- El gran erudito valenciano de la Ilustración que hizo de los libros, las lenguas antiguas y la investigación histórica la razón de su vida
Hay hombres que destacan por una obra concreta y otros cuya verdadera obra fue una vida entera dedicada al conocimiento. Francisco Pérez Bayer pertenece a estos últimos. Humanista, filólogo, orientalista, arqueólogo, numismático, bibliotecario, eclesiástico y viajero, fue una de las grandes figuras intelectuales valencianas del siglo XVIII.
Nació en Valencia en 1711 y murió en la misma ciudad en 1794. Entre ambas fechas transcurrieron más de ochenta años en los que recorrió universidades y bibliotecas, estudió manuscritos, aprendió lenguas antiguas, viajó por Italia, reunió monedas y antigüedades, ocupó importantes cargos eclesiásticos y llegó a dirigir la Real Biblioteca, antecedente directo de la actual Biblioteca Nacional de España.
Su nombre quizá no tenga hoy la popularidad de otros personajes de la Ilustración española. Sin embargo, para comprender el desarrollo de los estudios históricos, filológicos y bibliográficos de aquella centuria resulta imprescindible acercarse a su figura.
Pérez Bayer perteneció a una época en la que el intelectual todavía podía aspirar a abarcar campos muy diferentes. Y él los abarcó casi todos.
Valencia, 1711: el nacimiento de un erudito
Francisco Pérez Bayer nació en Valencia el 11 de noviembre de 1711. La Biblioteca Nacional de España, que conserva una parte fundamental de su legado y documentación, confirma tanto esa fecha como su muerte en Valencia el 27 de enero de 1794.
Su familia, sin embargo, tenía raíces fuera de la capital valenciana. Su padre, Pedro Pérez Lahuerta, procedía de Faldón, en Teruel, mientras que su madre, Josefa María Bayer, estaba vinculada a Castellón.
La infancia de Francisco no fue especialmente fácil. Quedó huérfano de padre siendo todavía niño y pasó parte de sus primeros años en Castellón. Allí comenzó a estudiar. Gramática. Latín. Literatura. Lo que entonces eran los fundamentos imprescindibles para cualquier muchacho que quisiera acceder a los estudios superiores. Desde muy pronto mostró una capacidad extraordinaria para las lenguas. Aquella facilidad acabaría marcando toda su existencia.
Un joven entre universidades
En 1725 regresó a Valencia e ingresó en su Universidad. Estudió Filosofía y otras materias humanísticas, pero su formación no quedó limitada a una sola institución. Continuó posteriormente sus estudios en la Universidad de Gandía, donde obtuvo grados relacionados con Derecho Canónico y Teología.
Después marchó a Salamanca. Ese desplazamiento fue importante. La Universidad de Salamanca seguía siendo una de las grandes instituciones académicas de la Monarquía Hispánica y ofrecía a un joven ambicioso la posibilidad de entrar en contacto con otros ambientes intelectuales.
Pérez Bayer estudiaba leyes, pero su curiosidad iba mucho más lejos. Mientras se preparaba jurídicamente, profundizaba en historia, lenguas clásicas y antigüedades. Ya empezaba a aparecer el hombre que sería durante el resto de su vida: un investigador incapaz de conformarse con una sola disciplina.
Hebreo, griego y latín: las puertas del pasado
Para Pérez Bayer, conocer una lengua antigua significaba algo más que aprender vocabulario y gramática. Era acceder directamente a las fuentes. En el siglo XVIII, un estudioso serio de la Antigüedad, de la Biblia o de los primeros documentos históricos necesitaba dominar idiomas que permitieran trabajar sin depender exclusivamente de traducciones.
El latín resultaba imprescindible. El griego abría las puertas de una inmensa tradición literaria e histórica. Y el hebreo permitía adentrarse en los textos bíblicos y en una tradición filológica que despertaba un enorme interés entre los eruditos europeos. Pérez Bayer llegó a dominar especialmente estos campos. Su reputación como hebraísta fue creciendo hasta convertirlo en una autoridad.
Profesor en Salamanca
En Salamanca desarrolló una importante actividad docente. La antigua biografía recuerda sus enseñanzas de latín y jurisprudencia. Su carrera universitaria estuvo acompañada por un interés cada vez mayor por el estudio histórico y filológico.
Pero Pérez Bayer no entendía la erudición como mera acumulación de citas. Quería comprobar. Comparar. Leer documentos. Examinar inscripciones. Estudiar monedas. Consultar manuscritos. Aquella actitud resulta fundamental para comprenderlo.
El siglo XVIII estaba cambiando la forma de escribir la historia. Cada vez adquirían mayor importancia la crítica documental y la comprobación de las fuentes. Pérez Bayer participó plenamente en esa transformación.
Regreso a Valencia
En la década de 1740 regresó a su ciudad natal y obtuvo una cátedra relacionada con la lengua hebrea en la Universidad de Valencia. Su prestigio intelectual continuó creciendo. Ya no era únicamente aquel joven estudiante que había recorrido Gandía y Salamanca. Era un especialista reconocido. Y su capacidad acabaría llamando la atención de uno de los personajes más poderosos de la cultura española del siglo XVIII:
Fernando VI.
La corte necesitaba hombres capaces de organizar bibliotecas, estudiar manuscritos y desarrollar proyectos culturales. Pérez Bayer encajaba perfectamente en ese nuevo modelo de erudito ilustrado.
Toledo y el estudio de los manuscritos
En 1750 fue enviado a Toledo para trabajar en cuestiones relacionadas con los fondos bibliográficos y manuscritos. La ciudad conservaba extraordinarias colecciones documentales. Para un hombre como Pérez Bayer aquello debía de representar un auténtico tesoro.
Imaginemos por un momento el trabajo. No existían catálogos digitales. No había fotografías. Ni reproducciones instantáneas. El investigador tenía delante códices que podían llevar siglos guardados en bibliotecas eclesiásticas.
Había que abrirlos. Leerlos. Identificar la escritura. Determinar su contenido. Compararlos con otros ejemplares. Tomar notas a mano. Y decidir qué importancia podían tener. Ese fue el mundo de Pérez Bayer.
Italia: el gran viaje intelectual
En 1754 comenzó uno de los episodios decisivos de su trayectoria: su viaje a Italia. No fue un viaje turístico. Fue una verdadera expedición intelectual.
Roma, Bolonia, Florencia y otras ciudades italianas conservaban algunas de las bibliotecas, colecciones de antigüedades y fondos manuscritos más importantes de Europa. Pérez Bayer tuvo la oportunidad de entrar en contacto con eruditos italianos y estudiar directamente aquellas colecciones.
Uno de los nombres fundamentales fue el del cardenal Angelo Maria Querini, importante bibliófilo y hombre de cultura. También mantuvo contacto con especialistas vinculados a la Biblioteca Ambrosiana de Milán y visitó instituciones académicas y religiosas. Italia amplió definitivamente sus horizontes.
Cuando una moneda era un documento histórico
Una de las grandes pasiones de Pérez Bayer fue la numismática. Hoy podemos contemplar una moneda antigua en una vitrina y verla simplemente como un objeto curioso. Para un historiador como él era mucho más. Una moneda podía proporcionar el nombre de un gobernante.
Una fecha. Un título político. La imagen de una divinidad. El nombre de una ciudad. Una inscripción. Una lengua. Incluso información sobre intercambios económicos y relaciones entre territorios.
En una época en la que la arqueología moderna apenas estaba naciendo, la numismática se convirtió en una herramienta fundamental para reconstruir el pasado. Pérez Bayer comprendió perfectamente su valor. Por eso reunió, estudió y clasificó monedas e inscripciones. Para él, una pequeña pieza de metal podía contar una historia de dos mil años.
El estudio de las lenguas antiguas de Hispania
Otra de sus grandes preocupaciones fue investigar los testimonios lingüísticos de la Península anteriores y contemporáneos a la romanización. Aquí es necesario introducir una importante precisión histórica.
Los estudios del siglo XVIII sobre las antiguas escrituras hispánicas estaban todavía en una fase muy inicial. Los investigadores carecían de muchos de los descubrimientos arqueológicos y avances lingüísticos posteriores.
Por tanto, algunas interpretaciones de Pérez Bayer quedaron inevitablemente superadas. Pero eso no disminuye la importancia de su trabajo.
Lo verdaderamente innovador fue el método. Comparaba alfabetos. Analizaba inscripciones. Estudiaba monedas. Buscaba correspondencias entre signos. Intentaba reconstruir sistemas de escritura desaparecidos. En lugar de limitarse a repetir lo que habían afirmado autores anteriores, acudía a los objetos. Esa voluntad de trabajar directamente con las evidencias constituye una de sus mayores aportaciones.
Carlos III y la gran política cultural de la Ilustración
Durante el reinado de Carlos III, Pérez Bayer alcanzó la etapa de mayor influencia de su carrera.
La monarquía impulsó numerosas reformas relacionadas con educación, ciencia, bibliotecas, academias y patrimonio histórico. Pérez Bayer participó en aquel ambiente. Fue nombrado canónigo y recibió importantes encargos culturales y eclesiásticos.
También estuvo vinculado a la educación de los infantes reales, circunstancia que aumentó considerablemente su proximidad a la corte. Su carrera demuestra hasta qué punto el conocimiento podía convertirse en una vía hacia las más altas responsabilidades dentro de la cultura oficial de la Monarquía.
Una batalla alrededor de los libros
El siglo XVIII español vivió intensos debates sobre la enseñanza y sobre quién debía controlar determinadas instituciones educativas y culturales. Pérez Bayer participó en algunos de ellos.
Especialmente importante fue su intervención en la reorganización de los Colegios Mayores, instituciones que habían adquirido una enorme influencia dentro de la administración y de la Universidad. Aquí conviene evitar la imagen excesivamente sencilla del sabio aislado de la política.
Pérez Bayer fue un hombre de biblioteca, sí. Pero también conoció perfectamente los mecanismos de poder de la corte. Tuvo protectores. Participó en reformas. Mantuvo controversias. Defendió sus posiciones. La Ilustración no fue únicamente una historia de científicos encerrados entre libros. También fue una lucha por decidir qué conocimiento debía enseñarse y cómo debían organizarse las instituciones.
Director de la Real Biblioteca
En 1783 Pérez Bayer alcanzó uno de los cargos culminantes de su carrera al convertirse en bibliotecario mayor de la Real Biblioteca. No estamos hablando de una biblioteca cualquiera. La Real Biblioteca fundada por Felipe V era una de las principales instituciones culturales de la Monarquía y constituye el antecedente de la actual Biblioteca Nacional de España.
Para un hombre que había dedicado toda su vida a los libros, aquello suponía llegar prácticamente a la cima. Pero Pérez Bayer no entendía una biblioteca como un simple almacén.
Los libros debían estar identificados. Clasificados. Catalogados. Conservados. Y puestos al servicio del conocimiento. Ese concepto moderno de biblioteca explica buena parte de su trabajo.
El gran viaje por tierras valencianas
Uno de los episodios más fascinantes de su vejez fue el viaje que realizó por tierras valencianas en 1782. Pérez Bayer recorrió numerosas localidades observando monumentos, inscripciones, antigüedades, costumbres y paisajes.
Tomó notas. Describió lo que veía. Comparó restos arqueológicos. Habló con personas. Se interesó por la historia local. Su Diario del viaje desde Valencia a Andalucía y Portugal y otros testimonios viajeros forman parte de esa cultura ilustrada en la que viajar significaba investigar.
Para Pérez Bayer, desplazarse por un territorio era como abrir un enorme libro.
Cada pueblo podía contener una inscripción. Cada iglesia, un documento. Cada ruina, una pista. Cada moneda encontrada, una pregunta.
Benicàssim y la huella de Pérez Bayer
Su nombre quedó especialmente unido a Benicàssim. La tradición histórica de la localidad lo relaciona estrechamente con su desarrollo durante el siglo XVIII. Pérez Bayer poseía allí propiedades y desempeñó un papel relevante en la consolidación del núcleo urbano.
Por ello su memoria continúa teniendo una presencia especial en la población castellonense. Es una faceta interesante porque nos muestra al personaje fuera de los grandes despachos. No solamente estuvo relacionado con Madrid, Roma, Salamanca o Toledo. Su historia continuó profundamente vinculada a las tierras valencianas.
La biblioteca de toda una vida
Y llegamos quizá al aspecto más hermoso de su legado. Pérez Bayer reunió durante décadas una biblioteca extraordinaria. Para él los libros no eran objetos decorativos.
Los utilizaba. Los anotaba. Los comparaba. Los convertía en instrumentos de investigación. Había dedicado prácticamente toda su existencia a buscarlos. Al final de su vida tomó una decisión especialmente significativa: donó una parte muy importante de su biblioteca a la Universidad de Valencia.
La colección constituyó una aportación fundamental al patrimonio bibliográfico universitario. Aquellos libros que lo habían acompañado durante tantos años regresaban, de alguna manera, al lugar donde había comenzado su formación.
Miles de volúmenes para Valencia
La antigua biografía habla de aproximadamente 20.000 volúmenes, una cifra que debe manejarse con prudencia porque los recuentos históricos pueden variar dependiendo de si se contabilizan volúmenes físicos, obras, impresos y otros materiales. Pero incluso dejando de lado la cifra exacta, la magnitud de la donación fue extraordinaria.
No era simplemente una colección numerosa. Había ejemplares valiosos. Ediciones antiguas. Obras especializadas. Textos de filología. Historia. Teología. Lenguas orientales. Numismática. Literatura. Décadas de trabajo intelectual reunidas en estanterías. Pérez Bayer podía haberse desprendido de aquellos libros de muchas maneras. Eligió entregarlos a una institución valenciana.
1812: el fuego destruye parte de un sueño
Pérez Bayer murió antes de contemplar una de las mayores tragedias sufridas por aquel legado. Durante la Guerra de la Independencia, Valencia fue bombardeada y ocupada por las tropas francesas del mariscal Suchet. En enero de 1812, un incendio afectó gravemente a las instalaciones universitarias y destruyó una parte muy importante de sus fondos bibliográficos. Entre ellos se encontraban numerosos libros procedentes de la colección de Pérez Bayer.
La imagen resulta dolorosa. Libros buscados durante décadas. Comprados. Leídos. Transportados desde diferentes lugares. Cuidadosamente conservados. Desapareciendo en pocas horas entre las llamas. Sin embargo, una parte del patrimonio sobrevivió y la memoria de la donación continúa formando parte de la historia de la Biblioteca Histórica de la Universidad de València.
El investigador que no aceptaba respuestas fáciles
Existe una característica que atraviesa toda la trayectoria de Pérez Bayer. La curiosidad. Nunca parecía satisfecho con una única fuente.
Si encontraba una inscripción, quería descifrarla. Si aparecía una moneda, quería saber quién la había acuñado. Si encontraba un manuscrito, quería determinar su antigüedad. Si una palabra tenía un origen discutido, buscaba otras lenguas con las que compararla. Esa actitud lo sitúa plenamente dentro del espíritu ilustrado. Naturalmente, algunas de sus conclusiones fueron posteriormente corregidas.
Sería absurdo exigir a un investigador del siglo XVIII que conociera descubrimientos realizados durante los siglos XIX, XX o XXI. Su importancia reside en otra cosa: en la voluntad de investigar el pasado mediante testimonios materiales y documentales.
Entre la erudición y el poder
La figura de Pérez Bayer tampoco estuvo libre de controversias. Su proximidad a la corte y su intervención en determinadas reformas académicas generaron partidarios y adversarios. Como ocurre con muchas figuras de la Ilustración, sería incorrecto convertirlo simplemente en un héroe moderno enfrentado a un mundo atrasado.
Fue un hombre de su siglo. Eclesiástico. Servidor de la Monarquía. Erudito. Reformista en determinadas cuestiones. Y perfectamente integrado en las redes de influencia de su tiempo. Precisamente esa complejidad lo hace históricamente interesante.
1794: regreso definitivo a Valencia
Francisco Pérez Bayer murió en Valencia el 27 de enero de 1794. Tenía 82 años. Después de haber pasado por Salamanca, Toledo, Madrid, Roma y numerosas ciudades europeas y españolas, su vida terminó donde había comenzado.
En Valencia. Fue enterrado en la Catedral, aunque su memoria quedó también vinculada a otras instituciones valencianas que habían recibido su protección y su legado. Habían transcurrido más de ocho décadas desde que aquel niño huérfano comenzara a estudiar latín.
Ahora dejaba detrás una inmensa producción intelectual. Manuscritos. Libros. Monedas. Estudios. Catálogos. Correspondencia. Y una biblioteca construida durante toda una vida.
El valenciano que buscaba la historia en los objetos
Quizá la mejor manera de comprender a Pérez Bayer sea imaginarlo trabajando. No delante de una gran audiencia. No pronunciando un discurso solemne. Sino inclinado sobre una mesa. A un lado, una moneda antigua. Al otro, un manuscrito. Delante, papel y tinta.
Observando una inscripción casi borrada. Comparando una letra. Buscando una palabra hebrea. Intentando determinar quién había escrito aquel texto siglos atrás. Ahí aparece el verdadero Pérez Bayer.
Un detective del pasado antes de que existiera la moderna ciencia histórica.
Uno de los grandes sabios valencianos del siglo XVIII
Francisco Pérez Bayer pertenece a una extraordinaria generación de valencianos que participaron activamente en la renovación cultural y científica del siglo XVIII.
Si el Padre Tosca había representado unas décadas antes el despertar de las ciencias fisicomatemáticas valencianas, Pérez Bayer encarnó otra dimensión de aquel movimiento: la recuperación crítica del pasado.
Su territorio fueron las bibliotecas. Los archivos. Las lenguas antiguas. Las inscripciones. Las monedas. Los manuscritos. Viajó porque quería comprobar. Leyó porque quería comprender. Coleccionó porque quería conservar. Y escribió porque quería transmitir.
Su nombre quedó ligado a algunas de las instituciones culturales más importantes de España, pero nunca desapareció su vínculo con Valencia. Al final, incluso sus libros regresaron aquí. Y quizá ese sea el detalle que mejor resume toda su existencia.
Pérez Bayer dedicó más de medio siglo a reunir conocimiento procedente de muchos lugares de Europa. Cuando llegó el momento de pensar qué debía ocurrir con una parte esencial de aquel tesoro, decidió que continuara sirviendo para enseñar a otros.
Pasó toda una vida buscando el pasado y terminó dejando sus libros para el futuro.
Pedro Fuentes Caballero
Académico de la Real Academia de Cultura Valenciana correspondiente por Dénia
Presidente de la Asociación Cultural Roc Chabàs de Dénia
Agregado colaborador de la Sección de Cronistas Oficiales del Reino de la Real Acadèmia de Cultura Valenciana



















