El Paseante recorre las estanterías de su biblioteca y, de pronto, se detiene en una edición en dos volúmenes de los Evangelios Apócrifos (aquellos que la Iglesia Católica no reconoce como canónicos), que han servido de inspiración a tantos artistas a lo largo de la historia. Abre uno de ellos al azar y en el evangelio del Pseudo Mateo se encuentra con el pasaje de la Huida a Egipto, con el llamado milagro de la palmera:
“Al tercer día de marcha por el desierto la Virgen María se siente vencida por el sol ardiente. A lo lejos ve una palmera y pide a José ir a descansar a su sombra. La comitiva, escoltada por leones y panteras que guiaban el camino por las arenas, busca su sombra, y una vez sentada junto al tronco se percata María de que el árbol estaba cargado de frutos, de jugosos dátiles, pero la altura en que se encontraban hacía imposible alcanzarlos con la mano. Jesús advierte el deseo de la Virgen y dice: «Árbol, inclínate y alimenta a mi madre con tus frutos». Al momento, comienza a doblarse y los racimos de dátiles saciaron el apetito de toda la Sagrada Familia…”
A la mente del Paseante viene como un flash el cuadro de Patinir: “Descanso en la huida a Egipto”, que se encuentra en el Museo del Prado y que es posiblemente la mejor versión de las siete que este pintor flamenco realizó sobre esta temática.
En el mismo, en el primer plano, en el centro, sobre una colina de forma semiesférica, aislada del resto, María, con una toca blanca cubriéndole los cabellos, túnica azul y manto blanco azulado, está sentada en el suelo, amamantando a su Hijo, totalmente vestido. En el plano medio, detrás de la Virgen, se inicia el bosque oscuro, integrado en el paisaje del fondo, al margen de la figura principal. De ese modo, aparecen perfectamente separados el espacio de campo a la derecha, con la granja, el pueblo en el plano medio y la ciudad a distancia -motivos habituales en otras obras de Patinir-, del de la izquierda, con Heliópolis al pie de la alta montaña pétrea de la izquierda. Esta naturaleza solitaria está unida al primer plano, más elevado, por el color del terreno y por los caminos intrincados por los que asciende san José con el recipiente de comida en las manos.
El árbol junto a María y el manantial que brota entre las rocas a su derecha no tiene nada que ver, según los expertos, con el citado milagro de la palmera. Ambos pertenecen a una tradición iconográfica distinta, la del Paraíso terrenal, con la que se vincula la Virgen de la Humildad, con María sentada en el suelo como en esta tabla del Prado. Patinir amplía el espacio destinado al Paraíso. El manzano con pocas frutas a la izquierda de María es el Árbol del Bien y del Mal, seco a raíz del pecado original, pero que brota de nuevo tras la Encarnación de Cristo, con la que se inicia la Redención. La vid sin uvas enroscada en este árbol alude a las palabras de Cristo: Soy la vid, y se asocia a su muerte en la cruz, a la Redención, lo mismo que la hiedra que también se enrosca en él, que simboliza asimismo la muerte en la cruz y la vida eterna. El castaño del segundo plano, a la izquierda de María, se asocia con la resurrección y sus frutos caídos en el suelo -algunos abiertos dejando ver las castañas-, aluden a la Inmaculada Concepción, a la castidad de María. De todas maneras, el Paseante se imagina al bueno de Patinir intentado ser fiel al texto del apócrifo, pero sin el recurso necesario para representar una palmera en un clima tan atlántico como el de su Flandes natal, tan alejado del oriente.
Finalmente, a la izquierda se alza la ciudad con edificios románico-góticos, en la que los ídolos caen precipitándose desde la torre; situación que de nuevo lleva a la mente del Paseante el citado evangelio apócrifo: “Y, llenos de gozo y alegría, llegaron a los confines de Hermópolis. Entraron en una ciudad llamada Sotinen, y, no teniendo allí ningún conocido donde hospedarse, fueron a cobijarse en un templo llamado el Capitolio de Egipto. En él había trescientos sesenta y cinco ídolos, a los que diariamente se tributaban honores divinos sacrilegamente. Y aconteció que, al entrar María con el Niño en el templo, todos los ídolos se vinieron a tierra, quedando deshechos y reducidos a pedazos”. Sea como sea, igual sería bueno, apreciado lector, que hicierais caso de los expertos… Pero sea como sea, disfrutad de esta maravillosa obra de arte.

