Sánchez, un trumpismo de izquierdas. Opinión de Rafa Gorgues

PorRafa Gorgues

junio 24, 2026 #sanchez, #trump


Cometemos un error de bulto cuando pensamos el trumpismo como una ideología. No lo es. El trumpismo no es un programa económico, ni una postura sobre fronteras, ni una bandera concreta: es un método, una manera de relacionarse con la verdad, con la prensa y con los tribunales. Y precisamente por eso puede viajar de un extremo a otro del tablero sin despeinarse. Pedro Sánchez es la mejor prueba: un trumpismo progresista, el mismo manual con la bandera cambiada.

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El método tiene reglas fijas, y la primera es que la culpa nunca es del líder. Trump perdió las elecciones de 2020 y, en lugar de asumirlo, levantó la teoría del fraude que acabó en el asalto al Capitolio. Sánchez ve cómo los escándalos cercan a su entorno —el caso Cerdán, la trama Ábalos, las causas que rozan a su propia familia— y su respuesta no es la autocrítica, sino el relato del acoso. En ninguno de los dos hay nunca un error que reconocer; siempre hay un enemigo al que señalar. La diferencia es el decorado, no el guión.

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La segunda regla: la prensa que molesta no se discute, se descalifica. Trump bautizó como fake news a cualquier medio incómodo y convirtió el insulto en doctrina. Sánchez importó de Umberto Eco la expresión «máquina del fango» para describir, en aquellos cinco días de reflexión de abril de 2024, a los periodistas que publicaban sobre los negocios de su esposa. El movimiento es calcado: si una noticia incómoda, no es que sea inconveniente, es que es mentira, es que hay una conspiración. El ciudadano deja de juzgar hechos para elegir bando.

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La tercera regla apunta a los jueces. Cuando un tribunal investiga a Trump, la reacción automática es la witch hunt, la caza de brujas: magistrados politizados, fiscales resentidos. Cuando un juez instruye una causa que afecta a Sánchez o a los suyos, el vocabulario cambia de idioma pero no de fondo: lawfare, togas con ansia de protagonismo, una justicia que se extralimita por interés político. En los dos relatos, el juez deja de ser un servidor de la ley para convertirse en un conspirador más.

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Hasta aquí, el espejo. Pero lo verdaderamente eficaz del trumpismo progresista es su coartada moral, y ahí Sánchez incluso mejora al original. Trump dice defender al pueblo frente a la élite; Sánchez dice defender la democracia frente a la ultraderecha. Es la misma operación: envolver el blindaje personal en una causa noble. Si mi misión es salvar a la nación —o salvar al país del fascismo—, entonces cualquier control sobre mí queda automáticamente bajo sospecha. La prensa que fiscaliza ya no hace su trabajo: hace el juego al enemigo. El juez que investiga no aplica la ley: conspira contra el progreso. Y así, paradójicamente, en nombre de la democracia se erosiona exactamente aquello que sostiene la democracia: que el poder rinde cuentas.

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Por eso el trumpismo de izquierdas es más escurridizo que el de derechas. El de Trump se reconoce a la legua, agresivo y sin maquillaje. El de Sánchez viene vestido de antifascismo, de causa justa, de barrera moral, y eso desactiva las defensas de mucha gente que jamás aceptaría las mismas maniobras en un dirigente conservador. El método, sin embargo, es idéntico: deslegitimar de antemano a todo el que vigila.

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El trumpismo no tiene color; tiene manual. Y quien lo aplica desde la izquierda no es menos trumpista por hacerlo en nombre de causas hermosas. Lo es más, porque ha conseguido que media España aplauda como defensa de la democracia lo que, en otro, llamaría sin dudar autoritarismo.

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