A las seis y veinte de la mañana, cuando la mayoría de Valencia todavía dormía, Tomás abrió la puerta de su taller. Le gustaba madrugar y a media mañana almorzar con los compañeros con tranquilidad.
No encendió las luces.
Se quedó unos segundos en la entrada, inmóvil, mirando hacia el interior.
Había algo diferente.
No sabía qué era.
Pero lo había.
Los talleres de los artistas falleros tienen un olor que no se parece a ningún otro. Madera, pintura, cola, poliestireno, polvo y ese perfume dulce y áspero del cartón recién trabajado.
Tomás llevaba treinta y nueve años respirándolo.
Conocía cada ruido de aquel lugar.
El crujido de una tabla.
El golpe de una espátula.
El zumbido de una lijadora.
Incluso el silencio.
Y aquella mañana el silencio era distinto.
Cerró la puerta detrás de él.
—¿Quién ha entrado aquí?
Nadie respondió.
Avanzó lentamente.
Al fondo del taller estaba la pieza más importante de la falla que debía plantar en una semana.
Una enorme cabeza de bufón de casi cuatro metros.
El remate.
La pieza que llevaba ocho meses dibujando, modelando, corrigiendo y pintando.
La pieza que, según Tomás, podía decidir si aquella falla sería recordada o simplemente quemada.
Se acercó.
Y entonces lo vio.
La cabeza estaba intacta.
Pero alguien había escrito una frase en la parte posterior.
Con pintura negra.
NO LA PLANTES.
Tomás sintió un escalofrío.
No porque le asustara la amenaza.
Sino porque reconocía aquella letra.
Era la letra de su padre.
Y su padre llevaba muerto once años.
Tomás no llamó a la policía.
Primero llamó a una persona.
—Lucía, necesito que vengas.
—¿Ahora?
—Ahora.
—¿Qué ha pasado?
Tomás miró de nuevo la frase.
—Han entrado en el taller.
—¿Han robado algo?
—No.
—Entonces, ¿qué?
Tomás tragó saliva.
—Han intentado salvarme la falla.
Lucía llegó veinte minutos después.
Era periodista y llevaba quince años cubriendo información fallera.
También era una de las pocas personas que conocía la historia familiar de Tomás.
—¿Dónde?
Él señaló la cabeza.
Lucía se acercó.
Leyó la frase.
Y se quedó completamente quieta.
—¿Esa letra…?
—Sí.
—¿La de tu padre?
Tomás asintió.
—¿Quién más la conoce?
—Nadie.
Lucía pasó los dedos por encima de la pintura sin tocarla.
—¿Cuándo descubriste esto?
—Hace media hora.
—¿Y la comisión?
—No sabe nada.
Lucía se volvió hacia él.
—¿Por qué no quieres que lo sepan?
Tomás tardó en responder.
—Porque si descubren lo que hay detrás, no plantarán la falla.
—¿Qué hay detrás?
Tomás respiró profundamente.
—Un secreto.
Once años atrás, su padre había muerto dejando el taller endeudado.
Era un hombre brillante.
También era un hombre difícil.
Había ganado premios, había tenido encargos importantes y había construido algunas de las fallas más recordadas de su época.
Pero nunca hablaba de su mayor fracaso.
La falla que había construido veintidós años antes.
Una falla que, según todos, había sido retirada antes de plantarse porque el proyecto había sufrido problemas económicos.
Tomás había crecido creyendo aquella historia.
Hasta seis meses atrás.
Entonces encontró por casualidad, escondida detrás de una pared falsa del taller, una carpeta.
Dentro había planos.
Fotografías.
Contratos.
Y una carta.
La falla no había sido retirada.
Había sido destruida.
Por orden del propio padre.
Porque alguien había descubierto que una de las figuras centrales contenía algo que nunca debía haber llegado a formar parte del monumento.
Tomás nunca supo qué.
La carta terminaba con una frase:
«Si algún día alguien encuentra esto, que no busque la verdad. Hay verdades que no merecen convertirse en memoria.»
Tomás había guardado la carpeta.
Y había continuado trabajando.
Hasta ahora.
Lucía quería saberlo todo.
Pero Tomás tenía una preocupación mayor.
—La falla se planta dentro de siete días.
—Lo sé.
—Y el remate está construido sobre el mismo concepto que utilizó mi padre.
Lucía levantó la mirada.
—¿Estás diciendo que…?
—Sí.
—¿Que puede haber algo escondido dentro?
Tomás asintió.
Durante horas revisaron los planos.
Hasta que encontraron una diferencia.
En el diseño original de la cabeza del bufón aparecía una pequeña abertura en la nuca.
En la versión definitiva no.
Tomás se quedó mirando el dibujo.
—Yo no la puse.
Lucía tampoco dijo nada.
Aquella noche desmontaron la pieza.
Tardaron tres horas.
Cuando finalmente consiguieron abrirla, encontraron una pequeña caja metálica.
Dentro había una fotografía.
Un pendrive.
Y una nota.
Tomás reconoció la letra.
Pero esta vez no era la de su padre.
Era la suya.
Una letra idéntica.
Una frase escrita cuando tenía nueve.
«Papá, algún día terminaré lo que tú empezaste.»
Tomás se quedó blanco.
No recordaba haber escrito aquello.
Lucía conectó el pendrive.
Había un solo archivo.
Un vídeo.
Su padre aparecía sentado en aquel mismo taller.
Parecía mucho más viejo de lo que Tomás recordaba.
—Si estás viendo esto —decía—, significa que has terminado la falla.
Tomás sintió que se le cerraba la garganta.
—Y también significa que has encontrado la caja.
Su padre sonrió.
—No te voy a pedir que me perdones.
Silencio.
—Lo que hice hace veintidós años fue destruir una falla para proteger a una persona. No para protegerme a mí.
La imagen se detuvo.
Después continuó.
—Aquella persona era tu madre.
Tomás se levantó bruscamente.
Lucía lo miró.
—¿Tu madre?
Él no respondió.
Hacía nueve años que su madre había muerto.
Siempre había pensado que había sido una enfermedad.
El vídeo continuó.
—Tu madre descubrió que la falla iba a utilizar una historia real para ridiculizar públicamente a una familia. Una historia que podía destruirles la vida. Me pidió que no la plantara.
Tomás sintió que las piernas le temblaban.
—Yo elegí destruirla.
La grabación terminó.
No había más.
Solo una última fotografía.
Su madre, joven, delante del taller.
Y detrás de ella, la falla.
La misma que todos habían creído que nunca llegó a existir.
Al día siguiente, Tomás reunió a la comisión. Dijo que algo grave pasaba con la falla.
El presidente llegó enfadado.
—¿Me puedes explicar qué significa esto?
Tomás puso sobre la mesa los planos.
—La falla no se va a plantar.
Hubo un silencio.
—¿Cómo qué no?
—No puedo plantarla.
—¿Después de ocho meses de trabajo?
—Sí.
El presidente golpeó la mesa.
—¡Nos vas a hundir!
Tomás lo miró.
—Puede ser.
—¿Y el dinero?
—Lo devolveré.
—¿Y la falla?
Tomás señaló la cabeza del bufón.
—Lo desmontaremos.
Algunos falleros protestaron.
Otros no entendían nada.
Entonces Tomás contó la historia.
Sin ocultar nada.
Cuando terminó, nadie habló. Se hizo el silencio.
Fue una mujer mayor, miembro de la comisión desde hacía más de cincuenta años, quien se levantó.
—Tu padre hizo lo correcto.
Tomás la miró.
—¿Cómo lo sabes?
Ella respiró profundamente.
—Porque yo estaba allí aquella noche.
Tomás sintió que el mundo se detenía.
—¿Tú?
—Yo le pedí que destruyera aquella falla.
La mujer miró la cabeza del bufón.
—Y me prometió que algún día construiría otra.
—¿Esta?
Ella negó con la cabeza.
—No.
Se acercó a Tomás.
—La que construyes cuando dejas de tener miedo.
La falla nunca se plantó.
Durante varios días, el taller permaneció abierto.
Tomás desmontó cada pieza.
Pero no las destruyó.
Las guardó.
Después hizo algo que nadie esperaba.
Construyó una nueva falla en tiempo récord.
Más pequeña.
Sin presupuesto.
Sin premios.
Sin patrocinadores.
Sin grandes figuras.
Solo una escena.
Un hombre frente a una falla que decide no plantarla.
Y debajo, una frase:
«No todo lo que puede arder merece hacerlo.»
Nadie de la comisión dijo nada. Aunque algunos pensaban que no debía de haber pasado. Algunos vecinos no entendían aquella falla tan poca cosa.
El día de la cremà, Tomás permaneció junto al monumento.
Lucía estaba a su lado.
—¿Estás seguro?
Él asintió.
—Sí.
La Fallera Mayor de la comisión prendió la mecha.
El fuego comenzó a subir.
Las figuras fueron desapareciendo.
El cartón se convirtió en ceniza.
La pintura se hizo humo.
Y cuando solo quedaba el remate, Tomás miró al cielo.
Por primera vez desde que había entrado en aquel oficio, no sintió que estaba perdiendo una obra.
Sintió que estaba terminando una historia.
Lucía se acercó.
—¿Y ahora qué?
Tomás sonrió.
—Ahora hacemos otra falla.
—¿Sobre qué?
Tomás miró las últimas llamas.
—Sobre algo que todavía no sabemos.
Y aquella fue, quizá, la primera vez que un artista fallero entendió que no todas las fallas nacen para ser recordadas.
Algunas nacen simplemente para permitirnos olvidar.
Tomás nunca supo quien escribió aquella frase. Tampoco lo intentó averiguar.
FIN




















