real, sino que lo suplanta” y califica a Stendhal de idealista, un teórico de los sentimientos que “ni verdaderamente amó ni, sobre todo, verdaderamente fue amado”.

El enamoramiento tiende a ser más irracional y suele estar alimentado por la idealización de la otra persona. El amor es más racional y profundo, está basado en el afecto y la comunicación por lo que implica un conocimiento más realista y la aceptación de la pareja. El enamoramiento puede surgir rápidamente por expectativas como la atracción física. El amor se fragua a fuego lento, necesita tiempo, comprensión, paciencia…

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¿Es eterno el amor?

Según Fisher el enamoramiento suele terminar después de un año, 17 meses para ser exactos, probablemente cuando empieza a disminuir la liberación de neurotransmisores cerebrales. En ese tiempo desciende la idealización, dando paso a una visión más realista de la relación.

Javier Marías, a pesar de que describió, en 408 páginas, la que probablemente sea su mejor novela, “enamoramientos”, dijo: “De hecho, soy escéptico acerca del enamoramiento. En general, el amor es visto como algo positivo, pero a menudo saca a relucir nuestros lados más oscuros.

William Shakespeare lo describió como un fuego ardiente que consume todo a su paso.

Para Emily Brontë es una fuerza arrolladora que trasciende barreras sociales y desafía todas las convenciones. No difiere mucho de la romanticona Jane Austen: es una elección racional, basada en la compatibilidad y el respeto mutuo.

El filósofo alemán Nietzsche, desde su perspectiva nihilista, tiene una visión más crítica: “es una ilusión, una construcción social que nos impide ver la realidad tal como es”. Proust lo observa como una memoria que se pierde y se reconstruye en el tiempo. Neruda no puede evitar su faceta poética: es un canto a la vida y a la naturaleza. Plath, mucho más prosaica y sombría, lo vive como una presencia dolorosa, como una sombra que se desvanece…

Según Albert Camus el amor obedece a sentimientos biológicos temporales, que no son exclusivos y no implican compromiso alguno, pero, “No ser amados es una simple desventura; la verdadera desgracia es no amar.”

Para el inefable Miguel de Cervantes: “El amor es invisible y entra y sale por donde quiere, sin que nadie le pida cuenta de sus hechos.” más filosófico fue José Ortega y Gasset: “La belleza que atrae rara vez coincide con la belleza que enamora.” O, como dice el refranero popular: “el amor y la mortaja del cielo baja”.

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La historia, el cine y la literatura están repletos de parejas que se enamoraron y desenamoraron con desenlaces románticos o turbulentos, a veces. El amor de Enma Bovary por Rodolphe y Léon, que le llevó al suicidio con una dosis letal de arsénico en la botica de monsieur Homier; Romeo y Julieta, Isabel Segura y Diego Martínez de Marcilla (los amantes de Teruel), Marco Antonio y Cleopatra, Paris y Helena, Ulises y Penélope, Jennifer Cavilleri (Ali McGraw) y Oliver Barret (Ryan O´neal) en Love Story, Sam Wheat (Patrik Swayze) y Molly Jensen (Demy Moore) en Gost, Edward Lewis (Richard Gere) y Vivian Ward (Julia Roberts) en Pretty Woman….

Amores, enamoramientos, caprichos, romanticismo ¿Qué hay de verdad?

Durante las décadas de los años 60 y 70, con el florecimiento del boom literario latinoamericano, la editora Carmen Balcells elevó al estrellato a una serie de autores que dieron paso a una nueva forma de literatura conocida como “realismo mágico”.

Fueron muchos los que opinaban como Cardona: El Boom, más que un fenómeno literario, editorial, cultural y social, fue un invento de las editoriales para aumentar sus ventas.

Los máximos exponentes fueron el argentino Julio Cortázar, el mexicano Carlos Fuentes, el colombiano Gabriel García Márquez y el peruano Mario Vargas Llosa. 

Julio Cortázar se casó con Aurora Bernárdez, a la que dejó tras conocer a la lituana Ugné Karvelis, con la que vivió un romance hasta que, durante un viaje a Polonia, conoció a la joven escritora estadounidense Carol Dunlop. Es el amor de mi vida -dijo. Se casaron y vivieron felices hasta que enfermó Carol. Julio permaneció a su lado, cuidándola, hasta el final de sus días, lo mismo que, más tarde, hizo Aurora Bernárdez cuando enfermó Cortázar.

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La vida amorosa de Mario Vargas Llosa fue un tanto ajetreada. A los 18 años se casó con Julia Urquidi, la “tía Julia”, hermana de Olga, la mujer de su tío Lucho, que ya había cumplido los 30. Tras diez años de una vida intensa y feliz, la abandonó para casarse con la “prima Patricia, hija de los tíos Lucho y Olga. Durante la ceremonia de la boda, su madre, “Dorita” le pedía fervorosamente a Dios que Marito no se enamorase de otra mujer de la familia. Tras una larga etapa en Barcelona, durante el viaje de vuelta a Lima, a bordo del barco Rossini, Mario quedó prendado de la actriz peruana Susana Diez Canseco, una belleza a la que se unió al llegar al puerto de Callao, en Lima, abandonando a la prima Patricia y a sus hijos Álvaro, Gonzalo y Morgana. Más tarde, en Nueva York, hicieron las paces Patricia y Mario hasta que un nuevo idilio con Isabel Presley le separó de nuevo de Patricia. No obstante, al final de sus días las aguas regresaron a su cauce y Mario volvió a su casa de Barranco, en Lima, y a su lecho conyugal con Patricia, con la que vivió una etapa dichosa y sosegada, hasta el final de sus días.

Gabriel García Márquez difirió de ellos en ese aspecto. Con 14 años conoció a Mercedes Barcha y le dijo que se casaría con ella, lo cumplió, y nunca se separó de su lado. También es cierto, y eso le trajo más de un problema, que le gustaba visitar con alguna frecuencia los burdeles y a las putas caras como, las que le proporcionaba su amigo Fidel Castro durante sus visitas a La Habana.

De los cuatro, el más intrépido en asuntos amorosos fue Carlos Fuentes, el dandy de las fiestas de los 50. La escritora Guadalupe Loaeza comentó en una ocasión: “Era un partidazo», joven, simpático y muy popular entre las hijas de los embajadores.

María Pilar Serrano, esposa del escritor chileno José Donoso, recuerda las navidades de 1971 en Barcelona. Estaban reunidos junto a los Cortázar, los García Márquez y los Vargas Llosa y esperaban la llegada de Fuentes con su acompañante: “Era el donjuán oficial del grupo y nadie dudaba de que, francesa o mexicana, su pareja sería sin duda despampanante. Y lo fue; Rita Macedo era la actriz mexicana del momento y poco después se convertiría en su esposa. Rita se suicidó en 1993.

Durante un viaje a Durango conoció a Jean Seberg, protagonista con Belmondo en “La gran escapada” y con Clin Esatwood y Lee Marvin en “La leyenda de la ciudad sin nombre”. Jean puso fin a su vida en 1979, con una dosis letal de barbitúricos. Tenía 41 años, cuatro matrimonios y tres divorcios.

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Más tarde entró en su vida Silvia Lemus, brillante, inteligente, bella, pero vulnerable. Con ella tuvo dos hijos: Carlos y Natasha, los dos fallecieron a temprana edad.

Tras la muerte de Carlos Fuentes, Cecilia, la hija de Carlos y de Rita Macedo publicó en sus memorias que su padre fue un gran escritor, pero un mal padre. Era muy infiel, la antihonradez emocional, pero le afectó mucho que varias de sus “princesas” se suicidaran: Gloria Candano, Patricia Ospina…, pero cuando Arabela Arbenz se quitó la vida el impacto fue tremendo. Carlos dijo: Tendré que hacerme una limpia.

Ya no cabían más rayas en la piel del tigre.

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