Durante años, la figura del maestro ha sufrido una degradación constante. Hemos pasado de ser un pilar fundamental de la sociedad a convertirnos en profesionales cada vez más cuestionados, sobrecargados burocráticamente, económicamente castigados y, en demasiadas ocasiones, desprotegidos ante familias, administraciones e incluso situaciones de violencia.
Y ante todo este deterioro, la pregunta sigue siendo inevitable: ¿Dónde estaban los sindicatos?
La pérdida de autoridad, el aumento de tareas administrativas, el desgaste emocional y la congelación salarial frente a una subida imparable del coste de vida no comenzaron ayer. Llevamos más de ocho años viendo cómo nuestro poder adquisitivo disminuye, cómo nuestros salarios se alejan del nivel que deberían tener según el IPC y cómo cada vez estamos más cerca de la precarización.
Mientras otros sectores lograban mejoras o revisiones, los docentes seguíamos perdiendo terreno.
¿Dónde estaban entonces quienes debían defendernos?
Durante demasiado tiempo, muchos maestros hemos sentido abandono. Sin una lucha constante, sin una presión firme sobre consellerias y administraciones, sin campañas reales que prestigien nuestra profesión ante la sociedad.
Porque defender a los maestros no debería limitarse a convocar huelgas cuando la situación ya es insostenible.
¿Cómo es posible que en 2026 la principal herramienta de presión siga siendo que el propio docente deje de cobrar? ¿Por qué quienes nos representan no están diariamente presionando en despachos, organismos oficiales, medios de comunicación y espacios sociales? ¿Por qué parece que la única solución siempre pasa por exigir más sacrificio al que ya lleva años soportándolo?
Muchos docentes se preguntan con razón: si ya cobramos poco, si hemos perdido durante años, ¿Por qué ahora tenemos que seguir pagando nosotros el coste de una lucha que debió haberse mantenido desde hace tiempo?
Las visitas simbólicas a los centros, los discursos puntuales o los gestos superficiales no solucionan una crisis estructural.
Los maestros necesitamos representación real, constante y efectiva.
Necesitamos sindicatos presentes cada día, defendiendo nuestras condiciones laborales, nuestra autoridad y el valor social de nuestra profesión. Necesitamos una defensa que no despierte solo cuando el deterioro ya es extremo.
Porque si ni siquiera quienes deben representarnos nos respetan lo suficiente como para luchar de forma permanente por nosotros, difícilmente lo harán las administraciones o la sociedad.
Este no es un discurso político. Es una reflexión sobre el valor del magisterio.
Los maestros no solo enseñamos. Resistimos.
Y la gran pregunta sigue abierta: ¿Por qué quienes debían defendernos permitieron que llegáramos hasta aquí?
Porque la deuda con los maestros no es solo económica. También es una deuda de dignidad, respeto y responsabilidad.
Un líder no sacrifica a sus soldados, lucha por ellos.
Firmado por un maestro abandonado, libre y con mente crítica.







