NUESTROS PERSONAJES VALENCIANOS. Vicente Coll Calduch, el hermano camilo que entregó su vida cuidando a los enfermos de Marines

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PorPedro Fuentes Caballero

noviembre 8, 2026
  • Nacido en Benifayó en 1881 y vinculado familiarmente a Manises, murió durante la epidemia de gripe de 1918
  • Su breve paso por Marines dejó una memoria que el municipio ha mantenido durante generaciones

Hay vidas cuya importancia no se mide por los cargos desempeñados, los honores recibidos o las páginas que ocupan en los libros de historia. Su grandeza reside en algo más sencillo y difícil: permanecer junto a quienes sufren cuando el miedo invita a marcharse.

La del hermano Vicente Coll Calduch pertenece a esas vidas. Religioso de la Orden de los Ministros de los Enfermos, conocida como Orden de San Camilo, murió en Marines en septiembre de 1918, después de acudir a una población castigada por la epidemia de gripe. Las fuentes de su congregación conservan su recuerdo entre los religiosos que fallecieron atendiendo a los contagiados, en cumplimiento de su vocación asistencial. 

Su historia fue recuperada por José María Moreno Royo, cronista oficial de Manises, en un artículo publicado en Las Provincias el 14 de junio de 1987. Aquel trabajo, conservado y difundido por el Ayuntamiento de Manises, constituye una referencia fundamental para reconstruir su semblanza. No obstante, al compararlo con publicaciones posteriores de los camilos aparecen algunas diferencias cronológicas que conviene señalar sin alterar el valor de su testimonio. 

De Benifayó a la vida religiosa

Vicente Coll Calduch nació el 1 de octubre de 1881 en Benifayó de Espioca, en la provincia de Valencia. Moreno Royo identifica a sus padres como Vicente Coll Monzó e Isabel Calduch Corell. Una publicación posterior de los camilos añade que su padre trabajaba como escribiente en el despacho del abogado Anselmo de la Cruz, aunque presenta una pequeña variación en la escritura del apellido materno. 

La relación con Manises procedía principalmente de su familia. Cuando Moreno Royo investigó su vida, varios de sus sobrinos residían allí y algunos de sus hermanos estaban enterrados en la población. Esa vinculación explica que se pensara que el religioso había nacido en Manises, una confusión que el propio cronista se ocupó de aclarar. 

La documentación camiliana sitúa su ingreso en la Orden el 28 de noviembre de 1898. Si se acepta como fecha de nacimiento el 1 de octubre de 1881, Vicente tenía entonces diecisiete años, y no dieciocho, como señala el artículo de 1987. Es una pequeña discrepancia que no modifica el sentido de su temprana decisión de dedicar la vida al cuidado de los enfermos. 

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Una vocación junto a la cama del enfermo

La trayectoria del hermano Coll estuvo vinculada a las comunidades camilianas de Valencia, Vic y Madrid. Su labor no consistía en ocupar un lugar destacado ante el público, sino en prestar una atención cercana y constante a quienes necesitaban ayuda. Las publicaciones de la Orden lo recuerdan por su generosidad asistencial y por una intensa vida espiritual que, según los testimonios recogidos, se reflejaba en su trato. 

Ese servicio tenía una dimensión muy concreta: acompañar a los enfermos, velar durante la noche, aliviar sus necesidades y sostener también a sus familiares. En su caso, la vocación religiosa se expresaba mediante una presencia cotidiana, muchas veces discreta, en situaciones de dolor.

La historia de la provincia española de los camilos sitúa a Vicente Coll en la comunidad de Madrid y relaciona su muerte con el compromiso específico de la Orden de asistir a los enfermos incluso con riesgo para la propia vida.

Madrid: un enfermo y una comunidad en dificultades

Uno de los episodios más humanos de su biografía transcurre en Madrid, donde la pequeña comunidad camiliana vivía con dificultades económicas en un piso de la calle Blanca de Navarra.

Según el relato recogido por Moreno Royo, algunos religiosos contribuían al sostenimiento de la casa mediante actividades complementarias. El padre Stecanella, italiano y músico, daba clases y reparaba pianos. Pese a ello, los recursos apenas alcanzaban para cubrir las necesidades diarias. 

En aquellas circunstancias llegó destinado el hermano Vicente Coll, durante un caluroso mes de agosto. Viajaba con el hábito manchado por la carbonilla del tren y apenas había tenido tiempo de asearse y comer cuando el superior le pidió que acudiera a cuidar a un enfermo: no quedaba otro religioso disponible.

El hermano aceptó y permaneció quince días velándolo. El paciente resultó ser hijo de una persona importante vinculada al Senado. Tras la recuperación, su padre envió una ayuda económica que alivió las estrecheces de la comunidad, acompañada de unas palabras que Moreno Royo reproduce así:

«Padre superior, cuídeme ese tesoro, el hermano Coll es un ángel, más que el médico ha sido él quien ha curado a mi hijo». 

La frase debe entenderse como una expresión de gratitud, no como una valoración médica. Pero permite comprender la huella que podía dejar su manera de acompañar: para aquella familia, el cuidado recibido había sido una parte esencial de la recuperación.

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Marines, septiembre de 1918

El episodio decisivo de su vida tuvo lugar en Marines durante la epidemia de gripe de 1918, conocida popularmente en el relato local como «la cucaracha». Aunque las fuentes emplean palabras como «peste» o «apestados», la historia oficial de los camilos identifica el episodio con la pandemia de gripe de aquel año. 

Moreno Royo cuenta que el Ayuntamiento y el párroco solicitaron la asistencia de los religiosos ante la gravedad de la situación. Su artículo afirma que, de unos trescientos vecinos, doscientos cincuenta estaban afectados. Es una cifra transmitida por aquella reconstrucción biográfica, que conviene citar como tal y no convertir sin más en un recuento sanitario comprobado. 

Al hermano Vicente se le preguntó si estaba dispuesto a acudir en ayuda de los contagiados. Según el testimonio conservado, respondió que aquella obediencia constituía para él «un especialísimo favor». No interpretaba el destino como una carga que debía soportar, sino como una oportunidad de realizar plenamente su vocación. 

El contagio y las últimas palabras

El relato de Moreno Royo sitúa al hermano Vicente junto al padre Urbano Izquierdo, entregados a la atención de los enfermos. La actividad fue intensa y, finalmente, Coll contrajo la enfermedad. Su estado se agravó con rapidez.

De acuerdo con esa narración, Urbano Izquierdo lo acompañó en sus últimos momentos y escuchó estas palabras:

«Gustoso ofrezco mi vida por amor a mis enfermos». 

La frase resume la interpretación religiosa que sus compañeros y la población dieron a su muerte: no había buscado el peligro, pero tampoco había abandonado a quienes necesitaban asistencia.

La fecha de fallecimiento que recoge Moreno Royo es el 16 de septiembre de 1918, también utilizada en una recopilación camiliana de 2021. Sin embargo, un boletín de la Orden de 2018 menciona el día 17. Con las fuentes disponibles, resulta más prudente dejar constancia de esa discrepancia que presentar una certeza inexistente. 

Si nació el 1 de octubre de 1881, murió con treinta y seis años, a pocos días de cumplir treinta y siete. Las edades de treinta y siete o treinta y ocho años que aparecen en algunas inscripciones y evocaciones no coinciden exactamente con esas fechas. 

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Una memoria que pasó del viejo al nuevo Marines

La estancia de Vicente Coll en Marines fue breve; su recuerdo, en cambio, permaneció. Moreno Royo señala que el antiguo pueblo le dedicó una calle y que su nombre pasó después a una plaza del nuevo Marines, junto a Llíria. La recopilación camiliana de 2021 sitúa en 1973 la denominación de la plaza mayor del nuevo municipio con el nombre del hermano Vicente Coll. También recoge homenajes posteriores y la publicación de una biografía municipal escrita por cuatro autoras de un taller de literatura, con colaboración de la Diputación de Valencia. 

Entre los testimonios de esa memoria figura el poema La violeta, del padre Bartolomé Sapena, dedicado al religioso. Su evocación en actos públicos muestra que el reconocimiento no quedó encerrado en la comunidad religiosa: pasó a formar parte de la memoria del pueblo. 

Un legado de humanidad

Las publicaciones camilianas lo recuerdan como un «mártir de la caridad». La expresión describe el sentido espiritual de su entrega; no debe confundirse, sin documentación adicional, con una declaración formal de beatificación o canonización. Su legado puede comprenderse también desde una perspectiva humana: acudió cuando lo llamaron, atendió a personas enfermas y permaneció junto a ellas hasta que él mismo enfermó.

Benifayó conserva el vínculo de su nacimiento; Manises, el de su familia y la investigación que ayudó a recuperar su historia; Marines, el recuerdo de su entrega final. Tres lugares unidos por la trayectoria de un religioso cuya biografía recuerda que el cuidado de los demás también construye la historia de los pueblos. 

 

Pedro Fuentes Caballero
Académico de la Real Academia de Cultura Valenciana correspondiente por Dénia
Presidente de la Asociación Cultural Roc Chabàs de Dénia
Agregado colaborador de la Sección de Cronistas Oficiales del Reino de la Real Acadèmia de Cultura Valenciana

 

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