En la historia universal de la Iglesia, pocos valencianos han alcanzado una proyección tan extraordinaria como Alfonso de Borja y Cavanilles, conocido como el papa Calixto III. Nacido el 31 de diciembre de 1378 en la villa de Canals, en pleno corazón del Reino de Valencia, su vida representa el ascenso de un hombre formado en la tradición valenciana que llegó a ocupar una de las posiciones más influyentes del mundo cristiano.
Hijo de Domingo de Borja y de Francisca de Cabanilles, Alfonso creció en un entorno marcado por la cultura jurídica y la religiosidad. Desde muy joven destacó por su inteligencia y por una disciplina intelectual que lo llevó a iniciar sus estudios en Valencia y continuarlos en la Universidad de Lérida, donde se especializó en Teología y Derecho Canónico. Aquella sólida formación sería la base de una carrera eclesiástica y diplomática que pronto lo situaría en el centro de los acontecimientos europeos.
Un jurista valenciano en tiempos de división religiosa
El contexto histórico en el que vivió estuvo marcado por el Cisma de Occidente, un periodo de profundas tensiones en la Iglesia que enfrentó a distintos papas y puso en riesgo la unidad cristiana. Alfonso de Borja participó activamente en los esfuerzos por resolver aquella crisis. En 1416 asistió al Concilio de Constanza como delegado del cabildo catedralicio, interviniendo en debates decisivos para restaurar la estabilidad eclesiástica.
Su habilidad para la negociación y su prudencia política lo convirtieron en una figura respetada tanto por prelados como por monarcas. Fue clave en las gestiones que llevaron a la retirada del apoyo al antipapa Benedicto XIII, contribuyendo así al fin de una de las etapas más complejas de la historia religiosa europea.
Al servicio del rey Alfonso el Magnánimo
La trayectoria de Alfonso de Borja estuvo estrechamente vinculada al rey Alfonso V de Aragón, conocido como el Magnánimo. El monarca confió en él para misiones diplomáticas de gran relevancia, valorando su equilibrio y su capacidad para mediar en conflictos delicados. Durante estos años impulsó reformas religiosas en Valencia, apoyó la construcción de conventos y promovió iniciativas espirituales que reforzaron la vida religiosa del reino.
Su prestigio fue tal que el papa Eugenio IV lo nombró cardenal en 1444. En Roma se ganó la fama de hombre austero, prudente y profundamente comprometido con la defensa de la fe. Lejos de los excesos que más tarde se asociarían al apellido Borja, Alfonso destacó por una vida sencilla y por una visión pastoral centrada en la unidad cristiana.
La elección papal y el pontificado de Calixto III
Tras la muerte de Nicolás V, el cónclave de 1455 eligió a Alfonso de Borja como nuevo pontífice. A sus setenta y siete años asumió el nombre de Calixto III, convirtiéndose en uno de los papas más veteranos en acceder al trono de San Pedro. Su elección sorprendió a muchos, pero pronto demostró una firme determinación para afrontar los desafíos de su tiempo.
Uno de los principales objetivos de su pontificado fue la defensa de Europa frente al avance otomano. Organizó campañas para apoyar la resistencia cristiana y promovió iniciativas espirituales destinadas a fortalecer la unidad frente a la amenaza exterior. También impulsó la canonización de San Vicente Ferrer, otro valenciano ilustre, consolidando así el reconocimiento internacional de la espiritualidad valenciana.
Un pontífice entre la tradición y la renovación
Aunque su pontificado fue relativamente breve, dejó una huella profunda en la política eclesiástica. Favoreció la presencia valenciana en la Curia romana y abrió el camino a la proyección internacional de la familia Borja, que décadas más tarde alcanzaría una influencia notable durante el Renacimiento.
A diferencia de las figuras más polémicas que surgirían posteriormente dentro de su linaje, Calixto III fue recordado por su sencillez y por su compromiso con la reforma espiritual. Su gobierno buscó fortalecer la autoridad moral de la Iglesia en un momento de incertidumbre histórica.
Muerte y legado universal
El papa Calixto III falleció el 6 de agosto de 1458 en Roma, tras poco más de tres años al frente de la Iglesia. Sus restos fueron depositados en la basílica de San Pedro, aunque su memoria permaneció profundamente vinculada a su tierra natal valenciana.
Hoy, Alfonso de Borja simboliza la capacidad de un valenciano para alcanzar una dimensión universal sin renunciar a sus raíces. Su vida refleja una época en la que la diplomacia, la fe y la política se entrelazaban en un mundo en transformación, y su legado sigue siendo un ejemplo de liderazgo sereno y visión histórica.
Pedro Fuentes Caballero
Acadèmic de la Real Acadèmia de Cultura Valenciana corresponent per Dénia
President de l’Associació Cultural Roc Chabàs de Dénia





