Épica troyana

PorFernando Navarro

abril 25, 2026 #Troya

No existe mente sobre la tierra que no conserve algún eco de la guerra de Troya, aunque sólo sea un confuso palpitar al escribir o leer algún nombre o pasaje de la homérica Ilíada.

Según El filósofo y escritor Bernardo Souviron, Homero relató con tanta precisión y energía cierto pasaje fortuito de la época micénica, que lo convirtió en el principio de la primera gran guerra de la humanidad:

“Mientras el troyano Cebriones, el auriga de la cuadriga de Héctor, se pavoneaba espoleando a sus caballos por el campo de batalla, desde el bando griego volaba una piedra que acabó impactando sobre la cabeza del auriga, derribándolo a tierra. Causó tal estruendo el choque de la armadura en el suelo, que troyanos y aqueos se lanzaron al ataque enzarzándose en una batalla campal, con la intención de apoderarse de la armadura de Cebriones; los griegos para llevársela como trofeo y los troyanos para intentar defender su cadáver y homenajearlo con las pompas fúnebres que corresponden a los honrosos guerreros.

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Homero escribió a propósito de esto: Cebriones yacía en el suelo olvidado del arte de guiar los carros.

Veinticuatro cantos y quince mil versos, en hexámetro dactílico, utilizó Homero para relatar el poema épico que dio origen a la literatura de occidente.

La guerra de Troya se produjo en el año 1200 a. de C. y Homero vivió en el S.VIII a. de C., 400 antes que Heródoto de Halicarnaso, considerado padre de la Historia, por lo que Homero no fue un reportero de guerra.

Por entonces Menelao era rey de Esparta y su hermano Agamenón de Micenas y jefe supremo de los griegos. El rey espartano estaba desposado con la hermosa Helena, una mujer excepcionalmente bella, que despertaba celos en la diosa Afrodita.

La historia que relata Homero no habría ocurrido si Príamo, el anciano rey troyano, no hubiese enviado a su hijo Paris a Esparta, como emisario ante Menelao. Pero no fue así y ese detalle, que debió pasar desapercibido a la corte de Príamo, fue la espoleta que dio origen a la guerra entre aqueos y troyanos.

El rey espartano y su esposa Helena, cuya belleza deslumbraba a los hombres y eclipsaba a las mujeres, recibieron a Paris con la dignidad y el respeto que se otorga a los embajadores. Paris quedó fascinado ante la presencia de Helena y recordó la promesa que tiempo atrás le hizo la diosa Afrodita: “te prometo el amor de la mujer más hermosa del mundo”.

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En ese instante Helena y Paris sucumbieron ante el flechazo letal de Cupido y Afrodita, entregándose sus corazones.

Días después, aprovechando la ausencia de Menelao, que se encontraba en Creta rindiéndole honores fúnebres a su abuelo, Paris y Helena decidieron abandonar Esparta embarcándose en una nave rumbo a Troya.

Menelao, como esposo agraviado, recurrió a su hermano Agamenón para que le ayudase a recuperar a su esposa y reponer su dignidad y el amor de su mujer. Los caudillos aqueos acudieron a la llamada de Agamenón al frente de sus ejércitos, integrándose a la flota griega en el puerto de Áulide en Beocia.

Agamenón, el más distinguido y prepotente de los héroes griegos, desató la ira de Aquiles, al robarle a su esclava Briseida y éste, ofendido por la infamia, se negó a participar en el ataque a Troya.

La escuadra aquea, al mando de Agamenón, alzó sus velas rumbo a las costas troyanas, pero Aquiles, el (mejor) más grande de sus guerreros, no estaba en ella. Un asunto de honor había desatado su cólera, renunciando al ataque.

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Hacía una tarde primaveral cuando la flota aquea atracó frente a las costas troyanas, apostándose ante la amurallada ciudad de Príamo.

Emisarios de alcurnia intentaron convencer a Aquiles pero lo consiguieron solo a medias. Aquiles sólo intervendrá en caso de grave riesgo de la flota.

Patroclo, el mejor amigo de Aquiles, se ofrece a ocupar su puesto y le pide a Aquiles que le preste su armadura.

Patroclo entra en escena. El ejército troyano identifica la armadura de Aquiles y para evitar el enfrentamiento entre dos ejércitos tan poderosos se propone un duelo entre sus dos mejores guerreros: Héctor por el bando troyano y el camuflado Patroclo, suplantador de Aquiles, representando a los aqueos. Una lucha a muerte que pretende resarcir el honor entre el amante enamorado y el marido ultrajado y resentido: Paris, secuestrador de Helena y Menelao, el esposo engañado.

Homero describe las posiciones de los ejércitos en conflicto; beocios, mideos, espartanos, arcanos…

Paris no cede y retiene a Helena en la amurallada Troya. Héctor y Príamo le apoyan sin demasiado convencimiento: el enfrentamiento es inevitable.

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Aquiles, en la retaguardia, contrariado con Agamenón, ansía la victoria troyana.

Atenea apoya a los griegos, Apolo a los troyanos. Comienza la batalla.

Héctor se despide de su bella y resignada esposa Andrómaca; el honor y la gloria pueden más que la paz y la felicidad familiar.

Las aguas y un muro de tierra separan al sitiador del sitiado. Los troyanos resisten los envistes aqueos.

Ulises, Ajax y Fénix lideran la embajada que pretende convencer al ultrajado Aquiles, para que se una a la batalla. Su presencia es vital para las tropas.

Aquiles le exige grandes tesoros a Agamenón.

Ajax dice: El ejército ama a Aquiles.

Agamenón lo cubrirá de tesoros.

Fénix le suplica.

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Aquiles se resiste, pero al final cede con una condición: sólo aceptará luchar si las naves se ven amenazadas o Héctor entra en combate.

La guerra sigue, los soldados velas sus armas bajo el manto estrellado de una noche clara y con el mar en calma. Horas después todo ha cambiado. Amanece y el horror se impone a la quietud nocturna; se desata la locura, los guerreros blanden sus espadas, los cuerpos se desangran en la arena y el agua cambia su añil cristalino por el rojizo color de la sangre.

La batalla se encarniza en el cuerpo a cuerpo y Agamenón es alcanzado por la lanza de Héctor; Ulises y Diomedes caen heridos. Las mujeres imploran a los Dioses desde la almenada Troya. Los aqueos acusan el golpe, los troyanos avanzan.

Torres y parapetos de ambos bandos se tiñen de sangre, mugre, despojos y olor a carne muerta de la tropa. Hera decide engatusar a Zeus y le pide ayuda a Afrodita.

Zeus cae en la trampa y mientras apoya a Hera, la Diosa envía a Poseidón en ayuda de los aqueos.

¡A las naves! ¡Lanzaos! Grita Héctor al frente de los valientes troyanos, que alcanzan la borda de los barcos griegos.

Aquiles lo había prometido y las naves están siendo amenazadas. Acepta que Patroclo use su espada, escudo y armadura y el joven se pone al frente de la mesnada griega.

Aquiles le pide mesura a su amigo, pero Patroclo no escucha, ruge y se lanza ciego de furia contra las tropas enemigas.

Mata a Pirecnes, Aeilico, Pronoo, Tésor, Enilao, Erimante, Anfótero… Está ebrio de victoria, trasgrede todos los limites. Se encuentra bañado de gloria, la gente le aclama, le admira…, le puede la euforia, cuando, de repente, siente el fuego abrasador de una lanza en el costado. Héctor lo ha matado.

¡Oh Patroclo! Gritan los griegos.

Llega el turno de Héctor, que también se extralimita. Despoja a Patroclo de la armadura de Aquiles y se viste con ella, sin el menor respeto por el cadáver del joven Patroclo, que yace desnudo en el suelo.

Aquiles entra en cólera por segunda vez. Se reconcilia con Agamenón, que le devuelve a Briseida, y se une al combate para vengar a su amigo.

Tetis, la madre de Aquiles le pide a Hefesto, el dios herrero, una nueva armadura para su hijo.

Encolerizado Aquiles, se lanza en lucha feroz contra el enemigo, cubriendo de sangre la arena troyana. Nadie lo detiene, no muestra compasión, miedo ni piedad: mata, masacra, ajusticia.

Así se planta ante Héctor, el ansiado duelo ha llegado.

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Se increpan, se buscan, se temen, luchan. Una lanza de Aquiles impacta en el cuello de Héctor, poniendo fin al combate.

Héctor ha muerto y Patroclo ha sido vengado.

Pero no es suficiente, la ofensa ha sido demasiado grande y la cólera de Aquiles alcanza su punto más álgido.

Héctor debe pagar con la misma moneda y se propone mancillar su cuerpo de la manera más humillante. Lo ata a su caballo y lo arrastra por el barro entre los restos de los cadáveres masacrados, para mayor escarnio de los suyos. El mayor ultraje es privarle de los honores póstumos. No hay paz para los guerreros, la profanación es el peor tributo que pueda recibir un soldado.

Abandonada la llanura troyana se inician los funerales de Patroclo. El cadáver de Héctor no se devuelve a los troyanos.

El padre de Héctor, el viejo rey Príamo, contempla la escena, trastornado (por el mal trato que recibe su hijo) por el ultraje al cuerpo extinto (a los restos) de su hijo. Sale a campo abierto despojado de su armadura y se adentra en territorio enemigo en busca de Aquiles.

Se encuentran uno frente al otro: se saludan se admiran, se respetan, negocian…

Cara a cara Príamo implora a Aquiles por el cuerpo de su hijo. Aquiles cede, conmovido por el viejo Príamo.

Acuerdan una tregua para las exequias de Héctor. Una delegación de troyanos abandona el campo de batalla con su cadáver a hombros.

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El combate prosigue tras el funeral y Troya es destruida, humillada, avasallada, derrotada. Y todo por culpa de una mujer bella, excepcionalmente bella, la espartana Helena.

Subyugado por la tragedia, Eneas, arrastrando a su anciano padre Anquises y a su hijo Ascanio, huye de la barbarie y del humo de las llamas camino de las tierras del Lacio.

Agamenón antes de partir ofreció a los Dioses a su hija Ifigenia en sacrificio, a cambio de su victoria contra Troya; Clitemnestra no se lo perdonó y ansiaba el momento de vengarse.

Acaba la guerra y Agamenón regresa victorioso a Esparta con Casandra, la hija de Príamo, como botín de guerra.

En su palacio le aguardan su esposa Clitemnenstra con su amante Egisto, primo de Agamenón, para darle muerte junto a Casandra y saciar su venganza.

Sin embargo, el detalle de la destrucción de Troya no lo conocemos por el texto homérico, lo encontramos más tarde en la Odisea, en otros lugares y en otras páginas.

Lo que sí sabemos es que los atenienses jamás se establecieron en Troya, la Ilión de los griegos.

Más de dos mil años después, tras varios siglos olvidada, en 1871, un excéntrico arqueólogo alemán, el protestante Hinrich Schliemann, en el sexto estrato de Hisarlik, la única colina visible desde el Helesponto, rescató de sus ruinas a la impresionante Troya.

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Una antigua leyenda cuenta que Homero, postrado ante la tumba de Aquiles, solicitó ver el escudo y la armadura que el Dios Hefesto forjó al guerrero. Su brillo fue tan intenso que le cegó para siempre. Ese fue el precio que tuvo que pagar (pagó) Homero por saciar su curiosidad.

Sin embargo, Tetis decidió apiadarse del poeta ciego, compensándole con el don de la lírica. Le privó de la vista pero le concedió el privilegio de la poesía.

Aun así, cabe decir que el esfuerzo de Homero resultó insuficiente, teniendo en cuenta que la guerra de Troya duró 10 años y “la Iliada” solo cuenta 51 días.

Un comentario en «Épica troyana»

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