Tuvieron que pasar los años más oscuros de la tragedia del 36 para que se consumara otro golpe, quizá todavía más dañino para la Lengua Valenciana y para el valencianismo: la invasión calculada de la Universidad por parte de catedráticos llegados desde Cataluña, enviados con una misión ideológica muy clara. No vinieron a enseñar con neutralidad ni a enriquecer el conocimiento valenciano. Vinieron a hacer proselitismo, a sembrar catalanismo y a colonizar intelectualmente una institución que era de todos los valencianos.
Ese proceso no fue casual ni inocente. Fue una maniobra fría, meditada y persistente. Tarradell y Giralt, entre otros, acabaron dejando una confesión tan grotesca como reveladora: reconocían que quizá habían enseñado poca arqueología, pero que, eso sí, “habían hecho país”. Ahí está resumido todo. No se trataba de universidad, ni de ciencia, ni de cultura en sentido honrado. Se trataba de instrumentalizar la enseñanza para construir un relato político y arrinconar todo lo que fuera valenciano.
La complicidad interna y la desaparición de símbolos
Después llegaron los de aquí, los locales, los que debían haber defendido lo propio y, en cambio, se prestaron al juego de la sustitución cultural: Blasco, Cucó, Sanchis, Guía, Sánchez Ayuso, Pitarch, Alpera, Lluch y otros nombres que muchos señalan como responsables directos de la catalanización total de la Universidad. Y lo más grave no es solo que lo hicieran, sino que lo hicieran desde dentro, con la legitimidad que les daba ocupar cátedras, despachos y órganos de poder académico. La traición cultural siempre duele más cuando la ejecutan los propios.
Mientras tanto, ¿qué fue de la primera cátedra de Lengua Valenciana, regentada por el padre Fullana, quien además fue académico de la Real Academia Española en representación, precisamente, de la Lengua Valenciana? Esa pregunta sigue siendo una acusación en toda regla. Porque borrar esa cátedra no fue un simple cambio académico: fue una operación de sustitución. Fue apartar lo valenciano para imponer otra cosa bajo el disfraz de normalidad universitaria.
La imposición de una normativa y la crítica al rigor académico
Ya en 1964 hubo voces que se atrevieron a denunciar esta invasión destructora y desvalencianizadora. Y no se equivocaban. Dijeron, con una crudeza que sigue vigente, que el enemigo estaba dentro de casa, tan dentro que los peores enemigos de los valencianos eran, y siguen siendo en muchos casos, los propios valencianos que colaboran con quien les borra la identidad. Esa es la tragedia de los pueblos que no se defienden: no siempre los destruye el enemigo exterior; muchas veces los debilita la rendición interior.
Más adelante, la Universidad, bajo el rector Lapiedra, se permitió otro gesto de enorme desprecio simbólico: hacer desaparecer la imagen de la Mare de Déu de la Sapiència del escudo centenario de la institución. Aquello no fue una modernización, ni una limpieza estética, ni una mejora institucional. Fue un acto de humillación hacia generaciones enteras de antiguos alumnos que reconocían en esa imagen un símbolo universitario insustituible, ligado a la memoria histórica de la Universidad. Borrar símbolos es una forma de borrar pertenencias. Y eso lo entendieron perfectamente quienes impulsaron esa decisión.
Los pleitos contra el pueblo, representado por Alternativa Universitaria, han sido numerosos. Y al final, entre apoyos jurídicos y maniobras políticas, lograron imponer dentro del campus algo que muchos consideran una burla: que la lengua de ellos, y no la de los valencianos, pueda llamarse “lengua catalana” en el propio espacio universitario. Eso constituye una ofensa añadida para un pueblo que no solo ve despreciada su lengua, sino que además ha de soportar que quienes deben enseñarla renuncien a sus raíces y a la dignidad de su propio legado.
Porque aquí está la gran hipocresía: se invoca la “ciencia” para justificar todo, pero se oculta que la normativa que ellos defienden no nació de una verdad científica incontestable, sino de una imposición intelectual y política. La norma de Pompeu Fabra químico aficionado a la filología, no lingüista de formación plena se presenta como intocable, mientras se silencian sus fallos, sus artificialidades y sus evidentes desajustes. Y no lo dicen solo los valencianos críticos: también algunos catalanes y catalanistas, en momentos de sinceridad, han reconocido esas grietas.
Ahí está el verdadero problema: pretenden enseñar lecciones de rigor quienes no resisten un examen serio. Señalan la paja en el ojo ajeno, pero no quieren ver la viga en el suyo. Se disfrazan de ciencia para desacreditar la Lengua Valenciana, cuando lo que sostienen no aguantaría una revisión honesta sin derrumbarse.
La pregunta, entonces, no es menor ni retórica: ¿de verdad cree el CVC que unas instituciones tan poderosas, tan politizadas y tan poco neutrales pueden marcar la pauta del idioma valenciano?
Pedro Fuentes Caballero
Académico de la Real Academia de Cultura Valenciana correspondiente por Dénia
Presidente de la Asociación Cultural Roc Chabàs de Dénia



















