Mi experiencia personal añadida a mi experiencia en los últimos cuatro meses en los que recibo notas de prensa diarias de la gestión de las instituciones, me permite dar mi opinión sobre una realidad que no se puede ocultar.
Hay dos formas muy diferentes de entender la política. Una consiste en resolver problemas, gestionar recursos públicos y mejorar la vida de los ciudadanos. La otra consiste en construir relatos permanentes, dividir a la sociedad en bloques enfrentados y convertir cualquier debate en una batalla ideológica. En la Comunidad Valenciana, esta diferencia se ha hecho especialmente visible durante los últimos años.
Buena parte de la izquierda valenciana parece haber encontrado en el relato su principal herramienta política. Cuando no gobierna, denuncia supuestas amenazas constantes contra la democracia, la cultura, la lengua o los derechos sociales. Cuando gobierna, con demasiada frecuencia sigue dedicando más esfuerzos a la construcción de discursos que a la solución de los problemas cotidianos de los ciudadanos. La política deja de ser un instrumento para gestionar y pasa a convertirse en un escenario de confrontación permanente.
El problema de esta estrategia es que necesita enemigos para sobrevivir. Quien no comparte sus planteamientos no es simplemente un adversario político, sino alguien a quien se atribuyen intenciones ocultas o intereses cuestionables. Se fomenta así un clima de polarización en el que resulta más importante desacreditar al contrario que debatir propuestas concretas. El ciudadano deja de ser el centro de la acción política y pasa a ser un espectador de conflictos ideológicos cuidadosamente alimentados.
Mientras tanto, la derecha valenciana ha intentado proyectar una imagen distinta. Con mayor o menor acierto, su discurso se centra en cuestiones como la creación de empleo, la atracción de inversiones, la construcción de vivienda, la mejora de las infraestructuras o la eficiencia de los servicios públicos. La prioridad no es ganar debates culturales en las redes sociales, sino ofrecer resultados tangibles que puedan percibirse en la vida diaria de los valencianos.
Los ciudadanos no preguntan cada mañana por la última polémica ideológica, por la última corrupción socialista. Preguntan por el precio de la vivienda, por las listas de espera sanitarias, por la seguridad en sus barrios, por las oportunidades laborales de sus hijos o por el estado de las calles que recorren cada día. Es ahí donde se mide realmente la eficacia de un gobierno. Y es precisamente ahí donde la gestión adquiere más importancia que cualquier eslogan.
La Comunidad Valenciana necesita administraciones que planifiquen, ejecuten y rindan cuentas. Necesita responsables públicos capaces de pensar en el largo plazo y de anteponer los intereses generales a la confrontación partidista. Cuando la política se convierte en una sucesión interminable de relatos como hace siempre la izquierda, los problemas reales quedan relegados a un segundo plano. Cuando la gestión ocupa el lugar central como hace la derecha, los ciudadanos perciben mejoras concretas y recuperan la confianza en las instituciones.
Por supuesto, toda acción política tiene una dimensión ideológica. Nadie gobierna desde la neutralidad absoluta. Pero existe una diferencia fundamental entre tener principios y convertir la ideología en el único eje de la acción pública. La política debe servir para construir soluciones, no para fabricar enfrentamientos permanentes y problemas.
Quizá por eso una parte creciente de la sociedad valenciana parece reclamar menos consignas y más resultados. Menos confrontación y más eficacia. Menos relatos y más gestión. Porque al final, los ciudadanos no viven de los discursos políticos. Viven de las oportunidades que encuentran, de los servicios que reciben y de la capacidad de sus gobernantes para mejorar su día a día.
Por eso la gestión seria y responsable de la derecha no exenta de fallos lógicos es más atractiva a la ciudadanía que una política llena de relatos vacíos, falsos y claramente deshumanizados.
Para la izquierda es peor que se regalen unos trajes que joyas por valor de más de un millón de euros en joyas, no es lo mismo robar unas cremas en un super que robar dinero en mordidas para irse de put…
Esa es la historia, relato vacío versus gestión eficaz y efectiva.
Yo, lo tengo claro.
PEPE HERRERO

