CRÓNICAS DE UN PASEANTE POR LA CULTURA

El descendimiento de Rogier Van Der Weyden. Museo del Prado, Madrid

El Paseante hace una escapada a Madrid. Su destino en está ocasión está claro. La sala 058 del Museo del Prado.

El viaje ha sido tranquilo, sin sobresaltos. Era una época, ya pasada,  donde la Alta Velocidad funcionaba con eficiencia y puntualidad. Ha podido llegar a Puerta de Atocha y camina con decisión por el Paseo del Prado. 

Ya en el Museo del Prado accede a la sala. Está quizá demasiado llena, pero tiene tiempo, quiere disfrutar con calma de la obra que más le ha emocionado. No es la primera vez que se detiene ante ella, pero en esta ocasión, como en las anteriores, vuelve a sentir en si mismo los sentimientos de cada uno de los personaje que Van Der Weyden dejó para la eternidad. Veamos la información sobre esta auténtica obra maestra de la pintura flamenca

Entre 1432 y 1433, Weyden recibe el encargo del Gremio de Ballesteros de Lovaina para el retablo mayor del altar de la capilla que el Gremio poseía en la iglesia de Nuestra Señora Extramuros. Adquirida posteriormente por la gobernadora de Flandes, María de Hungria, fue definitivamente adquirida por Felipe II y estuvo en el Real Monasterio de El Escorial hasta 1939, año en que pasó al Museo del Prado.

Todavía con la corona de espinas, Cristo muestra un cuerpo bello pero no atlético, y no se aprecian en él las huellas de la flagelación: como en otros casos, la fidelidad anatómica se sacrifica a la elegancia de las formas. Más raro es que no tenga propiamente barba, pues la incipiente y cerrada que vemos debe entenderse como crecida durante los días de tormento. Tiene los ojos en blanco, y muy levemente abierto el derecho, justo para que se vea el globo como una diminuta mancha clara. De la herida que tiene en el costado mana sangre, que se está coagulando, y también agua como se dice en Juan, 19, 34. El paño de pureza -que es uno de los velos de la Virgen- es tan transparente que se ve con claridad la sangre que fluye por debajo y que sin embargo no llega a mancharlo. Bajan el cuerpo de la cruz tres hombres. El de más edad es probablemente Nicodemo, fariseo y jefe judío (Juan, 3, 1-21; 7, 50). El más joven, que parece un criado, tiene los dos clavos -sanguinolentos y de espeluznante longitud- que han quitado de las manos de Cristo y ha logrado que la sangre no manche sus ropas: un pañuelo blanco, unas medias también blancas y una casaca de damasco azul claro. La figura que viste de dorado es probablemente José de Arimatea, el hombre rico que consiguió que le entregasen el cuerpo de Cristo y lo enterró en un sepulcro nuevo que reservaba para sí (Mateo, 27, 57-60). Su fisonomía es muy parecida a la del Retrato de un hombre robusto (Madrid, Museo Thyssen-Bornemisza, inv. 74). La mujer que, a la derecha del todo, entrecruza las manos es la Magdalena. El hombre barbado y vestido de verde que está detrás de José de Arimatea es probablemente otro criado. El tarro que sostiene puede ser el atributo de la Magdalena, con lo que contendría el perfume de nardo, auténtico y costoso con que ella ungió los pies de Jesús (Juan, 12, 3). A la izquierda, la Virgen se ha desvanecido y ha caído al suelo en una postura que repite la del cuerpo muerto de Cristo. Sufriendo con él, está viviendo su Compassio. Tiene los ojos en blanco, entrecerrados. Las lágrimas resbalan por su rostro, y junto a la barbilla una de ellas está a punto de gotear. La sujeta san Juan Evangelista, ayudado por una mujer vestida de verde que es probablemente María Salomé, hermanastra de la Virgen y madre de Juan. Y la mujer que está situada detrás del santo puede ser María Cleofás, la otra hermanastra de la Virgen.

Sale de la sala y abandona el museo. Hoy ha sido una visita breve, exclusiva, solamente dedicada a esta obra maestra. Seguro que regresará en próximas crónicas. 

Vuelve a caminar por el Paseo del Prado y se detiene a comer en su restaurante habitual. Tiene una cierta premura para no perder el tren de regreso. Hoy no podrá recorrer como en otras ocasiones la Cuesta de Moyano. Entra en la estación y busca un hueco en el “bosque tropical” a lo espera de no tener que escuchar por los altavoces: “Disculpes las molestias”.

Por Miguel Tortosa

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *