La noche del 19 de marzo volvió a convertir a Valencia en un escenario de fuego y emoción. La Nit de la Cremà puso el broche final a unas Fallas multitudinarias, en las que tradición, arte efímero y pólvora se fundieron por última vez antes de quedar reducidos a cenizas.

Desde primeras horas de la tarde ya se respiraba ese ambiente de despedida. Las calles, todavía llenas tras días de fiesta, comenzaron a congregar a miles de personas alrededor de cada monumento. A las 20:00 ardieron las fallas infantiles y, con la llegada de la noche, el protagonismo pasó a los monumentos grandes, que empezaron a quemarse a partir de las 22:00 siguiendo el ritual habitual. 

El fuego avanzó de barrio en barrio hasta alcanzar su clímax en la plaza del Ayuntamiento. Allí, la falla municipal —“Hope”, dominada por un gran Charles Chaplin convertido en símbolo antibelicista— ardió entre aplausos, música y un castillo de fuegos artificiales que iluminó el cielo de la ciudad. 

En total, cerca de 760 monumentos falleros desaparecieron en una sola noche, cerrando cinco días intensos de celebración que, este año, han estado marcados por el buen tiempo y la ausencia de incidentes graves. 
La magnitud del evento se reflejó también en el dispositivo de seguridad: alrededor de 700 bomberos participaron en la vigilancia y control de las llamas, especialmente en las fallas de mayor tamaño o situadas cerca de edificios. 

La jornada final había comenzado, como manda la tradición, con una mascletà multitudinaria que reunió a decenas de miles de personas en el centro de la ciudad, anticipando una despedida a la altura de la fiesta. 
Así, entre el estruendo de la pólvora, el calor de las llamas y la emoción colectiva, las Fallas 2026 se despidieron fieles a su esencia: una celebración que nace para desaparecer, dejando tras de sí ceniza… y el recuerdo de otra fiesta irrepetible


