Mario Gual, el artista fallero que pasó de las locomotoras del Oeste a Na Jordana

PorPepe Herrero

septiembre 25, 2026

Mario Gual tenía muy claro desde niño que quería hacer fallas. La historia comenzó viendo pasar el autobús del colegio por delante de una falla que, en 1990, plantó una locomotora del Oeste. Aquella escena le llamó tanto la atención que pidió a su padre que lo llevara a verla y, sobre todo, a verla arder. Desde entonces, las locomotoras se convirtieron en fallas y las fallas en una forma de vida.

No procedía de una familia vinculada al oficio. Su padre era ingeniero y su madre, enfermera. En casa, por tanto, nadie podía enseñarle cómo se construía una falla ni introducirle en el mundo de los talleres. Pero Mario decidió aprender por su cuenta. Empezó dibujando, probando con cartón y corcho y buscando respuestas donde podía. Con 15 o 16 años llegó aquella primera experiencia en una pequeña falla de San Juan, una hoguera levantada con los materiales que tenía a mano y que acabaría quemándose en la puerta de una tienda.

Fue el comienzo de un camino que emprendió prácticamente solo. Estudió Diseño Gráfico, aunque no terminó los estudios porque no pudo convertir su proyecto final en una falla. Su formación posterior también fue limitada. Aprendió trabajando, observando y, sobre todo, probando. Reconoce que copió mucho de los artistas que admiraba en los años noventa: Alfredo Ruiz, Monterrubio o Santa Eulalia fueron algunas de sus referencias. De cada uno fue tomando algo hasta construir su propia manera de hacer.

Su primera falla grande en València llegó en 2005, en Plaza Honduras. Fue una experiencia dura. Invirtió prácticamente un año entero de trabajo y dinero, pero la falla no obtuvo premio. Aquello le hizo preguntarse si realmente quería continuar. La respuesta llegó poco después, cuando en 2007 comenzó una nueva etapa en Humanista Furió. Allí consiguió plantar la falla grande y la infantil y ambas obtuvieron reconocimiento. También llegó un premio con una infantil de Montortal-Torrefiel.

A partir de entonces, el crecimiento fue rápido. Taller, trabajadores, más encargos y cada vez más responsabilidad. Mario recuerda aquellos años como una etapa en la que siempre trabajaba al límite de sus posibilidades. En 2010 llegó a realizar cuatro fallas grandes y cuatro infantiles, además de comenzar a asumir otros proyectos. También descubrió que hacer una falla no consistía únicamente en modelar y pintar: había que aprender a organizar equipos, controlar los tiempos, manejar presupuestos, preparar las estructuras y entender toda una maquinaria que él mismo desconocía cuando empezó.

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En ese aprendizaje tuvo un papel importante su padre, que le ayudó en los primeros años con las carpinterías y con el montaje del taller. De él conserva, además, una idea que ha marcado su manera de entender la profesión: dedicarse a algo que te guste hasta el punto de que lo harías aunque no te pagaran por ello. Mario, en cierto modo, sigue haciendo aquello que hacía de niño en su habitación, solo que ahora lo hace en una nave industrial.

Hay una palabra que aparece varias veces durante la conversación: organización. Para Gual, es probablemente la clave del oficio. Hay que saber administrar el dinero y, sobre todo, el tiempo. Y también aprender a convivir con factores que no dependen del artista. Entre ellos, el tiempo meteorológico. Recuerda sus primeros años con la sensación de que plantar una falla significaba tener buen tiempo. Después llegaron el viento, la lluvia y las noches pendientes de unas previsiones que podían cambiar en cuestión de horas.

La planta es, para Mario, el momento culminante de un año de trabajo. Por eso le cuesta desligarse emocionalmente de ella. Quiere verla tal y como la había imaginado y reconoce que las previsiones de lluvia le hacen pasar malos ratos. La falla no termina cuando sale del taller: todavía queda trasladarla, levantarla y comprobar que todo aquello que llevaba meses imaginando funciona en la calle.

Esa relación con su trabajo tiene también una explicación en su carácter. Mario se define como una persona solitaria. Le gusta pasar tiempo solo y asegura que es cuando mejor dibuja. No se considera un hombre especialmente fallero y nunca ha vivido la fiesta desde dentro de una comisión. Su relación con las Fallas ha sido siempre fundamentalmente profesional y artística.

En los últimos años, esa trayectoria le ha llevado de nuevo a la primera línea de la sección Especial. Su primera experiencia en la máxima categoría fue en 2014, con la antigua de Campanar, en un momento especialmente complicado por el presupuesto. Después llegaron las Hogueras de Alicante, también en Especial, y desde 2018 su vinculación con Na Jordana.

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La experiencia de este año ha tenido un significado especial. Gual volvió a plantar en Especial con Na Jordana y reconoce que la falla le dejó especialmente satisfecho. Buscaba una obra más divertida y luminosa que otros trabajos anteriores y puso especial atención en el tratamiento cromático. La pareja situada en el centro de la composición, el busto de Neptuno y la figura de su padre formaban parte de una propuesta que pretendía transmitir cierto caos, pero dentro de un conjunto ordenado.

El tercer premio fue recibido con nervios. Mario reconoce que nunca termina de creerse los comentarios previos y que suele prepararse para el peor escenario. Esa prudencia no le impidió tener unas expectativas concretas: esperaba estar entre el segundo y el quinto puesto y acabó en medio de esa horquilla.

Ahora ya trabaja en la siguiente. El proyecto de Na Jordana todavía está en fase de dibujo, mientras avanza al mismo tiempo con distintos encargos para Alicante. Tiene el guion preparado, pero reconoce que es una falla complicada y que necesita tiempo para ordenar todas las piezas.

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En Na Jordana ha encontrado, además, libertad para desarrollar su propio camino. Agradece especialmente el apoyo recibido durante estos años y la confianza de la comisión para dejarle trabajar a su manera. Pero esa libertad también supone una exigencia: no quedarse quieto.

Ese es probablemente el reto que Mario Gual se plantea ahora. Después de haber hecho cosas que considera importantes, quiere sorprenderse a sí mismo. Encontrar algo diferente, algo que vuelva a emocionarle. Porque, por encima de premios, secciones y presupuestos, sigue existiendo aquel niño que un día vio una locomotora del Oeste desde la ventanilla de un autobús y decidió que quería hacer fallas.

Con 42 años, Mario mira atrás y reconoce la evolución, pero no parece especialmente impresionado por ella. Su sensación es otra: todavía le queda mucho por aprender.

Y quizá esa sea una de las claves para entender su trayectoria. Después de más de dos décadas entre talleres, calles y plantas, sigue teniendo la curiosidad de aquel chaval que empezó a experimentar con corcho y cartón sin que nadie le explicara cómo se hacía una falla.

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