La “Volta en Carro”, el verano de los carreteros

Hay cosas que solo regresan cuando llega el calor. El olor de la tierra seca después del riego, las sombras alargadas de los riuraus al caer la tarde, las cenas en la calle y esa extraña sensación de que el tiempo, durante unos meses, parece caminar más despacio. En las tierras valencianas, especialmente entre las comarcas de la Marina, la llegada del verano anuncia también otra cosa: el tiempo de vivir y revivir la Volta en Carro. Cuando los carros retoman el camino bajo el sol del verano, entre el sonido de las herraduras y el crujir de la madera, no solo avanzan animales y carreteros; avanzan también recuerdos, identidades y una cultura popular que se resistió a quedar enterrada bajo la modernidad.

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No es solo una fiesta ni únicamente un desfile de carros. Es una manera de volver a mirar el paisaje con los ojos de nuestros abuelos. De recordar cuando los caminos eran arterias de vida y no simples carreteras, cuando el ritmo del día lo marcaba el paso de los animales y cuando un carro cargado de mercancías podía unir pueblos, familias y economías enteras. La Volta en Carro es, en cierto modo, un viaje sentimental colectivo: una alegoría viva de un mundo agrícola que se negó a desaparecer. La Volta en Carro representó mucho más que una actividad festiva. Fue, probablemente, el gran salvavidas para la afición al caballo agrícola valenciano en un momento crítico de transformación social. Durante el siglo XX, especialmente a partir de la industrialización de mediados de siglo, la mecanización del campo fue desplazando progresivamente la tracción animal. El caballo, la mula o el mulo dejaron de ser imprescindibles para el trabajo agrícola y, con ellos, parecía condenado a desaparecer todo un universo cultural de conocimientos, lenguajes y formas de vida.

1: Mi abuelo y mi padre, vuelta en carro del 1988

En las tierras de Valencia y Castellón, el tir y arrastre había ayudado a mantener viva parte de esa afición. Las competiciones preservaron el contacto con el caballo y mantuvieron una red de aficionados vinculados al mundo agrícola. Sin embargo, en muchas zonas de Alicante la realidad había sido distinta. Como han mostrado testimonios y entrevistas, ni las antiguas pruebas agrícolas ni el posterior deporte del tir y arrastre arraigaron con fuerza, y la industrialización terminó marginando casi por completo la cultura de la tracción animal. Aun así, durante la década de 1970 comenzaron a surgir algunas iniciativas en localidades como Pego o Dénia, impulsadas por personas conectadas con el ámbito agrícola valenciano. Aquellas primeras experiencias sembraron una semilla. La gran transformación llegaría poco después, cuando una idea aparentemente sencilla acabaría uniendo a carreteros de las tres provincias valencianas.

2: Mis amigo y yo con el mismo carro en el 30ª de la Vuelta en carro, 2017.

En 1986, el vecino de Benissa Miguel Crespo, conocido como “Catxapí”, inició una ronda de contactos por toda la Marina Alta buscando familias de carreteros y personas que todavía conservaran el amor por los carros y los caballos agrícolas. En su mente habitaba una idea tan nostálgica como revolucionaria: devolver a los caminos la imagen de los carros de nuestros mayores. No se trataba de una simple exhibición folclórica. El proyecto aspiraba a recrear simbólicamente las antiguas rutas de trajinería valenciana la ruta de la pasa, de la sal o de la lana y devolver al paisaje una estampa que durante siglos había formado parte de la vida cotidiana. En el verano de 1987, aquel sueño se hacía realidad con la primera Volta en Carro de la Marina Alta. Una treintena de carros y cerca de un centenar de caballerías se reunieron en Benissa para iniciar una ruta que atravesaría pueblos de toda la comarca y de la Marina Baixa: Teulada, Benitatxell, Xàbia, Dénia, Pego, Tàrbena, Callosa d’en Sarrià, La Nucía, Finestrat, Benidorm, Altea, Calpe o Moraira, entre muchos otros. La imagen debió de resultar poderosa: largas filas de carros avanzando por pueblos y carreteras, campanas, arreos relucientes, vecinos saliendo a balcones y plazas para contemplar cómo un fragmento del pasado volvía a hacerse presente. El éxito fue inmediato.

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Aquella primera experiencia demostró que todavía existía una comunidad latente de carreteros y aficionados al caballo agrícola. La Volta en Carro se convirtió rápidamente en un espacio de convivencia intergeneracional, donde veteranos y jóvenes compartían conocimientos, experiencias y una misma pasión. En los años siguientes, la organización con figuras como Pepe Ganxo de Gata de Gorgos, Voro Planata de Alfafar, Jeroni Pinet de Tàrbena, Ximo Morera de Pego, Salvador l’Estudiant de Altea o Juan el Catxapet de Pedreguer consolidó un auténtico movimiento cultural. La cronología de las vueltas refleja una ambición creciente: entre 1987 y 1990 la ruta recorrió la Marina Alta y Baixa; en 1991 se adentró en El Comtat, L’Alcoià y L’Alacantí; en 1992 consiguió recorrer toda la Comunitat Valenciana y reunir a carreteros valencianos en Albaida; posteriormente llegaría a las tres provincias, de Orihuela a Vinaròs, e incluso traspasaría fronteras simbólicas con viajes a Ibiza, Formentera, Pamplona o el Camino de Santiago. Más allá de las rutas, la gran victoria de la Volta en Carro fue social. Conectó un mundo disperso. Carreteros de Castellón, Valencia y Alicante comenzaron a reconocerse como parte de una misma cultura.

3: Mi abuelo en la famosa subida de Altea, año 1989.

Quizá el legado más valioso de la Volta en Carro no se mide en kilómetros recorridos, sino en relaciones humanas construidas. En un momento de globalización acelerada y profundo cambio rural, la Volta actuó como un espacio de transmisión generacional. Jóvenes que nunca habían conocido el trabajo agrícola descubrieron el lenguaje de los arreos, la paciencia del manejo animal y el valor de un patrimonio que parecía condenado a desaparecer. De esa convivencia entre mayores y jóvenes surgirían numerosas peñas y asociaciones: Penya El Carro de Benissa, El Tiraset de Xàbia, La Riata de Cullera, Arre de Llíria, El Estribo de Onda o Genets i Carreters de la Vall d’Uixó, entre muchas otras. Además, la Volta en Carro se convirtió en un atractivo cultural y turístico de primer orden. Ayuntamientos, diputaciones, entidades financieras y negocios locales colaboraron con un acontecimiento que llenaba plazas y calles, atrayendo visitantes y revitalizando económicamente los municipios.

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Quizá por eso, todavía hoy, cuando llega el verano, hay quienes esperan la Volta en Carro como quien espera una visita antigua. No solo para admirar la belleza de los animales o los carros, sino porque, durante unos días, el mundo parece recuperar un ritmo más humano. La Volta en Carro nos recuerda que el progreso no siempre tiene por qué significar olvido. Que un pueblo también se construye desde la memoria compartida. Y que existen tradiciones que no sobreviven únicamente por nostalgia, sino porque siguen teniendo sentido. Cuando los carros vuelven a los caminos valencianos, no regresan solo los caballos. Regresa una manera de entender la vida. Regresa el paisaje emocional de nuestros abuelos. Y, durante unos días, el pasado deja de ser un recuerdo para convertirse de nuevo en camino.

En un tiempo marcado por la inmediatez, donde las distancias parecen reducirse y las relaciones humanas se vuelven cada vez más fugaces, la Volta en Carro encierra una enseñanza silenciosa. Nos invita a detenernos, a mirar hacia atrás sin miedo y a comprender que la modernidad no tiene por qué construirse sobre las ruinas de la memoria. La historia de la Volta en Carro demuestra que las tradiciones solo sobreviven cuando una comunidad decide darles un nuevo significado. No fue un simple intento de conservar el pasado, sino un acto colectivo de resistencia cultural: hombres y mujeres que entendieron que preservar el mundo del caballo agrícola valenciano significaba también preservar una forma de relacionarse con el territorio, con los animales y entre las personas.

Quizá ahí reside su verdadero legado. En haber convertido un oficio en patrimonio, un recuerdo en convivencia y una afición en identidad compartida. Porque mientras existan caminos por recorrer, manos dispuestas a sostener las riendas y nuevas generaciones capaces de emocionarse al escuchar el sonido de las herraduras sobre el asfalto, la Volta en Carro seguirá recordándonos algo esencial: que hay raíces que no atan, sino que ayudan a no perder el rumbo.

4: Un desafio amistoso de fuerza entre nuetra cuadra y la cuadra Reduan, tiro a gato entre la Leona de Llopis i la Coronela de Pepe Ganxo.

Un comentario en «CON EL ALMA ENTRE RODERAS»

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